Las visiones del pasado, o las concepciones de ese espacio del tiempo, dependen mucho de las consideraciones que las generaciones del presente tienen. Los judíos tuvieron que reponerse de la terrible experiencia del holocausto, para construir su Estado y vengarse de todo aquello que ellos consideran enemigos. Aun en contra de todo el mundo. Ese pasado entre lo idílico e inventado, sobre la base de sus mitos históricos, se reconstruyó precisamente para cambiar ese pasado de traumas y rechazo del mundo. Veremos cómo las nuevas generaciones de judíos se rehacen después de tanta venganza y sangre.
Los chinos tuvieron que adaptarse al capitalismo para sobrevivir, sobre la base de su cultura milenaria. Hoy es un país competitivo y a la vanguardia de las tecnologías de punta, enterrando aquellos dilemas culturales que en varios casos sólo frenan, si es que no se resuelven en función de enfrentar el presente y futuro de las generaciones. No son alternativa al capitalismo, ellos mismos son el capitalismo con sello chino. Pues, de alguna manera han resuelto su pasado milenario enfrentando todos los desafíos que su historia y el sistema les exige.
Cierto es que cada generación hace sus propias preguntas del presente y futuro. Ninguna generación se parece o es igual a la anterior. Porque es lógico que la identidad puede ser modificada con el paso del tiempo, eso mismo nos ha demostrado la historia. Pero si no estamos atentos a esos llamados de nuestra generación, simplemente seremos arrasados, pisados hasta convertirnos sólo en actores secundarios o mediocres, en el mejor de los casos.
En esa línea, siempre tenemos la posibilidad de crear nuevas perspectivas individuales o colectivas, para sobrevivir o inventarnos para enfrentar al presente. También es cierto que todo esto requiere condiciones históricas, al menos bases que nos permitan esa posibilidad de nuevas perspectivas. Sin esas condiciones que debemos crearlas, sólo se repiten las tradicionales formas de funcionar.
Como en varias experiencias mundiales, podemos revisar la historia e interpretarla de formas más positivas e inclusivas. Al respecto no hay novedades digamos intelectuales. En las actuales circunstancias mundiales, se están haciendo revisiones de la historia (por ejemplo, en EUA) para desconocer todo lo avanzado en conquistas sociales o derechos básicos. No es precisamente un ejemplo positivo ni mucho menos. Pero es un ejemplo de varios, que se han hecho a lo largo de la historia.
Bolivia requiere de una cirugía profunda en su historia. Sobre lo avanzado por supuesto. Requiere de nuevas maneras de vernos a nosotros mismos. Las cargas de la tradición y la tradicionalidad como norma, son tan fuertes que no permiten dibujar otras visiones como aportes, complementos, inventos, maneras distintas de enfrentar nuestro presente hacia el futuro. La lentitud, el miedo, la incertidumbre y las lógicas del azar, son condimentos casi culturales e insumos que no permiten realmente pensarnos de otras maneras.
Las visiones románticas de nuestras culturas o grupos sociales, sólo nos han perjudicado y encubierto procesos no positivos, sino todo lo contrario. Los resultados los estamos viviendo en estos tiempos convulsos y confusos. Sería mejor vernos en lo descarnado y real que somos. Sin esas trampas de la razón hegeliana, que muchos antropólogos o dizque cientistas sociales han rezado allá en los años 80 y 90 del anterior siglo. Romantizando culturalmente, montando a los caballos teóricos que llegaban allende los mares, cuando el derrumbe del socialismo real europeo. Poniendo de moda a los indígenas, sobre el cadáver del proletariado minero en el caso de Bolivia. Sí, las modas sin los criterios heterodoxos son sólo modas pasajeras. No son alternativas a nada.
Hoy requerimos con urgencia rehacer nuestra propia historiografía. Ese espejo está roto o resquebrajado en el mejor de los casos. Reconstituir los tejidos sociales que hoy están destruidos, no será fácil; es urgente. Lo tradicional está bien; pero también es un freno para rehacer raíces y formas nuevas de reencaminar procesos sociales y económicos.
Requerimos de liderazgos con visiones audaces, desde las exigencias externas; sobre todo desde las exigencias nuestras que son urgentes. La miseria mental y tercermundistas nos destruye terriblemente. Es imperativo categórico no permitir más miseria económica. Tenemos que frenar la des -institucionalidad brutal y sangrante. Por supuesto que hay que arrinconar a las mentalidades del atraso y la miseria. Al final, existen razones de Estado.
Podemos cambiar ese pasado traumatizante y absolutamente violento contra nosotros mismos. De visiones románticas y poco realistas; o de visiones trágicas que sólo han alimentado élites caudillistas, donde no existe futuro alguno sino para el romanticismo trasnochado de unos cuantos, sobre la miseria de los demás. Esa tarea de cambiar todo eso, en nuestro caso, es urgente.
En fin. Ya no es posible perder el tiempo viendo al pasado como la película más importante, además confuso y totalmente incompleto, porque nos hemos convertido en estatua de sal. Sino enfrentar el presente para construir, por fin, algunas certezas del futuro.
