Después del descalabro del proceso de cambio, con sus terribles colaterales de crisis económica, social, política y ética, sólo quedan intuiciones de los posibles escenarios que nos queda para Bolivia. Pues rehacer los tejidos sociales, recomponer nuevas utopías, como nuevos derroteros llevarán bastante tiempo. Pero, sobre todo cambio en las percepciones desde las coordenadas tradicionales, hasta encontrar nuevas coordenadas con las nuevas generaciones.
El mundo también, con sus cambios tectónicos y brutales, de alguna manera nos señala hacia dónde caminarán esos escenarios, desde siempre aquellas influencias son importantes para las periferias, países como nosotros. El mundo cambia vertiginosamente; nosotros no cambiamos porque el endogenismo mental es una enfermedad histórica, muy poco eficaz. Es creencia religiosa ante la ausencia de ideas reales y objetivas.
La información que circula sobre nuestro país es abundante, desde las crisis que no son novedades, hasta la ausencia de propuestas y liderazgos que sean pistas de nuevos derroteros históricos. La enorme cantidad de información en cambio no es garantía de análisis y claridad sobre nuestro futuro. Lo poco que tenemos, respecto de los tejidos sociales es débil. Totalmente fracturado, sin calidad de discurso y sumido en la orfandad ideológica como política.
Sólo podemos acudir a la experiencia, aquella que en algo nos deja huella para los análisis y las posibles salidas de este terrible atolladero histórico. Si bien las amargas experiencias nos dejaron hundidos, nos dejaron precisamente experiencias sociales y económicas importantes. Por ejemplo, el final del llamado neoliberalismo.
Dicho sea de paso, como siempre, el neoliberalismo no fue invento nuestro sino influencias fuertes y decisivas de lo que estaba ocurriendo fuera de nuestras fronteras. El mundo industrializado del capitalismo se ordenaba en casa, aprovechando el derrumbe del socialismo real europeo, para imponer medidas económicas conservadoras por todo el mundo. Por supuesto que esas olas mundiales tenían que llegarnos.
El final de ese teatro fue pobreza y marginalidad social. Es decir, crisis y necesidades de cambios también por todo el mundo. Entonces llegó la ola de lo que se llamó el socialismo del siglo XXI. Una moda muy bien hilvanada en los centros de poder, ciertamente como una alternativa al neoliberalismo mundial que entraba en crisis. Coincidiendo con las subidas de los precios internacionales de los minerales, del petróleo y las materias primas en general. Aspecto abundantemente estudiado. Impactos que se unieron a los inventos de los antropólogos del sur, respecto de algunos datos de la historiografía tradicional, sobre naciones y culturas como reservas morales, ante la hecatombe de occidente.
Ese coctel fue aprovechado, hay que reconocer, de manera oportunista e inteligente por las clases altas de izquierda en América Latina. En Bolivia fue absolutamente elocuente y políticamente objetiva. Apoyados por los servicios de inteligencia cubanos y venezolanos, se impusieron durante casi veinte largos años.
Más allá de los avances sociales y reconocimientos de las culturas ancestrales, es evidente el fracaso en el manejo político e ideológico, pues ambos aspectos eran nomás protocolos tradicionales que venían de la guerra fría. Y la guerra fría ya había terminado en 1990, con la caída del muro de Berlín. Ahí se derrumbaron dichos protocolos político ideológicos. Esa miopía fue reemplazada con el típico cuasi religioso militante, de las clases medias desplazadas del poder por el neoliberalismo.
Pero, después del desastre viene la crisis y la inmensa pregunta: ¿Qué hacemos ahora? Ordenar la casa no será tarea de alegres militantes. Encontrar pistas para volver a despegar, tampoco será tarea de aprendices de brujo ni visionarios trasnochados. Estamos en esa pregunta. Vemos la profunda destrucción de los tejidos sociales, desde los más humildes hasta los más altos. Presenciamos la ausencia total de ética y moral en todas las clases sociales. El crecimiento de la delincuencia y las economías paralelas, como el contrabando y narcotráfico, es inmenso. Ante la ausencia de instituciones y Estado, todo es posible hacia el mal y la destrucción. Además de la pérdida total del principio de autoridad.
Por supuesto que no hay recetas históricas ni utopías doradas. Sólo intuiciones desde las amargas experiencias de nuestra historia. Y lo que pasamos en esta llamada transición es muy amargo. Pobreza inmensa en nuestras calles, de niños, mujeres y ancianos. Pobreza inmensa que tiene que golpearnos a la consciencia, a nuestra humanidad. Porque no es justo que paguen siempre los mismos, de los fracasos de las modas políticas: los más pobres y desamparados que siguen siendo millones y millones.
Pero, pues, no nos queda otra. Tenemos que pararnos y volver a caminar. Volver a soñar junto a las nuevas generaciones que son los más golpeados y traicionados por tantos fracasos. Tenemos que reconstruir nuestros tejidos sociales en las ciudades, en las comunidades y en los grupos organizados laborales. En suma, tenemos que volver a inventar utopías ojalá más allá de los protocolos ya fracasados de la guerra fría.
Y si tiene sentido nuestra Patria, tiene sentido volver a empezar a caminar. La pesadez del ser es parte de este largo caminar. Los esfuerzos enormes y sobre humanos serán otra vez largos y sacrificados. Si tiene sentido esta Patria, no nos equivoquemos otra vez, porque son los más pobres y humildes los que siempre pagan las equivocaciones.
