La flexibilización del tipo de cambio era una decisión que muchos economistas consideraban inevitable. El problema no radica tanto en la medida como en el momento en que fue aplicada. En economía, el orden de las reformas puede ser tan importante como las reformas mismas. Una decisión técnicamente justificable puede producir efectos adversos cuando se adopta en medio de un escenario de incertidumbre.
Bolivia ya atravesaba una crisis marcada por las largas filas para conseguir diésel y gasolina, la reducción de la actividad productiva y el aumento de los costos de transporte. La población convivía diariamente con la incertidumbre sobre el abastecimiento de carburantes, indispensable para el funcionamiento de la economía. En ese contexto, flexibilizar el tipo de cambio significó añadir un nuevo factor de preocupación antes de resolver el anterior.
Diversos economistas y una parte importante de la opinión pública sostienen que la secuencia debió ser distinta. Primero correspondía normalizar el suministro de combustibles, aunque ello implicara revisar o incluso eliminar la subvención de manera responsable y acompañada de medidas de compensación para los sectores más vulnerables. Una vez restablecido el abastecimiento y reducida la incertidumbre sobre el funcionamiento de la economía, la flexibilización cambiaria habría encontrado un ambiente mucho más favorable.
La lógica es sencilla. Mientras persisten las filas en los surtidores, los productores dudan sobre la continuidad de sus operaciones, los transportistas enfrentan mayores costos y los consumidores anticipan nuevas alzas de precios. Si a ese escenario se suma la percepción de que el dólar seguirá encareciéndose, las expectativas inflacionarias se multiplican. La economía comienza a moverse por el temor y no por la confianza.
La experiencia demuestra que los mercados no reaccionan únicamente a las medidas económicas, sino también a las señales que estas transmiten. Cuando varias decisiones difíciles se concentran en un mismo período, la ciudadanía interpreta que la crisis es más profunda de lo que se admite oficialmente. Esa percepción termina influyendo sobre el consumo, la inversión y el ahorro.
Nadie sostiene que mantener indefinidamente una subvención generalizada sea sostenible. Tampoco que un tipo de cambio rígido pueda preservarse eternamente cuando las condiciones económicas cambian. Sin embargo, las transformaciones requieren planificación, comunicación y, sobre todo, una secuencia capaz de reducir la incertidumbre en lugar de incrementarla.
La recuperación económica exige decisiones difíciles, pero también inteligencia política. Gobernar no consiste únicamente en adoptar medidas correctas, sino en aplicarlas cuando existen las condiciones para que produzcan los resultados esperados. En tiempos de crisis, el momento puede ser tan importante como la decisión misma. Tal vez la flexibilización cambiaria era necesaria; lo que muchos bolivianos siguen preguntándose es si realmente era el momento adecuado.
Existe además un aspecto social que no puede ignorarse. La escasez de combustibles afecta de manera inmediata al agricultor que no puede cosechar, al transportista que pierde jornadas de trabajo, al comerciante que recibe menos mercadería y al ciudadano que debe soportar largas esperas. Si esa situación persiste mientras el tipo de cambio se ajusta, el mensaje que recibe la población es que todos los costos recaen simultáneamente sobre ella. Las reformas económicas necesitan legitimidad social para ser sostenibles, y esa legitimidad se construye demostrando que cada sacrificio tiene un propósito claro y un orden racional.
