China necesitó sólo 50 años para pasar de la miseria y pobreza, a ser uno de los países más poderosos del mundo. Tuvo que aprender de sus propios fracasos para emprender sus estrategias de Nación, en todos los campos posibles de las competencias mundiales. El precio que pagó por supuesto fue muy alto, experimentando ideologías que sólo le llevaban a la miseria, a las visiones totalitarias destruyendo sus propias realidades.
Más allá de las discusiones bizantinas sobre su modelo de desarrollo, sobre el modelo de Estado, pues los resultados que consiguió como Nación simplemente son espectaculares. Aprendieron también de otras realidades, copiaron en muchos casos; en otros adaptaron de otras realidades a las suyas propias. En definitiva, lograron resolver sus propias contradicciones, pues los resultados son espectaculares.
Nosotros vamos de tumbo en tumbo, de épocas en épocas, sin poder resolver nuestras contradicciones internas. Ni con ideologías prestadas; menos con nuestras propias logramos avanzar. Siempre estamos en una inercia histórica, donde el aburrimiento y mediocridad extrema son los acompañantes de siempre. Las excusas son las costumbres culturales de todas las épocas.
No es pesimismo. Es la realidad consumada. No aprendemos de nuestros propios errores, sangre de por medio, quizás por la sobrevivencia y la corrupción extrema de un país pobre y del tercer mundo. Donde pensar en el presente y futuro no existe, precisamente porque no está resuelto ni siquiera la soberanía alimentaria.
Hoy es 10 de octubre. Día de la democracia porque un día como hoy se logró recuperar la democracia. Después de dos décadas de dictaduras militares, que fueron tiempos realmente terribles, donde la corrupción y la impunidad fueron las cartas cotidianas bañadas de sangre, asesinatos, torturas y desapariciones forzadas de cientos de ciudadanos. Aspectos que hasta hoy no se han investigado y sancionado, sino como cosméticos de vez en cuando para los discursos de moda.
Después de 44 años de la recuperación de la democracia, pues no aprendemos de nuestros errores. Repetimos como canción conocida los mismos errores. De hecho, hoy nos encontramos con las mismas preguntas, con las mismas incógnitas y todavía peor: sin esperanzas hacia el sistema democrático, que no ha resuelto aquellas necesidades postergadas y puestas en mesa hace 44 años.
El Estado sigue siendo una entelequia que no responde a nuestras realidades, a nuestras necesidades históricas y culturales. Con lógicas obsoletas y burocracias medievales, que sólo frenan los sueños e inquietudes de sus poblaciones. Seguimos siendo un país encerrado en sus montañas, es decir encerrado en sus mentalidades absolutamente estancadas en sus mitos, de que el mundo debe girar en función de esos mitos. En realidad, no somos nada ni siquiera en nuestro propio patio Sudamericano.
En suma, la democracia que fue sangre y sacrificios de gente anónima, no construyó algo nuestro. Siguió siendo eco y fracaso de otras épocas. No hubo análisis ni creatividad de las cúpulas políticas, sino repetición de lo mismo. Pero las cúpulas de todos los signos por supuesto que se enriquecieron, que aprovecharon como siempre de los sacrificios de las bases. Canción muy conocida en nuestra historia.
Vemos a nivel internacional, que China y otras realidades aprovecharon y avanzaron en sus propias estrategias de Estado y Nación. Hicieron lo que tenían que hacer para favorecer a sus poblaciones. No ha sido nuestro caso. Seguimos siendo el país pobre y tercermundista de los siglos XIX y XX. Lleno de cemento y destrucción de la naturaleza; pero sin desarrollo y estrategias de Nación. Estado, pues, no tenemos sino como entelequia y copia burda de los Estados europeos del siglo XIX.
China aprendió de sus propias lecciones, de sus errores que no fueron pocos y no fueron precisamente sin gente sacrificada. Millones de hambrientos, millones de muertos en sus contabilidades históricas fruto de experimentos ideológicos fuera de la realidad. Pero aprendieron, en definitiva, para tomar otros caminos más positivos y los resultados son hoy contundentes.
Los fracasos no enseñan en Bolivia. Los fracasos se repiten. Son la canción favorita de nuestra historia. Una suerte de masoquismo histórico recorre en nuestras venas, que de vez en cuando hay algo de esperanzas; sin embargo, volvemos a repetir los mismos errores de siempre.
Quiénes pagan muy caro dichos errores, son los mismos de siempre: pobres, marginados, clases medias pobres. Sacrificados en nombre de ideologías y políticas que en la historia ya no son confiables, sus resultados sólo demostraron miseria y odio desmedido.
Las nuevas generaciones, si bien son las más afectadas por estos errores de nuestra historia, tienen el enorme desafío de saltar y superar el tablero de ajedrez de nuestra historia. Que en sus contenidos y juego sólo lleva fracasos, sangre, corrupción y ningún proyecto de Estado y Nación. Las nuevas generaciones tienen el compromiso de volcar sus esfuerzos en superar, en vencer, las visiones y poca autoestima histórica que tienen las clases altas, clases medias altas y grupos políticos ciegos respecto de lo que realmente somos los bolivianos.
