El 12 de octubre se recuerda la llegada de Cristóbal Colón al continente americano en 1492. Durante siglos, la fecha fue presentada como el descubrimiento de América, una denominación que colocaba a Europa en el centro de la historia y relegaba a quienes habitaban estas tierras a la condición de pueblos descubiertos. Bolivia adoptó otra perspectiva en 2011, cuando declaró esta jornada Día de la Descolonización. El cambio de nombre expresa una transformación en la manera de interpretar el pasado, pero también plantea una pregunta: ¿cuánto hemos avanzado en la comprensión de nuestra propia historia?
América no estaba vacía cuando llegaron las expediciones españolas. En este continente existían sociedades con estructuras políticas, conocimientos agrícolas, sistemas de intercambio, expresiones artísticas y tradiciones religiosas diversas. Algunas habían desarrollado grandes organizaciones estatales; otras mantenían formas de organización diferentes. Ninguna de ellas necesitaba la llegada de los europeos para adquirir existencia histórica. Por eso, hablar de descubrimiento solo tiene sentido desde la perspectiva de quienes llegaron, no desde la de quienes ya vivían aquí.
La expedición de Colón abrió una etapa de contactos permanentes entre dos mundos, pero también el camino hacia el sometimiento y el coloniaje, dos términos que hasta hace poco eran entendidos como conquista y colonización. La conquista incluye elementos de persuasión que ocurrieron en muchos casos, como, por ejemplo, la alianza entre españoles y la nación Charcas, en el territorio hoy boliviano, pero su contextualización todavía es motivo de debates entre los historiadores. En lo que sí existe acuerdo es en que hubo sometimiento por parte de los europeos respecto a los nativos y habitantes de América, sin diferenciar si ese sometimiento fue pactado o forzoso, así que ese término sí es apropiado para su uso actual.
El debate respecto al término “colonización” se ha hecho más complejo desde que fue subsumido a la teoría política que la usa en el sentido de “ocupación de un territorio por parte de una potencia extranjera”. El significado consubstancial de esa palabra es “acción y efecto de colonizar” mientras que “colonizar” significa “formar o establecer colonia en un país”. Ninguna de esas acepciones define exactamente lo que fue el dominio español en sus territorios de Sudamérica, puesto que no los ocupó totalmente, dada su perenne mayoría indígena; y, si se revisa la cantidad de españoles que se trasladaron a América, tampoco estableció colonias en estas latitudes, o por lo menos no del tamaño que implique una “ocupación extranjera”.
En el sentido opresivo y denigrantes que las corrientes marxistas quieren darle, la ocupación de América por parte e España fue un coloniaje; es decir, el “dominio abusivo de la cultura de un pueblo sobre otro”, que fue igual a lo que ocurrió durante la ocupación incaica que permitió la expansión del Tawantinsuyu. Como se ve, “colonización” no tiene nada que ver con Colón, sino que deviene de otros orígenes.
Ahora bien, es innegable que la expansión europea estuvo acompañada por guerras, sometimiento de poblaciones, imposición religiosa, explotación laboral y profundas transformaciones demográficas. Las enfermedades, la violencia y el desarraigo afectaron gravemente a numerosas comunidades indígenas. Reconocer estos hechos no supone negar la complejidad del proceso ni ignorar los intercambios culturales que se produjeron. Significa evitar que la palabra encuentro oculte las relaciones de poder bajo las cuales se desarrolló buena parte de aquella historia.
