Primero fue el diésel; ahora, la gasolina. Las largas filas que durante meses se convirtieron en parte del paisaje cotidiano vuelven a crecer y alcanzan a ese otro combustible. Dirigentes de los choferes advierten que el problema persiste en varios departamentos y reclaman soluciones reales.
En Potosí, la situación resulta preocupante. Mientras los transportistas denuncian dificultades para conseguir combustible, la ANH y la Policía comenzaron a identificar vehículos que realizan carguíos repetitivos. Se han reportado personas que compran gasolina en distintas estaciones, la trasvasan a bidones y vuelven a hacer fila varias veces en un día. No hay justificación para convertir una necesidad colectiva en un negocio particular aprovechando un producto subvencionado.
Pero atribuir las filas únicamente al acopio ilegal sería insuficiente. El problema fundamental sigue siendo el abastecimiento. Cuando la gasolina llega de manera irregular, la población se apresura a cargar por temor a que se agote y esa conducta aumenta la presión sobre los surtidores. El círculo se repite: menos confianza, más filas y mayor temor.
Chuquisaca conoce bien este problema. En Sucre ya se vivieron jornadas en las que la gasolina se agotaba antes de cubrir la demanda diaria y los conductores debían permanecer durante horas en las estaciones. En las provincias, cualquier interrupción tiene un efecto inmediato sobre el transporte, la agricultura y el comercio. Hace apenas unos días, la falta de gasolina y diésel provocó incluso un bloqueo en Camargo.
Hay, además, una realidad que no puede ignorarse: Potosí y Chuquisaca están conectados por una intensa movilidad diaria. Cuando escasea el combustible en una región, los vehículos buscan abastecerse en la otra. En Sucre ya se observó una presencia importante de vehículos de otros departamentos, principalmente de Potosí. Por eso, la solución no puede consistir en trasladar la escasez de una ciudad a otra.
El Gobierno tiene la obligación de garantizar un sistema de distribución previsible, transparente y suficiente. Las explicaciones sobre sobredemanda o dificultades logísticas no sustituyen el resultado que espera el ciudadano: llegar a una estación, cargar combustible y continuar con su vida. Si el abastecimiento se normalizó, pues, hay que comprobarlo en las calles y no solamente en los comunicados oficiales.
También corresponde revisar los mecanismos de control. La tecnología permite conocer cuánto recibe y cuánto vende cada estación de servicio, y detectar patrones anormales. Debe servir para perseguir el contrabando, el acopio y la reventa, sin convertir a todos los usuarios en sospechosos ni hacer más lenta la atención.
La gasolina no es un asunto exclusivo de los choferes: mueve al transporte público, al comercio, los servicios, las actividades productivas y miles de familias. Cada hora perdida en una fila representa trabajo que no se realiza, pasajeros que no llegan a destino y una economía que funciona con mayor dificultad.
Después de tantos meses de crisis, no es posible que el país se acostumbre resignadamente a vivir haciendo filas para conseguir combustible. Primero fue el diésel; ahora, la gasolina. Pero la naturaleza del problema no ha cambiado. Lo que se necesita es una política de abastecimiento que devuelva algo tan básico como la certeza de que mañana habrá combustible. Porque una economía puede soportar muchas dificultades, pero no funcionar indefinidamente sobre cuatro ruedas detenidas en una fila.
