Bolivia protagoniza una paradoja que la retórica oficial ha preferido ignorar: extrae gas y minerales en abundancia, pero depende del exterior para abastecerse de combustibles, maquinaria e insumos básicos. Según el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), las importaciones de 2025 totalizaron 10.029 millones de dólares, con un alza del 1,3 % en valor y del 15,3 % en volumen respecto de 2024.
En otras palabras, el país compra más y paga menos por unidad.
Lejos de ser un alivio, este dato revela una demanda externa inelástica que la coyuntura no logra domesticar. Este desajuste, que dista de ser nuevo, se volvió estructural. En este sentido, el economista Gonzalo Chávez (2021 y 2022) ofrece la síntesis más incisiva de este fenómeno. Para él, Bolivia continúa siendo un país que exporta apenas un puñado de productos e importa casi todo, y el ciclo de consumo alimentado por las materias primas se agotó desde 2014. Desde esta perspectiva, la secuencia es previsible: primero aparece el déficit comercial y, al no poder cubrirlo, el Estado tolera un déficit público creciente. De ahí que Chávez (2025) haya calificado de optimismo sin datos la celebración de un superávit comercial puntual en mayo de 2025, cuando el saldo acumulado seguía en rojo por más de 577 millones de dólares.
Esta lectura encuentra respaldo en las cifras del sector energético. Fernando Romero (2025) advirtió que, hasta agosto de 2025, el 62 % de los meses había cerrado con déficit, mientras que las exportaciones de hidrocarburos cayeron 34,5 % en el acumulado anual. Asimismo, el economista, en cuestión, atribuyó la escasez de carburantes a la falta de planificación y a la dependencia de importaciones.
Por consiguiente, el mismo sector que durante años financió la bonanza se ha convertido en un importador neto de sus propias urgencias.
Ahora bien, el problema no reside únicamente en cuánto se importa, sino en cómo se financia. Diversos análisis han señalado que un tipo de cambio fijo con una moneda sobrevaluada abarató las compras externas, las cuales fueron sostenidas con reservas internacionales y, en su defecto, con endeudamiento. Rubén Arias (2024) coincide en que la falta de diversificación productiva y la salida de divisas por importaciones presionan las reservas y dificultan una recuperación sólida. Además, las importaciones baratas erosionaron la competitividad del productor nacional, de modo que el propio esquema cambiario profundizó la dependencia que pretendía mitigar.
No obstante, reducir el debate a la gestión macroeconómica sería insuficiente. Pablo Villegas (2020), investigador del Centro de Documentación e Información Bolivia (CEDIB), sostiene que en la raíz de las balanzas comerciales deficitarias se encuentra el modelo primario exportador. Esta posición, más estructural que coyuntural, matiza a la de Chávez: mientras este enfatiza los desequilibrios y sus mecanismos de transmisión, aquel apunta al patrón de especialización que los produce.
Sin embargo, ambos convergen en un diagnóstico esencial: la vulnerabilidad boliviana no es un accidente, sino un rasgo de origen.
La dimensión geopolítica agrava el cuadro. En el primer trimestre de 2025, los mayores saldos negativos se registraron con China, por 211,7 millones de dólares, y con Argentina, por 134,3 millones; el comercio con la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) arrojó un déficit de 318,7 millones y con el Mercosur, de 201,8 millones. Dicho de otro modo, Bolivia depende de proveedores cuyos intereses no controla, y vende materias primas cuyos precios fijan otros. En un contexto de rivalidad entre potencias y de reconfiguración de las cadenas globales de valor, un país sin diversificación no negocia: acepta condiciones. Esta asimetría se intensifica cuando la escasez de dólares encarece el tipo de cambio paralelo, porque tanto los importadores como los exportadores, que también compran insumos y bienes de capital en el exterior, ven limitada su capacidad de operar.
En consecuencia, la sustitución de importaciones, proclamada como prioridad en el presupuesto de 2025, exige algo más que voluntad declarativa. La evidencia demuestra que el volumen importado creció aun cuando el discurso apuntaba en dirección contraria. Por lo tanto, se requieren un tipo de cambio coherente con la escasez de divisas, inversión sostenida en cadenas productivas con valor agregado y una política exterior que amplíe socios y destinos. Solo así la producción nacional dejará de competir en desventaja frente a bienes foráneos y la economía podrá amortiguar los vaivenes de los precios internacionales sin recurrir, una vez más, a las reservas.
Al final, la cuestión es de soberanía en sentido pleno. Un Estado que no produce lo que consume ni garantiza las divisas para comprarlo delega su margen de decisión. Bolivia todavía puede corregir el rumbo, pero ello exigirá abandonar la comodidad de las materias primas y asumir que la independencia económica se construye con fábricas, no con consignas.
