Dos fallecimientos, informados oficialmente el mismo día, cambiaron totalmente la planificación de esta columna, que esta semana debía ocuparse del primer año del gobierno de Rodrigo Paz.
En Potosí, el que pegó más fuerte fue el de Luis Rico, debido a que él era uno de los artistas más famosos de esta tierra. Su muerte fue la noticia del martes y seguirá lamentándose durante mucho tiempo.
Aunque nacido en Tupiza, Lucho hizo su vida universitaria en Potosí, pero no precisamente en la Facultad de Bellas Artes, sino en la de Economía. Entre finales de los ‘60 y principios del ‘70 formó parte del “Trío Economía” junto a Fernando Yáñez e Ismael Orozco. Este último, que ahora es el único sobreviviente del grupo, refiere que el trío estuvo entre los ganadores del 5° Festival de la Canción Folklórica Boliviana "Lauro", en 1969, y prueba de ello es un disco sencillo que tiene el registro CDLR 5235 y contiene la canción “A Potosí” o “Mi querido Potosí”, de Humberto Iporre Salinas, inmortalizada desde entonces como “Gloriosa estirpe”.
Luego se vino la dictadura banzerista, que fue causante del primero de sus muchos exilios. El resto es historia: Luis Rico se hizo trovador, volvió a Bolivia, pero fue nuevamente exiliado porque su crítica social lo convertía en enemigo de los gobiernos militares. Retornó definitivamente con la democracia, pero siguió siendo crítico, particularmente con el gobierno de Evo Morales.
Ejerció la función pública, pero por poco tiempo porque no estaba acostumbrado a agachar la cabeza. Era un soñador, un hombre con grandes ideas que logró plasmar tanto en el Festival Internacional de la Cultura de Potosí como en sus discos.
Ese mismo martes también se comunicó la muerte de Guillermo Mariaca, cuyo apellido cayó en desgracia este año por razones ajenas a él. Se trataba de otra figura importante de la cultura, aunque más vinculada al mundo académico. Yo lo conocí cuando fue nombrado presidente de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, durante el gobierno de Jeanine Añez. La tarea que asumió era titánica porque esa institución, la más importante de la cultura boliviana, había caído en desgracia por la ideologización impuesta por el MAS, así que debía levantarla. No tuvo tiempo porque, como todos sabemos, la administración de Añez fue efímera y el MAS recuperó el poder con otro Lucho, Arce.
Este año me sorprendió con la noticia de que este Mariaca había sido nombrado director general ejecutivo de la Escuela de Gestión Pública Plurinacional (EGPP), la institución que se encargó de tamizar a la gente que debía ingresar a los cargos públicos durante los gobiernos masistas, y él me justificó su ingreso al cargo diciendo que tenía la intención de cambiar su forma de manejo. Por lo que me tocó chuparme de la EGPP, esta no parece haber cambiado mucho, aunque un decreto supremo anuló la exigencia de renovar periódicamente el certificado de idiomas supuestamente nativos. Al parecer, la muerte evitó que Guillermo llegara a ejecutar los cambios que proyectaba.
Lo que veo con los casos de estos dos bolivianos ilustres que fallecieron casi al mismo tiempo es que Bolivia todavía no ha aprendido a tener a hombres cultos y preparados como servidores públicos. Ni Lucho ni Mariaca se llevaron bien con la administración pública que, por lo que me toca chuparme, no ha mejorado con el cambio de gobierno. El consuelo es que Luis Rico y Guillermo Mariaca ya no tienen que soportarlo.
(*) Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
