Existen diversas opiniones sobre el origen de la cueca, empero no cabe duda que este género fue introducido en nuestra región, Chile, Perú y Bolivia, en el periodo colonial y que, con el transcurrir del tiempo, fue adquiriendo personalidad propia, lo que hace de esta manifestación artística un patrimonio único y compartido a la vez.
La cueca boliviana resume de forma idílica y pintoresca lo que somos. Es un manantial de inspiración inagotable donde las flores, piedras, ríos, árboles y cerros se hacen canción. Hoy, la cueca no sólo está en la sabia genética cultural de los bolivianos, está en nuestra cotidianidad social y festiva. Es, a decir de mi amigo Willy Claure, “la expresión musical, poética y coreográfica más representativa de la identidad cultural boliviana…”. Personalmente siempre he considerado que la historia cultural boliviana se ha escrito casi siempre desde Potosí y que, por su origen y significancia colonial, la cueca no es la excepción. La quimba —movimiento garboso del cuerpo al andar o bailar— es sin duda la parte más significativa de las cuecas y las quimbas potosinas, juntas forman un relato capaz de cautivar hasta a las piedras. En este pequeño homenaje a la cueca potosina, me permito resaltar el aporte poético de nuestros autores (potosinos). Inicio cantando “Viva el encanto colonial de mi villa imperial”, y ratificando que “tengo el orgullo de haber nacido en mi gran Potosí”, recordando a don Hernán Martínez Rojas. Mi mayor respeto y admiración al más grande compositor de cuecas de la historia de Bolivia, el maestro potosino José Lavadenz, con cuya inspiración podríamos escribir un libro de poesía pura, decir que “Alrededor de tus desdenes, justo es que mi amor sucumba, si hay amores en la tumba, en la tumba yo he de amarte” o ver la puerta de un jardín e inequívocamente pensar en que “Fuiste mi primer amor, tú me enseñaste a querer, no me enseñes a olvidar eso yo no quiero aprender”, decir que “En tus ojitos yo veo, morena linda, todo mi amor, tus ojitos son luceros, wawitay, que alumbran mi vida”, o preguntarnos “cómo poder olvidar las noches hermosas que pase contigo, mi bien; si el pasado está pisado y no volverá jamás, si el pasado nunca vuelve y no volverá jamás”.
Con las cuecas potosinas se ha descrito el lamento del alma, como en la flor de cardón de don Adolfo Albino: “Es tan grande mi pena, es tan grande mi amor, porque no puedo vivir sin ti, si puedes vivir sin mí”, lo que decía doña Remedios viuda de Daza: “Luz cuando miras, dulce consuelo, y en el aire se pierde mi vida como un perfume, quisiera ser la tierra, mi vida, si tú murieras”. Solo los potosinos nos animamos a reconocer orgullosos, a decir de don César Gutiérrez Leytón, “sangre española, corre en tus venas, cantar bailar darse un besito esa es la vida”. Es de destacar la cautividad irónica de doña Elsa Arteaga: “El amor que no florece, como hierba es cuando crece, en cualquier rama se mece, en ninguna permanece”, o la resignación contemplativa de don Willy Alfaro al decir “ya no quiero sufrir tanto, tanta fue mi desventura, ayayay, que me muero”. Imposible olvidar la sentencia potosina de tu orgullo de don Humberto Iporre Salinas, convertido en unos de los dichos más populares de Bolivia: “No se hace tanto como se paga, nunca digas paloma de esta agua no he de beber” y la picardía de Francisco Sossa: “Le tocaría ahí si su piel tercita, hasta que raspándose me diga toma tu suerte” y, para terminar, cantar el honor de los potosinos: “Venas de plata nativa tiene tu cerro y tus gentes y hasta los indiferentes, se inclinan reverentes” siempre para “Mi querido Potosí” de don Pedro Subieta.
¡Feliz día de la cueca boliviana!
(*) Marvin Molina es abogado y actual decano del Consejo de la Magistratura.
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