El año pasado, mucho se habló y polemizó en el ámbito local, como también se dieron bases y argumentos históricos sobre las monedas batidas en las cecas americanas. Como el más trillado con justa razón fueron las monedas acuñadas en la ceca de Potosí.
Pero no escuché o tuve la oportunidad de un debate de los exponentes en el evento internacional de numismática que se realizó en esta ciudad, sobre la orfebrería o los plateros potosinos, que al final labraron piezas hermosas de plata como uso y adorno personal, litúrgicos, doméstico etc. que también eran objetos de exportación y la Corona como el Cabildo potosino tenia estricto control sobre estos objetos que además tenían sus peculiaridades de control, marcaje, peso, pureza, etc.
Pero ¿qué tipo estricto de control poseían las autoridades españolas como el mismo Rey sobre este aspecto?, que estaban realizadas con metales preciosos a la vez reciclable y monetizable y sujeto por tanto al control riguroso de su ley como las monedas de plata y oro; que lo encuentro por demás interesante, a saber sobre el tema en debate.
Motolinia recoge en su Historia de los Indios de la Nueva España (1541), cuando al referirse a la destreza de los orfebres indígenas anota: “hacen ventaja a los plateros de España porque funden un pájaro que se anda la lengua y la cabeza y las alas (…) y lo que es más sacan una pieza la mitad de oro y la mitad de plata (…). Pero podría entenderse que este testimonio, al igual que otros vertidos por españoles de la época- como ocurre por ejemplo con Cieza de León, cuando afirma en su Crónica del Perú (1553), que los indios naturales de este reino fueron grandes maestros plateros responde al entusiasmo “subjetivo” de quienes formaron parte del proceso de dominio y aculturación, y por tanto se sentían comprometidos con él.
Sin embargo, testigos imparciales y cualificados de la Europa renacentista confirman la calidad de los trabajos que de aquellas tierras iban llegando al viejo continente, y así se manifiesta tras contemplar el primer tesoro mexicano el que Cortés recibe de Moctezuma y envía al emperador Carlos en 1519 exhibido en las cortes de Valladolid y Bruselas (1520), fue admirado por hombres ilustres como el humanista milanés Pedro Mártir de Angleria y el pintor alemán Alberto Durero, este notable personaje anotaba en su Diario cargado de emoción y estupor ante tan exótico tesoro (con objetos de oro, plata, joyas, roelas y ropa), “esas cosas son más bellas que las maravillas, tan preciosas que las han estimado en cien mil florines, y en mi vida he visto cosa que me haya regocijado el corazón más que esos objetos. Pues ahí vi cosas extraordinarias y artísticas y me maraville de la sutil ingeniosidad de los hombres de estas tierras extrañas; no sabría decir aquello que sentí yo ahí”, (El oro y la plata americanos, del valor económico a la expresión artística; Cristina Esteras Martin).
Transcurridos los primeros tiempos de prohibición por parte de la Corona de que los indios trabajaran el oro y la plata, ante el temor de que evadieran el pago del “quinto real”. Fueron insertándose en el medio artesanal (por su cuenta o bajo la cobertura de los maestros españoles) y continuaron fabricando numerosos objetos sometidos ahora a los gustos y criterios de la sociedad dominante (europea) es verdad que en regiones con tradiciones culturales muy afirmadas, como ocurre en la sierra y el altiplano del Perú, los plateros indígenas se mantuvieron fieles en la fabricación de objetos tradicionales y es por ello por lo que todavía se fabricaron en la actualidad prendedores (tupus) y vasos ceremoniales incas (aquillas).
Los plateros constituyeron desde muy temprano un gremio legalmente reconocido por las autoridades civiles y fueron reconocidos como hermandad o cofradía por las autoridades religiosas.
El acceso a la profesionalidad estaba rigurosamente controlado y establecido, en principio se consultaba por escrito al Mayordomo sobre la eventual aceptación del aprendiz y así, “era obligado que por lo menos tres generaciones anteriores procediese de cristianos limpios de toda mala raza, es decir, no tener ascendencia de moros, moriscos, negros, mulatos, judíos, fuesen del color que fuesen, de herejes, conversos castigados por el Santo Oficio o en otro tribunal, en público o secretamente que sus antecesores no hubieran sido esclavos o libertos sujetos a servidumbre, ni estuvieran notados de vileza alguna. Este expediente de depuración familiar se hacía también a los hijos de los plateros, y aun a los que tenían ya otro hermano admitido en el gremio”.
Una vez conseguida la cedula de admisión e inscribirse en el libro registro de aprendices se integraba en la casa taller del platero, donde transcurría su aprendizaje, variando el tiempo según la edad de iniciación y geografía del centro. Variaban en general entre los cuatro a ocho años porque lo que se pretendía era que hacia los 20 años pudiera considerarse oficial. Aunque sus labores al principio eran modestas “no podía ocuparse en servicios denigrantes como a que vaya a por agua, ni saque basura, ni a tener niños en brazos”. Tampoco podía cambiar de maestro. Sin autorización de la congregación en general las ordenanzas prescribían, no tener más de un aprendiz.
El aprendiz que era mantenido y a veces vestido, pasaba transcurrido el tiempo y las pruebas exigidas a mancebo u oficial, el personaje más difuminado y gris de toda la platería. Finalmente si gozaba de respaldos y fortuna, podría aspirar a ser maestro platero que era indudablemente la máxima aspiración a la que podría pretender su informe acompañado por dos maestros padrinos debía pasar un examen teórico en el que mostraría sus conocimientos sobre el “marco”, las leyes, los ensayes, etc. y otro practico realizado en la casa de uno de los “veedores o aprobadores” una pieza previamente dibujada y aceptada por los examinadores entre las que se le proponían. Este “artefacto” durante su realización se custodiaba celosamente en el arca de dos cerraduras a fin de impedir manipulaciones ajenas. Luego el nuevo maestro era anotado en el libro especial de Acuerdos que se llevaba en el mismo Cabildo. (Enciclopedia de la Plata Española y Virreinal Americana; Alejandro Fernández, Rafael Munoa, Jorge Rabasco)
