La muerte de monseñor Ricardo Centellas enluta a la Iglesia católica y, de manera particular, a Chuquisaca y Potosí, dos Departamentos a los que estuvo profundamente vinculado. Su fallecimiento, ocurrido este jueves en Oruro mientras participaba en actividades de la Universidad Católica Boliviana (UCB), deja un gran vacío. Tenía apenas 63 años.
Nacido en Camargo y ordenado sacerdote en 1988, Centellas desarrolló buena parte de su vida pastoral en Chuquisaca y Potosí. En 2005 fue nombrado obispo auxiliar de Potosí y en 2009 asumió como obispo titular de esa Diócesis donde conoció de cerca una realidad marcada por la pobreza, la minería, las desigualdades y las dificultades de una región que, pese a su enorme contribución histórica al país, continúa reclamando atención.
En 2020 volvió a Chuquisaca para asumir el Arzobispado de Sucre. Un año después fue reconocido como arzobispo primado de Bolivia. Antes había presidido la Conferencia Episcopal Boliviana durante seis años, convirtiéndose en una de las voces más visibles de la Iglesia en el país.
Pero su trayectoria no quedó limitada al ámbito estrictamente religioso. Centellas intervino en distintos momentos de la vida nacional para reclamar diálogo y entendimiento frente a la confrontación política y social. Lo hizo desde una posición institucional, pero también desde la convicción de que una Iglesia comprometida con su sociedad no podía permanecer indiferente ante sus problemas.
Esa actitud adquirió particular importancia en un país acostumbrado a la polarización. Bolivia ha vivido demasiados conflictos en los que el diálogo terminó siendo considerado una muestra de debilidad y donde la imposición se presentó como la única alternativa. Frente a ello, la voz de Centellas insistió en una idea sencilla, pero cada vez más necesaria: los problemas nacionales no pueden resolverse destruyendo los espacios de entendimiento.
También concedió especial importancia a la educación. Su vinculación con la UCB fue parte de esa preocupación por la formación de nuevas generaciones. Resulta significativo que una de sus últimas actividades públicas haya estado relacionada precisamente con esa institución.
Su muerte ocurre en un momento en que Bolivia necesita recuperar confianza en sus instituciones y reconstruir puentes entre una sociedad profundamente dividida. Por eso, su ausencia no debería ser reducida a una noticia eclesiástica. Con Centellas desaparece también una voz que, desde sus convicciones religiosas, participó en el debate nacional y llamó reiteradamente a evitar que las diferencias políticas terminaran perjudicando a la población.
Para Potosí y Chuquisaca su partida tiene, además, una significación especial. Aquí dejó años de trabajo pastoral, amistades y vínculos con comunidades que conoció directamente. Fue testigo de las necesidades de sus habitantes y de las dificultades que enfrentan regiones que todavía esperan que el desarrollo deje de ser una promesa.
Corresponde reconocer aquello que su trayectoria deja como enseñanza: que la autoridad también puede ejercerse escuchando, que el diálogo no significa renunciar a las convicciones y que el servicio público pierde su sentido cuando deja de colocar a las personas en el centro.
La Iglesia pierde a un pastor. Potosí y Chuquisaca pierden a un hombre que hizo de estas tierras parte fundamental de su vida y Bolivia pierde una voz que, en tiempos de confrontación, recordó que ninguna diferencia política justifica cerrar las puertas al entendimiento.
Ese quizá sea el mejor homenaje para monseñor Ricardo Centellas: recordar no solamente al arzobispo que fue, sino al ciudadano que entendió que servir a la Iglesia también significaba preocuparse por el destino de Bolivia.
