Los ríos han sido, desde la constitución misma de los Estados modernos, líneas ambivalentes que a la vez separan y comunican a las poblaciones que habitan sus riberas. Esta paradoja constitutiva tal cual es el agua como frontera y como puente atraviesa la literatura reciente sobre estudios fronterizos y ofrece un punto de partida obligado para pensar la relación entre naturaleza y soberanía. En este sentido, el trabajo de Jefferson Morgenthaler sobre la región de La Junta de los Ríos resulta iluminador, en la medida en que sostuvo que el curso fluvial jamás ha operado como una separación absoluta entre comunidades que comparten historia, parentesco y prácticas productivas, sino más bien como un espacio de continuidad cultural forzado a asumir un rol divisorio por decisión del Estado.
Asimismo, la experiencia sudamericana confirma esta tensión estructural. Jacob Blanc y Frederico Freitas (2023), en su análisis de la triple frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay, documentaron cómo los grandes proyectos hidroeléctricos (p/e Itaipú) reconfiguraron no solo la geografía física de la región, sino también las relaciones de poder entre los Estados ribereños y las comunidades desplazadas por la construcción de infraestructura. El río, en esta situación, deja de ser meramente un accidente geográfico para convertirse en un dispositivo técnico-político de control territorial, cuya gestión declara las asimetrías entre los países involucrados.
Por otro lado, la frontera norteamericana ofrece un contrapunto igualmente elocuente. C. J. Alvarez (2019) examinó la construcción material (diques, canales, puentes internacionales) que ha convertido al río Bravo en un artefacto de ingeniería tanto como en un límite jurídico entre México y Estados Unidos. Esta lectura territorial de expresión material de la frontera se complementa con la de Xavier Oliveras González (2021), autor que describió un proceso de fronterización y desfronterización del mismo curso hídrico, es decir, una fluctuación histórica en la intensidad con que el río ha sido conferido de significado divisorio según los ciclos políticos y de seguridad de ambos países nortemericanos.
En consecuencia, no sorprende que la dimensión del control y la vigilancia ocupe un lugar central en la bibliografía especializada. Amalia Campos-Delgado (2021) analiza los sistemas de control fronterizo desde categorías como la inseguridad, la sospecha y la intuición, mostrando que la vigilancia de los cursos fluviales no responde únicamente a criterios técnicos, sino a lógicas afectivas y discursivas que naturalizan la excepcionalidad de seguridad en las zonas ribereñas.
Cabe destacar, además, que las fronteras fluviales sudamericanas han generado configuraciones urbanas singulares. Alejandro Benedetti y Alejandro Rascovan (2021) expusieron una visión de conjunto de la frontera argentino - brasileña que permite comprender la diversidad de situaciones locales bajo una misma lógica estatal, mientras que José Lindomar C. Albuquerque (2021) profundiza en el espacio urbano trinacional conformado por Foz do Iguaçu, Ciudad del Este y Puerto Iguazú, así como por Tabatinga, Leticia y Santa Rosa, ciudades cuya cotidianidad transfronteriza desborda las categorías clásicas del Estado-nación
En un registro semejante, Edgar Aparecido da Costa examina el caso de Corumbá (2021), en la frontera entre Brasil y Bolivia, como un espacio donde conviven simultáneamente la aproximación económica y el distanciamiento político entre ambos países.
No obstante, la porosidad de estas fronteras hídricas también habilita economías ilícitas que escapan al control estatal. Jania Perla Diógenes de Aquino y Joana Domingues Vargas (2021) documentaron la actividad de mineros clandestinos en la Guyana Francesa, cuyo desplazamiento por las cuencas fluviales pone en evidencia los límites reales de la soberanía sobre estos territorios. Esta situación geográfico físico y político resulta particularmente relevante para el caso latinoamericano, donde la extensión de las cuencas hidrográficas excede la capacidad de vigilancia efectiva de los Estados ribereños.
En referencia a las situaciones indicadas es imperioso superar la concepción del río como límite natural autoevidente y comprenderlo, en cambio, como una construcción histórica sujeta a permanente negociación entre Estados, comunidades locales y economías informales, lo que se evidencia que los ríos frontera latinoamericanos no son meros trazos cartográficos, sino territorios vivos donde se despliegan paralelamente prácticas de control, resistencia y cooperación transfronteriza, cuyo entendimiento íntegro requiere un enfoque interdisciplinario que combine la historia ambiental, la geografía política y los estudios de frontera propiamente dichos.
