Para el gran maestro de historia Josep Barnadas, politiquería era igual a política real. Lo decía siempre que tenía la oportunidad. Creo que todavía hay que hacer el esfuerzo de separar ambas cosas, a pesar de estos tiempos en donde, cierto, la devaluación de la política es evidente. Sobre todo, en estos últimos años en Bolivia, donde se ha confundido totalmente las percepciones entre lo político, con todos sus insumos y conceptos, con todo lo demás que podemos llamar politiquería.
El ejemplo más claro de esto es el personaje Nilton Condori. Un profesor rural que no conoce ni de cerca las realidades de este país; pero, él cree que es un sabio de nuestras realidades. Sus declaraciones son realmente poco cercanas a las ciencias de la política. Todavía peor: sus burdas y obscenas opiniones de los acontecimientos y hechos de coyuntura, simplemente dejan con toda claridad su ignorancia y poco esfuerzo por mejorar sus entrenamientos básicos de la política.
Pero, no es raro dicho comportamiento. Es la continuidad de todos estos años, donde a nombre de lo popular se ha romantizado cualquier burdo aspecto, que muchas veces simplemente rayaba en lo delincuencial; encubierto y justificado como protesta legítima.
Está claro que varias veces, hay reacciones de colectivos o grupos sociales que ante alguna injusticia social, brotan cuando no son escuchados en sus reclamos. Legítimamente tienen la palabra y la protesta frente a la injusticia. Muchas veces es la única manera de hacerse escuchar en sus reclamos.
Sin embargo, es totalmente distinto cuando algún aprendiz de caudillo cree que ha llegado su hora de ser salvador, empezando su cruzada evangélica para proclamarse a sí mismo como el ungido por las masas, diciendo cualquier barbaridad que será seguida ciegamente por los explotados y vilipendiados de la historia. De hecho, demasiados creen que tienen este destino caudillista porque no necesitan mayores insumos de las exigencias políticas, sino sólo ser brutales y resentidos para ser escuchados.
Lamentablemente se ha deslizado este comportamiento también en las clases medias y altas. Pues comentaristas de redes sociales, o quiénes tienen acceso a las tecnologías de comunicación, se consideran otros evangélicos que llevan las respuestas que necesitan las masas sufridas. Ese virus brutal del caudillismo ha sembrado una pésima costumbre en las venas de la política boliviana. Sus consecuencias son catastróficas como letales.
Por todo el mundo se está debatiendo para recuperar el espíritu de la política. Aquella que todavía está en los conceptos académicos, o en las experiencias donde ha sido positiva a lo largo de la historia. Felizmente existen ejemplos de políticos ejemplares, como Mujica o Mandela. En todos los signos ideológicos han existido los ejemplares. Pero lo que más abunda es pues lo brutal, lo extravagante y ordinario o simplemente caudillo.
En esta transición histórica del mundo, se espera que vengan días mejores para la política. Aquella de la justicia social en primer lugar, con los líderes en mayúscula que sean capaces de leer correctamente las demandas de un país. En todo el mundo se esperan cambios positivos, respecto de la política, después de la debacle y devaluación que hemos tenido estos años.
La calidad de los políticos, responden a coyunturas donde coinciden factores importantes, como procesos educativos, equipos de trabajo altamente competitivos, aprendizajes de los procesos políticos sistematizados e investigados en centros académicos o al menos en centros políticos, donde además se forman líderes más exigentes con sus coyunturas y pueblos.
Rescatar esos factores o incidir en que se cumplan, ayudaría en mucho a la generación de liderazgos y políticos realmente calificados, realmente comprometidos con las lógicas de las coyunturas propias, no inventadas en otras realidades históricas.
Por supuesto que vencer y volcar la página de las actuales circunstancias, costará muchos años de inversiones en aquellos factores claves. Hoy seguirán pululando los caudillos analfabetos funcionales, como Nilton Condori, que creen en las recetas evangélicas del azar, donde el reino del desconocimiento de lo más básico de los protocolos de la política es evidente, además del desconocimiento de las ciencias sociales más básicas.
La enorme necesidad de formar nuevos cuadros políticos, para las actuales circunstancias y coyunturas cada vez más complejas, de Bolivia y el mundo, es un grito a voces. Porque todo cambio de época o era, es también un cambio de liderazgos y visiones distintas para otras utopías y sueños. Lo que tenemos en general hoy es deprimente y por demás ya pasado de moda, obsoleto y pues costumbrista en el pésimo sentido.
Rescatar las raíces de la política, como servicio patriótico y redentorismo de las demandas sociales, es un imperativo categórico. Y eso no es magia o sólo deseo ingenuo. Tiene que ser un empuje de las necesidades de estas coyunturas, de bulla y agobiante ignorancia caudillista. Es una época con ansias de cambios, de nuevos derroteros para nuestra Patria, con líderes que expresen los reales sentimientos del espíritu nacional.
Definitivamente, existe diferencia entre politiquería y política. En ambos casos los insumos son distintos entre lo destructivo de uno, la politiquería; y lo constructivo en la posibilidad de la política.
