Está de moda el revisionismo histórico en Bolivia. Después del derrumbe catastrófico del llamado proceso de cambio, llegó la oportunidad de revisar la historia de Bolivia, de estos últimos 70 o 60 años de nuestra historia. Se está publicando prácticamente un montón de libros en esta línea revisionista. Lo cuál está muy bien y tendría que ayudar a los debates, por fin, sobre la historia de Bolivia, pues en general los historiadores y sus publicaciones no sirven para nada, en la forma estructural de la política y la economía en Bolivia.
De hecho, las universidades que tienen carreras de historia, tendrían que estudiar a fondo estos nuevos libros de historia, para dar su opinión objetiva, científica y pedagógica a la población. Pero por supuesto no será así. Nuestras universidades están desde siempre fuera de la realidad boliviana. Son entes burocráticos, agencias de empleo; pero no centros científicos y académicos donde se discuten criterios científicos, no sólo chismes ideológicos de moda.
El fenómeno del revisionismo histórico no es nuevo en el mundo. Son reacciones normales cuando eventos complejos se discuten, en pro y contra, porque vencedores y vencidos son parte de los hechos. Por ejemplo, sobre el holocausto judío ya se han hecho distintas interpretaciones, en función de los intereses y visiones que necesitan justificar a sus públicos sobre los acontecimientos. Cierto que el negacionismo histórico es un peligro, cuando se impone un punto de vista fanático, sesgado y nada objetivo respecto de los hechos históricos.
En estas épocas convulsas y de incertidumbre total, por todo el mundo se están realizando revisionismos históricos. En América Latina se hurgan los delicados procesos de las dictaduras militares en Argentina, Chile y Uruguay. Pero; este delicado ejercicio requiere también de acuerdos académicos precisamente para no caer en negacionismos históricos.
En el norte del mundo también existe esta pelea por la historia, por la interpretación de la historia. El fracaso de las experiencias de izquierda, ha sido una de las razones para este fenómeno mundial. Sobre todo, en América Latina. En todo caso, en sí mismo es positivo; siempre y cuando cumpla con los protocolos y requisitos de aportar al conjunto de las investigaciones científicas sociales. Aunque esos libros se queden en los anaqueles de los recuerdos y las nostalgias de los historiadores.
Lo ideal, en el caso de Bolivia, tendrían que ser parte de los debates y las discusiones históricas en los medios de comunicación. Aspectos que precisamente no sucede en Bolivia. En realidad, no tenemos debates de altura intelectual, ni visiones objetivas sobre los acontecimientos sociales. Acostumbrados a la sobrevivencia, sólo tenemos bulla y gritos ideológicos totalitarios, que buscan imponerse brutalmente sobre otros gritos ideológicos en competencia.
Respecto del revisionismo, en Bolivia la intención dominante es desmontar el proceso de cambio, por supuesto desde su derrumbe catastrófico y vergonzoso interno. La intención es legítima. Si ese ejercicio no cae en el negacionismo. Porque la ceguera mental, en muchos casos fanática, de los intelectuales orgánicos de izquierda, no dará lugar a la crítica. Es imposible. Es demasiado pedirles. Y los sectores más conscientes no se animarán por miedo a ser condenados, por los sectores totalitarios y pentecostales del marxismo. De los sacerdotes, dueños y señores de la última palabra del evangelio de izquierda.
En definitiva, es positivo cualquier ejercicio de búsqueda de nuevas fuentes e interpretaciones de los hechos históricos. Sobre el proceso de cambio hay mucho que reflexionar, por cierto. Sobre todo, de los terribles errores históricos, de los desvíos ideológicos, de las interpretaciones antojadizas sobre los indígenas, de la corrupción generalizada de las autoridades en ejercicio en el Estado. Material hay en abundancia. Al menos para la constancia de las investigaciones, que se aclare sobre el manejo de ese llamado proceso de cambio, sería un enorme avance en contra de la impunidad política e ideológica de nuestra historia.
Porque ese proceso ha producido muertes, asesinatos, torturados en cárceles, cosas demasiado oscuras e injustas. También aspectos positivos. Sin embargo; por justicia y transparencia intelectual tenemos que saber las verdades de los hechos, de los acontecimientos, si es que somos conscientes del país donde vivimos.
Esperemos y confiemos que el revisionismo historiográfico en Bolivia, sea un proceso positivo. Necesitamos de nuevas interpretaciones de nuestra historia. Necesitamos con urgencia tener claro sobre las luces y sombras del proceso de cambio. Necesitamos de debates, donde los insumos sean realmente nuevos aportes a la historia. Pues, en general somos repetitivos hasta el cansancio de los mismos textos, hasta el infinito.
Si no, esperemos que no, este nuevo proceso serán buenas actitudes inquietas; sin resultados e impactos en la población. Es decir, serán materiales para el basurero de la historia. Para la nostalgia de quiénes tienen el lujo de escribir, en un país de sobrevivencia y con preocupaciones más estructurales, que la preocupación por la historia. Esperemos que el revisionismo historiográfico en Bolivia, realmente sea en buena hora.
