Fotos: Ivert Elvis Fuertes Callapino
Pese a que ya existen estudios que pueden consultarse, la Festividad de Todos los Santos de Potosí sigue desarrollándose sobre la base de versiones tradicionales y, en lugar de consolidarse como un nuevo atractivo turístico, con potencial para ser inscrito en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, está perdiendo terreno frente a manifestaciones extranjeras, como “Halloween”.
Es mucho lo que se sabe sobre Todos Santos, que es su nombre corto, pero, de todo lo que se ha publicado y difundido hasta el presente, tenemos este resumen:
LO CIERTO
La Festividad de Todos Santos es parte del culto a los muertos y, aunque tiene elementos mayoritariamente católicos, no es una fiesta con raíces españolas, sino también indígenas. La conmemoración católica se entremezcló con los cultos andinos, particularmente los del Aya Marcay Killa, que era la fiesta inca en la que se sacaba a pasear las momias o restos de los difuntos más importantes de las familias o panacas. El elemento visible más conocido de esa manifestación prehispánica es el pan denominado t’anta wawa, que representa al fallecido y es una referencia a la costumbre incaica.
LO TRADICIONAL
La tradición de armar “tumbas” o altares funerarios persiste en Potosí, tanto en la capital como en las provincias, y, en el caso de la Villa Imperial se suele repetir la versión de que esa costumbre comenzó por iniciativa de la viuda de un conde o marqués que, tras el fallecimiento de su esposo, hizo pintar un retrato de él y armó un altar funerario para que sus parientes y amistades lleguen hasta él a ofrecer oraciones a cambio de las cuales se les dio comida y bebida.
Es una bonita versión, y muy explicativa respecto a la actual tradición, pero no está documentada y sería negacionista de los elementos indígenas a los que hemos hecho referencia en el anterior apartado. De todas maneras, se debe mantenerla aunque, a la hora de presentarla, se debe aclarar que no es una versión histórica sino tradicional y, por lo mismo, literaria.
LO NUEVO
Al publicar la biografía de doña Josefa de Escurrechea en el Diccionario de Biografías de la Real Academia de la Historia, el investigador Iván F. Moreno de Cózar y Landahl explica que, durante el periodo colonial potosino, las familias de españoles que vivían en la Villa Imperial desarrollaron la costumbre de visitarse unas a otras, incluso diariamente, para disfrutar de tertulias y momentos de entretenimiento y, en ese afán, también se les servía comida y bebida. “Siguiendo la moda de la época traída de España, gustaban de las veladas, reuniones literarias o científicas y musicales, como resultado de la inquietud intelectual que se vivió durante el reformismo ilustrado borbónico, que se formalizaban alrededor de comida y bebida en las principales casas de la ciudad”, dice.
Entonces, sin descartar la versión de los marqueses, es coherente suponer que esa tradición diaria se trasladó a la del armado de “tumbas” o altares funerarios que, además, ya era practicada por los indios cuando rendían culto a sus muertos. Sumadas ambas tradiciones, tomó cuerpo la visita a las "tumbas" el día de Todos los Santos. Claro que la tradición surgida de ese sincretismo cultural, religioso y étnico asumió características propias, que son las que subsisten hasta nuestros días.
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