Como era previsible, las obras de mantenimiento y refacción en la segunda Casa de Moneda dieron lugar a un descubrimiento, esta vez de un pozo que habría sido cubierto por los trabajos que se realizaron para edificar ese monumental edificio, en el siglo XVIII; sin embargo, el hecho sirve de recordatorio de que está pendiente de escribir la historia del agua potable en la Villa Imperial.
Contrariamente a lo que cree la mayoría, las lagunas artificiales, que todavía proveen del líquido a gran parte de la población potosina, no fueron construidas con ese fin, sino para proporcionar la fuerza motriz necesaria para el funcionamiento del sistema de moliendas de los ingenios mineros. Solo después, debido al crecimiento de la población, se decidió realizar aducciones a edificios públicos, conventos y viviendas particulares. Ese proceso, empero, demandó varios años.
Por tanto, en sus primeros años, las viviendas de Potosí no contaron con un sistema de provisión continua de agua potable, pero sí tenían manantiales y, particularmente, acuíferos subterráneos que aprovecharon para la habilitación de pozos. Es probable, entonces, que el que fue encontrado en la Casa de Moneda haya sido uno de estos, aunque, de ser así, debió ser de acceso público porque, hasta antes de su construcción, ese lugar era un espacio abierto, la plaza del qatu o gato.
La segunda Casa de Moneda se construyó entre 1759 a 1773 y, para entonces, ya se manejaba la tecnología de aducción mediante cañerías. El historiador Glenn Murray encontró documentos que demuestran que la caja de agua ubicada en la hoy Plaza Sucre, en la zona alta de la ciudad, fue construida expresamente para dotar del líquido elemento a la nueva Casa de Moneda. Existe, incluso, un plano de la aducción cuyo original se encuentra en la sección mapas y planos del fondo Buenos Aires del Archivo General de Indias. Ampliaremos esta información el domingo, en la revista ECOS.
El director de la Casa de Moneda, Benjamín Condori, habló de la posibilidad de rescatar el pozo con fines museísticos; es decir, rehabilitarlo con el fin de que vuelva a funcionar, como en el siglo XVIII o antes, con un sistema manual de poleas que sirve para recoger el agua del fondo.
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