La historia es nomás uno de los campos preferidos, donde las narrativas y las visiones distintas de la vida se enfrentan. Las narrativas de la historia no son neutrales, nunca lo fueron. Aun se demuestren nuevas fuentes en las evidencias, las interpretaciones de los hechos duran muchas veces siglos. Pues por eso los mitos son más importantes que la misma historia. Los mitos mueven montañas y pueden generar incluso revoluciones. La historia al final de cuentas, es sólo un ejercicio para pocas personas, entendidas en esos diseños interesantes del deleite cultural y de conocimientos, nada más y nada menos.
Hay un cierto entusiasmo en estos últimos meses, en Bolivia, de tertulias, entrevistas en redes y no redes, para desmontar supuestos mitos de nuestra historia. Sobre todo, aprovechando el descalabro y caída del proceso de cambio. Que supone también un nuevo fracaso histórico, de los tantos que hemos tenido a la largo de nuestra historia. Dicho entusiasmo es positivo, en tanto no genere otro tipo de venganzas y resentimientos ligados a la escritura, a la tertulia intelectual. Y que no genere también negacionismos de nuestra historia.
En realidad, vivimos en medio de mitos en todas las clases sociales. En un país que no tiene precisamente cultura investigativa, que no tiene mentalidad liberal en sus clases medias y altas y que no tiene la costumbre de la lectura, pues los mitos desde siempre se han adueñado de los circuitos culturales, sociales y políticos. Es más importante escuchar cuentos de lecturas literarias sobre la guerra del Chaco, que saber realmente lo que sucedió en aquella guerra. Incluso es más estético que leer la misma historia.
Sobre la revolución del 52, cierto que se han construido varios mitos acerca de los hechos de aquella revolución. Sobre todo, en torno a los dirigentes que fueron los artífices de aquellos acontecimientos. Pero en realidad son las interpretaciones sobre los hechos históricos. Legítimas en todo caso. Por otro lado, sobre el papel del proletariado minero observados y admirados al máximo por algunos intelectuales de aquellas épocas. Mitos que decidieron, que influyeron y construyeron otros mitos que siguen durando en estos tiempos. En definitiva, mitos que marcaron épocas enteras con sus miserias y virtudes.
Semejantes acontecimientos mitificados en la memoria de todas las clases sociales, sobre todo populares, no serán sencillos de cambiar. No será el entusiasmo de unos cuantos libros, de hecho importantes, que cambiarán el imaginario colectivo. Los libros de Alcides Arguedas no cambiaron a su época. Ni siquiera hoy se conocen en el mundo popular. No sirvieron de nada en ese sentido, sino como desahogo de sus amigos o seguidores políticos. Se requieren otros acontecimientos, otros hechos que marquen época, que hagan historia, los que pueden cambiar en algo nuestras mentalidades arraigadas a los mitos.
Para romper con mitos históricos, no será suficiente el entusiasmo académico de unos cuantos libros. Son otros ingredientes sociales e históricos, los que se encargan de cambiar las miradas y los nuevos objetivos de un país. Y esos ingredientes, pues, hay que trabajarlos, sufrirlos, prepararlos, soñarlos y consensuarlos en el terreno mismo donde se construyen los mitos: los hechos históricos de lo cotidiano.
Por ahora no hay esos intelectuales y pensadores para diseñar nuevos derroteros de nuestro país. El trauma de los mitos es muy fuerte. Todos estamos atados y amarrados a los mitos. Hay que crearlos a esos intelectuales y pensadores que sean capaces de romper con el pasado, que sean artífices de crear historia sin traumas ni resentimientos mitificados. Que sean capaces de generar nuevos mitos, nuevas utopías con las nuevas generaciones que sólo han recibido maltrato de las viejas generaciones.
Ojalá las nuevas generaciones aprendan de los fracasos. Nuestra generación de la transición de las dictaduras a la democracia, no hemos aprendido nada. Somos parte del fracaso generacional de otras generaciones anteriores. Para esos aprendizajes será necesario el entusiasmo de quiénes hoy quieren desmontar mitos históricos.
Quizás sea necesario seleccionar los mitos por clases sociales. O por culturas también. Pues las suposiciones de que sólo las clases populares tienen mitos, es también un mito. En realidad, son las clases altas y medias las que más mitos tienen, pues han conducido el país no precisamente de manera interesante. Con virtudes; aunque con más fracasos encubiertos en mitos.
En todo caso, me parece un buen ejercicio mental y académico intentar desmontar mitos históricos. Un insumo prudente, necesario después para realizar una crítica al último fracaso histórico que hemos tenido como país. Porque el miedo a la crítica es una costumbre cultural en nuestro país. En todas las clases sociales.
Pero también desmontemos el mito de que no podemos avanzar, que somos un pueblo enfermo. Un mito que no es cierto. Mito arraigado sobre todo en las clases altas y medias, que no deja generar autoestima histórica propia y genuina, es decir boliviana.
