Los hechos son absolutamente claros. El 31 de octubre de 1952, fue un acontecimiento por demás trascendental en la historia de Bolivia, no sólo por la nacionalización de la minería, sino y sobre todo por el nacimiento de un mito que perdura hasta hoy. Ese cambio copernicano que supuso la mejora en la calidad de vida de los obreros de la minería: educación de calidad, salud de calidad, pulperías de calidad y cómo no viviendas, escuelas y demás servicios complementarios como los deportes, de calidad.
Pero también fue un cambio de paradigmas para el país en su conjunto, por la consolidación de un Estado distinto que permitió la integración del país, en carreteras, modernización de las ciudades y cambio de brújula en el destino del país.
El sujeto histórico era el proletariado minero. Ese mito que se jugará su destino durante casi medio siglo, por donde pasarán las decisiones políticas más importantes del país, hasta su muerte en 1986, cuando la relocalización por el decreto 21060. Fue en realidad la expulsión de los mineros de las empresas de Comibol y su derrota total a nivel político y económico. Es decir, su despido de la minería.
Sin embargo, los hechos en la historia no explican en si mismo todas las visiones y las sospechas que la historia refleja posteriormente. En esta época, la guerra fría fue la nebulosa que determinó los filtros que a través de ellos se miraba la historia. Esa pelea a muerte en el tercer mundo, entre las super potencias, donde los cadáveres y los cementerios rendían honor a los mandatos de las cúpulas del norte de este mundo.
A lo largo de estos 74 años de historia, no se ha dicho todo. Hay lagunas no investigadas. Hay facetas que deben ser explicadas en su dimensión completa. Por ejemplo, la participación o papel de las dirigencias sindicales, que sólo se han quedado en el mito de lo bueno, si que sean realmente observadas en la distancia de la historia, con mejores instrumentos de investigación. O preguntas necesarias que no se han hecho hasta ahora.
En los recuerdos de las bases, aquellas postergadas precisamente por el poder de los mitos, existen reflexiones de la historia oral que no coinciden con los cuentos de la historia tradicional. De hecho, en muchos casos son totalmente distintas a lo que relata la historia tradicional de los mitos. Pues, la historia que se ha contado desde las cúpulas políticas, son los mitos o interpretaciones en los escenarios de la guerra fría. Es decir, la batalla del bien contra el mal.
Como en toda época idealizada por la historia, los relatos resaltan más los supuestos actos rebeldes y revolucionarios, que los hechos de traiciones, contubernios internos, desacuerdos y dudas ante el empuje de las decisiones cupulares, que varias de las veces eran decisiones ideológicas obedientes a decisiones enormes, que se tomaban fuera de las fronteras del país.
Ahora, con las ventajas de las nuevas metodologías de investigación, o los poderosos instrumentos de la inteligencia artificial, podemos regresar al pasado con mejores perspectivas de ver objetivamente, aquellos acontecimientos que, a fuerza de las visiones ideológicas, no han permitido objetividad alguna para las preguntas más importantes, desde los intereses del país profundo.
Si bien los acontecimientos, los hechos del 31 de octubre de 1952, son actos evidentes resultado del empuje y luchas reales de los mineros y obreros de las ciudades, no reflejan las visiones completas y precisas de todos los acontecimientos. Completar las piezas de todo el conjunto, para que los relatos sean realmente objetivos, pues todavía faltan esfuerzos de la historia en su búsqueda de las respuestas finales.
Sobre todo, escarbar con más detalle, en los documentos y fuentes como en los pocos relatos orales que todavía quedan, sobre el papel de las clases sociales. Sobre todo, el papel del proletariado minero como clase; como el papel de las clases medias en aquellas coyunturas. Clases sociales que se enfrentaron no sólo en los reflejos de la ideología, sino en las catacumbas y subterráneos de la burocracia estatal, donde las decisiones de los escritorios iban por otros rumbos, en contra de las decisiones de las asambleas sindicales.
El papel de las dirigencias no está claro. Se ha quedado en el mito, en las visiones novelescas de los buenos y los malos. En aquellas idealizadas, donde no hay errores ni traiciones, sino de mártires copias de los santos eclesiásticos, además bendecidos por la historia. Investigar con preguntas de las nuevas coyunturas históricas, es un imperativo categórico, como un derecho legítimo para el conocimiento de las nuevas generaciones.
La COMIBOL merece un futuro de continuidad con los mitos nacidos en 1952; pero también un futuro en las nuevas coyunturas mundiales como nacionales. Es la empresa más importante de la historia moderna de Bolivia; pero requiere en su pasado las preguntas y respuestas reales, sin mitos de por medio, para construir mejores perspectivas en su historia minera, económica, social y empresarial, siempre en bien del país.
