Antonio Gramsci destacó que el folklore vendría a estar constituido por fragmentos de todos los puntos de vista elaborados en épocas pasadas y compuestos por una multiplicidad heterogénea de creencias, valores y supersticiones.
Sin embargo, aconsejaba tomarlo muy en cuenta porque es allí donde se cristalizan las condiciones de vida cultural de un pueblo.
Eso nos da pie para señalar que las danzas (en especial las autóctonas) traen consigo un valioso bagaje cultural de años y representan determinados conceptos, juicios y valores de una sociedad determinada, en un contexto social determinado.
Las danzas de las comunidades potosinas unen a lo que los griegos llamaban “Eros y Tánatos” (la vida y la muerte) en un conjunto de expresiones que le dan grandeza, significado y la proyectan como una rica expresión de los valores del pueblo.
Tomemos como ejemplo la danza del Tinku que nace como un ritual destinado a ofrendar la sangre joven a la Pachamama, un espacio de enfrentamiento en el que dos personas se golpean sin cesar hasta derramar la sangre que sirve para contentar a la deidad andina que les proveerá de buenas cosechas.
El ritual de la muerte se convirtió en danza y hoy en día es muy popular entre las clases medias de las urbes y se baila en prácticamente todas las celebraciones grandes, entre ellas Ch’utillos.
En el otro extremo encontramos la danza de los Potolos de la cual se dice que representa el acarreamiento del agua y el enamoramiento entre hombres y mujeres.
El comunario realiza graciosos movimientos con la cadera como una especie de acercamiento hacia la amada y va acompañado de su charango que es su fiel compañero.
La mujer, por su lado, representa un valor importante de la economía familiar la cual encara el coqueteo hacia su pareja.
