Cultura

Lea el texto completo sobre "La Reina del Sur" y las mafias que operan en Bolivia, que no son del narcotráfico

La mitad de la tercera temporada de la teleserie internacional se desarrolla en Bolivia.

Lo primero que debe quedar claro es que “La Reina del Sur” no es un culebrón así que, si alguna de las señoras aficionadas al sub-sub-subgénero quiere encontrar tiernas historias de amor en esta teleserie, se va a llevar una, o varias, desilusiones. Eso sí: llorará a raudales.

Un análisis reflexivo de esta gigantesca producción audiovisual permite llegar a la conclusión de que, al igual que la novela literaria que le sirve de base, no se trata de una historia de narcotraficantes, sino que, entrelíneas de su argumento central, contiene denuncias expresas de la infiltración del crimen organizado en los gobiernos de prácticamente todos los países.

Si partimos de ahí, también se cae el estereotipo de que esta es una “narconovela” o “novela de narcos”, que fue el primer argumento simplón que se esgrimió para decir que fue por eso que se eligió a Bolivia como locación de la tercera temporada. No. En “La Reina del Sur”, todos los países están contaminados con el narcotráfico, pero el principal distribuidor de droga es Colombia. Cuando la acción transcurre en nuestro país, el tema narcotráfico no se toca más que como un antecedente, así que es mejor sacarse eso de la cabeza.

Denuncia social

La teleserie “La Reina del Sur” está basada en la novela homónima del periodista y escritor Arturo Pérez Reverte quien, como la mayoría de los literatos, usa un argumento de ficción para denunciar injusticias que él ha advertido en nuestras sociedades.

El periodismo, como la historia, exigen que las afirmaciones, o los hechos que se refleja, sean probados fehacientemente, pero, como eso no siempre es posible, no son pocos los periodistas que pasan al terreno de la ficción para decir, usando los géneros literarios, aquello que conoce, pero no puede probar. En ese sentido, “La Reina del Sur” es paradigmática porque cuenta la historia de una mujer, Teresa Mendoza, que ingresa en el mundo del narcotráfico casi sin proponérselo.

Está claro que Pérez Reverte tuvo que inspirarse en algo, o alguien, para crear su personaje y, debido a las muchas coincidencias que han aparecido multiplicadas en la prensa, ese alguien parece ser Sandra Ávila Beltrán, una mujer que purgó condena por narcotráfico y, mientras realizaba su actividad ilícita, fue conocida como “La Reina del Pacífico”. Ella recuperó su libertad y a mediados del año pasado planteó un juicio a TeleMundo y Netflix reclamando el 40 por ciento de las regalías generados por “La Reina del Sur” alegando que se usó su imagen sin su consentimiento. Poco antes, el periodista ya había declarado, convenientemente, que Ávila no fue su inspiración para el personaje de Teresa Mendoza.

Ahí está, entonces, la ventaja de la ficción: nadie te puede acusar de mentir, porque, supuestamente, no escribiste sobre hechos reales, sino inventados.

¿Cuál es la denuncia social de Pérez Reverte en “La Reina del Sur”? En la primera temporada, que es la que está basada en el libro, el escritor muestra a su país, España, hundido en una corrupción que no se puede advertir cuando se le visita. El narcotráfico no está limitado a la cocaína, sino también al hachís. El control de los mercados está dividido entre los rusos, encabezados por Oleg Yasikov, y los narcos locales, los gallegos del clan Pernas. Aparece también la mafia original, la italiana, pero esta, ocupada en atender sus múltiples negocios en Europa, no se involucra directamente con el tráfico de droga colombiana, sino que la compra de los grandes traficantes. Ahí es donde se mete Teresa.

Del otro lado del charco está México, y allí mandan los carteles del norte, pero todo se va a centrar en el de Sinaloa, controlado por Epifanio Vargas. Con este surge el detalle clave para toda la historia: quiere ser presidente de su país y para ello utilizará la inmensa fortuna que acumuló con el tráfico de drogas. En este punto de la historia, la DEA cumple un papel de gendarme, pero también de catalizador, porque advierte, con todas sus letras, el peligro de que un país sea gobernado por un narcotraficante, un argumento que no es ajeno para los habitantes del hemisferio sur.

En esta primera temporada, entonces, Pérez Reverte denuncia que el narcotráfico ha penetrado en los círculos de poder y está controlando nuestros países. ¿Exagera? La respuesta la encontramos revisando los periódicos, no solo los de ahora, sino los de por lo menos medio siglo atrás. Claro que, si le preguntamos al autor si es cierto todo lo que dice sobre México, Colombia y España (y Rusia e Italia) él nos recordará que su libro es una novela, y hasta nos regalará una sonrisa. Es la ventaja de trabajar con la ficción.

  (ATENCIÓN: A partir de aquí, el texto contiene detalles de la trama de la tercera temporada de “La Reina del Sur”. Si todavía no la vio, le recomendamos que no prosiga con la lectura)

Denuncias para Bolivia

Cuando se anunció que la tercera temporada de “La Reina del Sur” se filmaría en locaciones de Bolivia, estalló un entusiasmo justificado: la teleserie ya era un éxito de las plataformas de contenidos telemáticos, mejor conocidas como “streaming”, así que se espera beneficios publicitarios para el turismo.

Y la producción fue más allá. De los aproximadamente 60 capítulos de la tercera temporada, la mitad transcurren en Bolivia, con argumentos que se desarrollan mayoritariamente en Potosí y La Paz, en ese orden. Aparecen, también, el Salar de Uyuni, el cementerio de trenes de Pulacayo, Sucre y el camino a los Yungas. En todos hay alta tensión y tiroteos, aunque la persecución más espectacular de toda la producción es la del salar, de cuya riqueza de litio también se habla.

¿Hay promoción turística? Sí. Potosí sale beneficiado, porque hasta se habla de la leyenda de Diego Huallpa, pero lo que indudablemente atraerá visitantes será la recreación de los socavones, con “Tío” incluido, y la ceremonia de la “ch’alla” en la que participan Teresa Mendoza (Kate del Castillo), Oleg Yasikov (Antonio Gil), Pablo Landero (Pêpê Rapazote) y los potosinos Karen Chacón (Carlos Ortiz) y Abel Quispe (Jorge Hidalgo).  

Pero el verdadero mensaje no está en el paisaje, que es forma, sino en el fondo: “La Reina del Sur III” denuncia la trata de blancas, un delito que no ha recibido castigo en Bolivia y, según el argumento de la teleserie, involucra a quienes se dedican a la minería ilegal, que son considerados los hombres más ricos del país. De refilón, también muestran el riesgo de deterioro que sufre el Cerro Rico.

“¿Qué clase de mente enferma puede hacer esto?”, se preguntan los protagonistas, algunos de ellos narcotraficantes, cuando se enteran que en Bolivia desaparecen adolescentes para prostituirlas. ¿Ficción? No. la desaparición de personas se ha convertido en algo habitual en nuestro país y, como dicen las madres de las víctimas en la teleserie, “la policía no hace nada”. ¿Es todo fruto de la imaginación de Pérez Reverte? Si vamos a una oficina policial, o a las terminales de buses, veremos letreros de personas desaparecidas, de fechas recientes. ¿Cayó algún pez gordo de la trata de blancas alguna vez? No. Es que, como plantea el escritor español en el grueso de su obra, las que gobiernan son las mafias y eso sí que no es ficción.

Títeres sin cabeza

A diferencia de los culebrones, en “la Reina del Sur” no hay buenos ni malos.

La protagonista, Teresa Mendoza, demuestra buenos sentimientos, pero, desde el principio, y como dicen los mexicanos, “tiene su guardado” y lograr engañar a Epifanio Vargas para que la envíe a España. Después se convierte en una asesina despiadada que no duda en matar a un empleado del casino de Buenos Aires al que se le está muriendo la mamá.

Epifanio (Humberto Zurita) es el villano de la primera temporada y, aunque no duda en hacer matar a cualquiera, se queda chico frente al cuestionable papel de la DEA cuyo pragmatismo, y voracidad de poder, es el más asqueroso de toda la teleserie. Existe una crítica directa al populismo, cuando Antonio Alcalá (Eduardo Yáñez) dice que es lo peor que le podría pasar a nuestros países, pero a la serie no se le puede etiquetar de ideologizada porque su crítica más feroz es contra la DEA, a la que se acusa directamente de un descarado intervencionismo.

El mensaje preocupante es el de los policías. En esta serie, de nada sirve ser honesto porque, al final, los que se mantienen del lado de la ley terminan cruelmente asesinados. Incluso en el libro, el jefe Ordóñez, que no aparece en la teleserie, es liquidado con 70 balazos y le dedican un corrido. El policía que más se esfuerza en no corromperse, Pablo Flores, aleja a su familia para ponerla a salvo y muere torturado por el clan Pernas.

En Bolivia, los policías son corruptos e ineficientes, lo que no es novedad, y Sierra, el único que trabaja ingenuamente, se convierte en tonto útil para la DEA.

¿Personajes reales?

Es inevitable comparar a algunos personajes de la teleserie con personajes reales. Que un narcotraficante llegue a ser presidente parece demasiado sintomático, pero, además, este busca su reelección y asegura que lo hace por voluntad del pueblo. “El tema de la reelección no es un capricho personal. No lo estoy haciendo por mí, lo estoy haciendo por México”, dice Epifanio en el episodio 29 de la tercera temporada, titulado “Esconderse no es una opción”. Más todavía: cuando el periodista que lo entrevistaba le hace una pregunta incómoda, él reacciona furioso y acusa al informador de faltarle al respeto. Esa actitud se parece demasiado a la reacción que tuvo Evo Morales, en diciembre de 2008, en Palacio Quemado, cuando humilló al periodista Rafael Ramírez, pidiéndole explicaciones por una nota que había aparecido en el periódico La Prensa, que finalmente fue cerrado por presiones de su gobierno.

Los personajes de Potosí son retratos de los que se puede encontrar en esta ciudad: un minero poderoso, que acumula fortuna actuando en la ilegalidad, cree ciegamente en la Pachamama, en el “Tío”, y, además es misógino al punto de no aceptar la superioridad de su mujer, ni siquiera cuando esta se le revela tal como es y hasta los propios agentes de la DEA se lo dicen.

El machismo no es la única característica de este minero pues también es retratado como dueño de la ciudad, intocable para las autoridades locales, y, de paso, es dirigente de los cooperativistas.

De La Paz a Sucre

¿Cómo es que los protagonistas de “¿La Reina del Sur” hacen un periplo desde La Paz a Sucre y llegan hasta “la carretera de la muerte”, en el camino a Yungas? Están en busca de un informante de la DEA conocido solo como “el jinete negro” y, en ese afán, se encuentran con una estructura de poder tejida en torno a los secuestros de mujeres.

Unas jovencitas son raptadas en La Paz, en el Valle de la Luna, y esa pista les llevará detrás de los tratantes que, además, están metidos en lucrativos negocios, como el de las cholitas luchadoras. El grupo se aloja en un cholet, donde se enteran cómo se maneja la nueva burguesía criolla de La Paz, cuyo dinero les permite darse lujos impensables.

Pero las niñas secuestradas deben ser alejadas de su tierra, y es por ello que las llevan hasta Sucre, donde las encierran en un almacén que está camuflado con un negocio de venta de tubos de acero.

Pero que Potosí y Sucre hayan sido escenarios de partes claves de la trama no significó que se haya filmado en estas ciudades. La mayoría de las tomas son paisajísticas o se hicieron con dron. Ni Kate del Castillo ni Pêpê Rapazote estuvieron realmente en estas ciudades porque, según revelaron cineastas vinculados a la producción, les dijeron que no era necesario hacerlo y hasta se usó pantalla verde para algunas escenas. Con ese consejo, los equipos de actores y producción no llegaron a las ciudades patrimoniales que, por ello, se vieron privados del movimiento económico que eso representa.

Eso sí: las escenas en el Salar de Uyuni y el cementerio de trenes se hicieron en esos lugares.

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Señor Lector, este es solo un reporte. La información completa está en la edición impresa de El Potosí.



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