El terremoto de magnitud 7,7 que sacudió el viernes el sur de Panamá dejó un saldo de 27 heridos leves y más de 400 edificaciones dañadas, pero ninguna víctima mortal. Pese a la notable fuerza del evento telúrico, cuyo epicentro se situó a poca profundidad cerca de Tonosí, en la provincia de Los Santos, la baja densidad demográfica, las particularidades del terreno y la aplicación de estrictos códigos de edificación evitaron una catástrofe en el país centroamericano.
A diferencia de otros sismos destructivos en la región –como de Venezuela en agosto pasado, que dejó más de 6.500 muertos–, el epicentro afectó a un entorno rural disperso de apenas 24 habitantes por kilómetro cuadrado. En declaraciones a los medios, el presidente de Cruz Roja Panamá, Elías Solís, explicó que “la infraestructura no es alta, son viviendas bajas unifamiliares. Por eso no vimos las imágenes de terremotos de otros países”, según recogió el diaro argentino Clarín. Por tal motivo, los mayores daños se concentraron en grietas y colapsos parciales de inmuebles vulnerables, como sucedió en Penonomé con la torre de una catedral.
Asimismo, la geología desempeñó un papel determinante en la amortiguación del impacto. Según la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP), citado por el mismo medio, el lecho rocoso del subsuelo impidió el efecto de resonancia característico de los suelos blandos y arcillosos, lo que produjo sacudidas breves. Sobre esta ventaja del terreno, el doctor en Ingeniería Estructural y Sísmica, Oscar Ramírez, remarcó que “los edificios más altos aquí están cimentados sobre roca, es una bendición para nuestro país. No tenemos edificios altos sobre suelo residual”.
