Recuerdo bien aquellas comunidades eclesiales de base, en el entusiasmo revolucionario de los años 70 y 80 del anterior siglo, cuando la joven revolución nicaragüense y los teólogos de la liberación en boga. Sobre todo, brasileños y centroamericanos. Como todo entusiasmo, también era moda en el buen sentido. En muchos casos las liturgias de domingo, se convirtieron en asambleas del partido para tener lecturas de un Cristo revolucionario.
En la distancia del implacable tiempo, prefiero aquella iglesia inquieta y en movimiento muy a pesar de sus limitaciones y errores. Pues somos nomás humanos, demasiado humanos. Hoy, la iglesia tradicional católica es un monumento a la inutilidad, a los rezos sin sentido y sin mensaje cristiano. La iglesia católica es un museo viejo, sin ideas, sin nociones de cristianismo y lo peor de todo: sin perspectivas religiosas que den respuestas a estas épocas convulsas.
Las encíclicas del Papa intentan salvar un poco ese rostro envejecido y sin ideas. Sin compromisos cristianos reales. Pero realmente no es suficiente, porque el poder terrenal de la iglesia es enorme. Sus obras son importantes, no cabe duda. Sin embargo, esos espacios sin mensajes ni compromisos cristianos simplemente no sirven para nada.
La teología de la liberación tuvo la enorme capacidad de movilizar a sus bases, sobre todo a las más comprometidas por un mundo mejor, mediante consignas impresionantes que llenaban estadios y calles. Rezar no era suficiente para cambiar y transformar la realidad. La iglesia no debería ser opio para el pueblo, sino iglesia para revolucionar el mundo. Para transformar el mundo. Las reflexiones de los teólogos de la liberación hicieron temblar las estructuras mismas de la iglesia.
Qué pena que la iglesia latinoamericana no se haya separado del Vaticano en aquel momento. Hubiera tenido mucho sentido. Porque el Papa polaco, tan militante en sus creencias anticomunistas condenó y proscribió a la iglesia latinoamericana. Pero eso ya es otra historia.
Hoy, la iglesia católica es un recuerdo lejano de aquellos gestos inquietos y militantes por los cambios sociales. En Bolivia los obispos y arzobispos apenas balbucean en sus sermones, palabras vacías sin ni siquiera al menos repetir lo que dice la biblia. Patéticos viejitos hablando al viento, alejados completamente de nuestras realidades que están en sus narices.
Ya no existen las comunidades eclesiales de base. Las puertas de la iglesia se han cerrado. Sus espacios se vacían de gente y sólo quedan ecos que en nada aportan a los sucesos de nuestro país. Además, con los terribles acontecimientos de los abusos sexuales, han cerrado todavía más sus puertas y prefieren esperar mil años más para hacer algo.
Cierto que están en deuda ética y moral, en deuda cristiana por todos los horrores de los abusos sexuales a niños y jóvenes. Deuda que no será pagada, por lo menos en estos tiempos turbulentos. El silencio es su cómplice y el cierre de sus puertas sólo disimula con las misas de costumbre, sin sentido alguno, sin alma cristiana y sin ningún síntoma de cambio para estos tiempos.
Cómo tenían razón los teólogos de la liberación: con sólo rezar no se cambian las estructuras sociales, no se transforman las realidades. Se requiere mucho más que rezar para mover almas hacia un mundo mejor. Teólogos de la liberación condenados al silencio, expulsados de la iglesia e incluso excomulgados por las estructuras dedicadas sólo al rezo y la comunión.
Las estructuras envejecidas mental y físicamente de la iglesia, ya no son esperanzas de cambios en Bolivia. Son parte de los museos de los recuerdos, dedicados a la contemplación de la muerte y el egoísmo humano. De la veneración abstracta de aquel Cristo crucificado por su rebeldía y herejía contra las clases altas judías, hipócritas e injustas de aquellos tiempos.
Los jóvenes poco tienen que ganar en esta iglesia actual. Que, en tiempos turbulentos y necesitados de respuestas, la iglesia es un montón de momias balbuceantes en misas que parecen cementerios. Los jóvenes prefieren rezar en redes sociales, que escuchar a viejos sin ideas y sin sintonía con estos tiempos brutales y desestructurados.
Aquella coyuntura de la teología de la liberación, fue una respuesta concreta y justa en aquellos tiempos también injustos y de dictaduras sangrientas. Fue el aporte de aquellos curas y monjas que no estaban dispuestos sólo a perder tiempo con rezar. Que se arriesgaron imitando el ejemplo de ese Cristo rebelde y hereje. Muchos de ellos murieron por esas causas. Fueron torturados y encarcelados. Pero fueron coherentes con su época y sus exigencias.
Muchas veces la historia da sorpresas. En esa esperanza, esperar algún milagro en estos tiempos violentos y sangrientos vale la pena. Quizás aparezca algún santo que revolucione y cambie el destino de la iglesia, de sus dogmas ancladas en el pasado de rezos sin respuestas a tantas preguntas de estos tiempos turbulentos, injustos, anticristianos y lleno de historias donde los demonios son los dueños del poder mundial.
