El mundo, no cabe duda, está en una encrucijada e incertidumbre total, respecto de las coordenadas económicas y políticas. Todo eso ha coincidido con la hecatombe de los distintos socialismos, a lo largo del mundo. Que en la mayoría de los casos han terminado en corruptelas generalizadas, como en el caso de Venezuela, Argentina, Nicaragua, Ecuador y Bolivia. En Bolivia eso de “reserva moral” sólo era una trampa para asaltar las arcas del Estado, a nombre de extrañas creencias de que algunos sujetos están destinados al altar del poder, porque el destino manifiesto así lo dice. Los resultados han sido demasiado evidentes: corrupción generalizada y socializada.
Por supuesto que no habrá crítica de dichos procesos. Porque no hay crítica donde no existe consciencia básica de los sucesos reales. En general, en América Latina, la costumbre es que los demás tienen la culpa, nunca el culpable o los culpables. Por eso la ausencia de crítica básica. En lo intelectual todavía peor. En realidad, en Bolivia no tenemos intelectualidad, sino militancia por la sobrevivencia.
En resumen, nos encontramos en la incertidumbre absoluta como sociedad. Si bien el mundo está también desordenado y caótico; lo nuestro es enfermedad propia. Es virus propio. Es brutal costumbre de no tener un destino institucional y estratégico. El caos y la desestructuración económica como social, con sus colaterales en los constantes conflictos sociales que se desbordan en republiquetas independientes, de manera irracional y anti nacional.
Por tanto, los bolivianos ya tenemos en la sangre los genes de la incertidumbre como método de vida. Es decir, somos especialistas en la sobrevivencia. Pues la sobrevivencia, el día a día como arte de saltar obstáculos de toda índole: económica, social, corrupta, politiquera, burocrática, etc, hace que sean insumos bolivianos muy típicos de nuestra manera cultural, para seguir vigentes en este país.
En Bolivia la incertidumbre se hace inercia, como enfermedad social y cultural que cruza clases sociales y todas las culturas. Pero con enormes y brutales circunstancias e injustas en las clases bajas y pobres. Sobre todo, en los niños, mujeres, ancianos y jóvenes sin ningún apoyo de nuestra sociedad. Poblaciones que son las enormes mayorías de nuestro país. Al final, la clases altas y medias tienen más posibilidades de mejor sobrevivencia en estas circunstancias, para todos absolutamente injustas.
Pero debe estar claro que lo inseguro, vulnerable e incierto en lo cotidiano, es catástrofe total como modo de vida. Entra en el denominativo de increíble; pero cierto. La especialidad de la sobrevivencia como sociedad, no es recomendable desde ningún punto de vista. Es antihumano. De hecho, no es ético y moral. Porque todo eso nos lleva a optar por formas de sobrevivencia en la ilegalidad, en aquellas economías subterráneas del narcotráfico, del contrabando, de la minería ilegal o la destrucción de nuestros bosques y selvas.
En esta cruel costumbre de la sobrevivencia, seguimos siendo potencia en todo desde siempre. Potencialmente somos un país rico. Pero, a estas alturas ya debería ser un insulto seguir siendo potencia y no realidad.
Sin embargo, cortar de raíz estas tragedias costumbristas y mentales no tienen recetas. Los discursos no alcanzan para cambiar estas costumbres, enraizadas hasta los tuétanos de nuestro espíritu. Tienen que ver con estructurales maneras de modificar la política y el sistema educativo boliviano. Para enterrar ese pesado pasado que no permite cambiar, modificar, lanzarnos a otros escenarios distintos y desafiantes.
Existen experiencias mundiales, como la de Corea del sur o Singapur y otros países, que salieron de la miseria y la pobreza hacia estándares más interesantes en lo económico y social. Cambiaron totalmente sus instituciones y Estados, para saltar de la miseria material y humana y convertirse en países que pueden ofrecer un mejor presente y futuro a sus poblaciones. Quizás sea hora de copiar algo de eso para nuestro país. Pues no existen los inventos milagrosos, sólo el devenir de la experiencia humana.
Y ante la trampa de que todo es complejo y difícil, es todo lo contrario. Sólo es asunto de voluntad política y fuerza moral para cambiar las cosas. Pero no tenemos líderes a la altura de esos insumos patrióticos, motores y posibles para cambiar y romper la enfermedad de la incertidumbre. El miedo es complicidad para no cambiar nada. Todos los análisis y comentarios de los analistas nos llevan al desánimo generalizado: todo es complejo y difícil. Es decir, nada se puede hacer ante la furia de la inercia, de la incertidumbre y la ausencia del principio de autoridad. Pues, semejantes mentiras son parte del sistema corroído y podrido de la incertidumbre boliviana.
Nuestro país, nuestra patria se ha acostumbrado peligrosamente a la brutalidad de la incertidumbre. Porque eso desde siempre favorece a los negociantes del caos, del desorden, de la destrucción institucional, de la fuerza bruta e irracional. Pero eso se puede romper como nos han demostrado tantos países en el mundo. Necesitamos romper esa maligna maldición de la incertidumbre, al final los métodos ya no importan. Los resultados sí los necesitamos.
