Vivimos tiempos convulsos y violentos. Los esquemas y los relatos de la modernidad se han destruido. Aquello que era seguridad y refugio del mundo: modernidad y relatos de los Estados del bienestar industriales, simplemente se han esfumado. Los presagios postmodernos de Francis Fukuyama, no se han cumplido ni por asomo. En cambio, los escenarios que se juegan recuerdan a la edad media, el dominio del feudalismo como modo de producción y explotación mundial. Así es, los poderes del mundo se hacen feudales otra vez, los señores feudales levantan banderas violencia mediante.
Lo científico y tecnológico han realizado los adelantos más asombrosos posibles. Inteligencia artificial, transhumanismo, cibernética y pensamientos tecnocráticos donde todo es posible. Cuarta o quizás quinta revolución industrial. Pero; en medio de lo humano políticamente cavernario a lo largo del mundo.
Bolivia como isla sin sintonía de estos enormes acontecimientos. Anclada allá en el siglo XIX, cuando la formación de los Estados modernos y la madurez del capitalismo industrial. Pero al margen de esos eventos. En medio de cuartelazos y vulgares politiqueros ignorantes en general, que no podían entender sobre formación de Estado y Nación, sino sólo sobrevivencia y riqueza malsana. Costumbres muy enraizadas en las acciones y pensamiento político criollo.
En las coyunturas actuales, aquellos tufos decimonónicos siguen nomás presentes, como fantasmas rugientes que despiertan de vez en cuando en ausencia de proyectos de país; en ausencia de voluntad de Estado. En ausencia de patriotismo al menos nacionalista.
Lo cierto es que nos estancamos en la premodernidad del siglo XIX. Ni siquiera hemos entrado a la modernidad. Considerando que modernidad no son autitos, edificios, casitas, moda o estilo. Modernidad es mentalidad, maneras de ver la vida: ahorro, desarrollo, progreso. Modernidad es liberalismo en sentido de respeto al distinto. Para empezar, pues las clases altas en Bolivia no son modernas, por razones históricas.
El desorden del país y la ausencia de institucionalidad, tiene larga data de siglos. Los mayores culpables son las clases altas, que ni siquiera respetan los semáforos de nuestras calles. No son ejemplo de construcción, es decir nada tienen que exigir moral y éticamente a las otras clases sociales. Comparativamente, las clases altas de Chile o Perú son clases altas en serio, con proyecto de país y Estado. No es nuestro caso, lamentablemente.
En definitiva, como país, seguimos nomás estancados en el siglo XIX mentalmente. Se intentó saltar al siglo XX en la revolución de 1952; oportunidad que fue desaprovechada por el desorden institucional, el oportunismo politiquero, la ausencia de una clase alta progresista y altamente nacionalista. Los resultados de ese intento han sido elocuentes y desastrosos, aun los logros y beneficios para pequeños sectores como los mineros de la minería nacionalizada. La llamada modernidad apenas nos acarició con aquella revolución.
En el proceso democrático iniciado en 1982, sólo hemos sido protagonistas de aquellas herencias históricas no resueltas, que explotan de cuando en cuando para seguir interpelando a las nuevas generaciones que se sienten afectadas, golpeadas por el peso del pasado que se arrastra, sin que al final no hagamos nada para por fin consensuar un país propio, con proyecto de Nación, con sueño de Estado e institucionalidad, donde la claridad de las reglas de juego, de la legalidad, sean realmente en beneficio de todas las clases sociales.
Ahora, en esta coyuntura muy entrado en el siglo XXI, ese mismo desorden y desarticulación total de la convivencia, sigue vigente. Izquierda y derecha han fracasado en sus intentos de generar consensos. En todos los casos se nota el desconocimiento de la historia de Bolivia, el desconocimiento de los factores culturales y las idiosincrasias muy propias de nuestras historias. Suponemos que conocemos todo; en realidad no nos conocemos entre bolivianos, entre clases sociales; entre historias distintas y totalmente desconfiadas. Totalmente paralelas en el funcionamiento cotidiano.
Pero es cierto, es categórico que necesitamos orden e instituciones reales que den soluciones a las demandas complejas de Bolivia. Necesitamos certidumbre y claridad al menos en el mediano plazo. En Bolivia, por lo increíble que parezca es imposible planificar ni siquiera a dos años. Lo cual es irracional y absolutamente brutal. Es otro ejemplo de que mentalmente seguimos en el siglo XIX. Necesitamos un mínimo de posibilidad de mirar al menos hacia el mediano plazo. Sino pues estamos como estamos nomás.
Necesitamos construir clases altas fuertes y con identidad propia. Tienen las condiciones; pero no la voluntad ni la brújula histórica correspondiente. Las clases medias siempre débiles y sin identidad con este país; aunque con enormes potencialidades, se irán amoldando si las clases altas responden con rectitud y fuerza a las exigencias de la Bolivia profunda. Por ahora, las clases populares y naciones originarias, saben de las debilidades de las clases criollas. En consecuencia, desde siempre les disputan el poder a la mala. Esta historia tiene que terminar si es que queremos un país con certidumbre.
Bolivia puede ser un país atractivo económicamente. Ya lo es turística y folklóricamente. Porque es un país bello y con culturas diversas, herederas de historias prehispánicas con costumbres interesantes. Podemos hacer de un país con mezclas interesantes, con factores culturales que en muy pocos lugares del mundo han conseguido. Pero necesitamos de consensos sociales en serio, hacia el largo plazo. Si eso requiere de factores de fuerza, sea desde la razón de Estado, que así sea. No podemos seguir postrados en el siglo XIX, sin ni siquiera haber entrado a la modernidad.
Es verdad que no hay recetas intelectuales ni históricas para ordenar un país. Sólo la voluntad de seguir existiendo y soñando con este terruño llamado Bolivia. Pero esa voluntad debe tener la claridad suficiente para tener la fuerza, la certeza, de que no podemos continuar en la incertidumbre, condenando a las generaciones presentes en la continuidad del siglo XIX. Eso es absolutamente injusto, totalmente irracional, totalmente anti ético.
