Ni diablo, ni San Bartolomé.
Le festividad de Ch’utillos es un hecho cultural, el resultado de un largo proceso histórico, tanto que sus orígenes se remontan a tiempos preincaicos.
Para encontrarlos, es necesario retroceder a la época en la que estas tierras eran ocupadas por la nación qaraqara. “Varias fuentes documentales dan cuenta de la presencia durante tiempos preincaicos de un grupo étnico llamado qaraqara en los territorios de las actuales provincias de Chayanta, Tomás Frías, Saavedra, Quijarro y Linares del Departamento de Potosí”, señalan Pascale Absi y Pablo Cruz.
Esas fuentes confirman que el territorio donde surgió la ciudad de Potosí, incluido el Cerro Rico, pertenecían a la nación qaraqara pero no estaban poblados. Alrededor, en cambio, sí existían asentamientos humanos y uno de ellos era el de Cantumarca.
Entonces, el origen de este hecho cultural está en estos lugares y por ahí es que comenzamos.
LOS LUGARES
Una carta que el sacerdote Gregorio Cisneros escribió al entonces rector de la Compañía de Jesús en el Cusco, Manuel Vásquez, el 8 de marzo de 1597, es el primer documento sobre uno de los lugares clave de la fiesta. Esta refiere que “Había dos supersticiones muy perniciosas entre estos pobres (los indios): la una era, que cuando iban a Potosí, en llegando a Moyoponco, que es una peña muy grande junto a la cual pasaban, llamada Puerta de Moyo, cosa muy preciada entre los indios antiguos, arrojaban la coca a modo de mochación”.
Casi 25 años después, en su famoso libro “Extirpación de la idolatría del Perú”, el jesuita Pablo Joseph de Arriaga revela lo siguiente: “entre los indios hallo aquí uno que había ido en peregrinación más de trescientas leguas visitando las principales huacas y adoratorios del piru, y llego hasta el Mollo Ponco, que es la entrada de Potosí muy famoso entre los indios”.
Por estas dos fuentes primarias sabemos que en el periodo comprendido entre 1597 y 1621, cuando se publica el libro de Arriaga, había un lugar denominado Mullu Punku o Puerta del Mullu que era considerado un adoratorio principal. ¿Cuál era ese lugar? La quebrada de San Bartolomé, allí donde se encuentra la mal llamada cueva del diablo.
Se llamaba Mullu Punku porque una de las ofrendas que traían los indios desde los lugares más lejanos, incluidas las costas, era el spondylus, conchas marinas que eran consideradas sagradas por razones que requieren un artículo aparte para explicarlas. Uno de los miembros de la Sociedad de investigación Histórica de Potosí, Heinz Antonio Basagoitia Acuña, encontró en el lugar restos de mullus que confirman esta teoría.
Pero Mullu Punku no era un destino sino una puerta, un lugar de paso o, como escribió Arriaga, “la entrada de Potosí”; es decir, el acceso a un lugar todavía más importante, la waka P’utuxi, el Cerro Rico. Por todo esto, se puede colegir que el lugar donde surgió la ciudad de Potosí era un inmenso adoratorio del Cerro Rico, algo así como un templo a cielo abierto en el que el altar principal era el Sumaj Urqu.
LA LEYENDA
Tras medio siglo de explotar el Cerro Rico, hacia fines del siglo XVI, Mullu Punku era un perjuicio para los españoles porque, aunque habían logrado que los indios olvidaran el carácter sagrado del Sumaj Urqu —inventando leyendas como aquella que dice que el cerro bramó diciendo “no toquéis la plata de este cerro porque es para otros dueños”—, seguían acudiendo hasta ese lugar con fines rituales.
La preocupación de los jesuitas se lee en esta carta que Arriaga le escribió al provincial de su orden, el padre Claudio Aquaviva, el 29 de abril de 1599:
“Poco más de dos millas desta Villa, en el camino real, están dos cerros a que los indios desde tiempo inmemorial an tenido estraña devoción acudiendo a hazer allí sus ofertas y sacrificios y consultando al demonio en sus dudas y recibiendo dél respuestas. Estos dos peñascos eran piedras de escándalo, de suerte que con la ocasión de ellas caían en muchas idolatrías los indios, y aunque la Justicia seglar y ecclesiástica“ avía puesto muchas vezes la mano para remediar este daño, no se avía hecho nada”.
A continuación, Arriaga cuenta los esfuerzos que se hizo para evitar que los indios sigan yendo hasta el lugar, incluyendo la construcción de una pared que se cayó, aparentemente porque estaba mal construida. Sin embargo, el jesuita se lamenta escribiendo que “paresce que el demonio procurava con todas sus fuerças estorvar esta obra” pero, a continuación, él mismo explica que “La causa de averse caído la pared fue que con la priessa no se levantó tan de propósito como era menester”.
Lo que ocurrió después es lo que nos interesa para fines de nuestra festividad:
"Levantaron allí un altar y capilla muy adereçada y díjose Missa en aquel lugar, desterrando el príncipe del cielo al príncipe de las tinieblas, que tantos años avía estado apoderado de aquel lugar con daño de tantas almas. Dado fin a esto se volvió el Padre con todos los indios y entraron con una solemne processión en el pueblo cantando la doctrina todo el pueblo, no acababa de dar gracias a Nuestro Señor y alabar a la Compañía, diziendo que ella avía de ser la que se avía de señalar en cosa tan importante, y que quantos governadores y juezes avía avido, no lo avían podido acabar”.
