En la Bolivia contemporánea, el dólar nunca ha sido únicamente una moneda, o una divisa extranjera. En tiempos de incertidumbre se convierte en un refugio. Cuando una sociedad deja de confiar en el futuro de su economía, busca proteger sus ahorros en aquello que considera más seguro. Eso es exactamente lo que ocurre hoy en nuestro país. La cotización del dólar no es la enfermedad, sino el síntoma más visible de una crisis de confianza que se fue incubando durante varios años y que hoy alcanza a consumidores, empresarios, inversionistas y ahorristas.
Durante meses se creyó que el problema era simplemente la falta de dólares. En realidad, la escasez de divisas fue apenas la manifestación de un fenómeno mucho más profundo. Cuando las familias compran dólares, los empresarios retrasan inversiones y los importadores adelantan adquisiciones por temor a nuevas devaluaciones: reaccionan frente a la incertidumbre. Las expectativas terminan imponiéndose sobre los discursos oficiales y la economía comienza a moverse más por el miedo que por la confianza.
La flexibilización del tipo de cambio no creó la crisis. Llegó cuando el mercado paralelo ya había demostrado que el precio oficial había dejado de reflejar la realidad. Mantener durante demasiado tiempo una cotización artificial, mientras disminuían las reservas internacionales y crecían las dificultades para obtener divisas, solo postergó un ajuste que finalmente resultó inevitable. Los mercados suelen anticiparse a las decisiones gubernamentales y eso fue precisamente lo que ocurrió.
Sin embargo, tampoco debe pensarse que modificar el tipo de cambio resolverá por sí solo los problemas del país. Ningún decreto puede fabricar confianza. Esta se construye con disciplina fiscal, instituciones sólidas, reglas previsibles, seguridad jurídica, producción, exportaciones e inversiones. Cuando esos elementos faltan, cualquier estabilidad cambiaria termina siendo transitoria.
La economía funciona sobre expectativas. Un productor invierte si cree que recuperará su capital. Un exportador trae divisas cuando confía en las reglas del juego. Un ahorrista mantiene sus depósitos en moneda nacional cuando está convencido de que su poder adquisitivo no será erosionado por la inflación o por nuevas depreciaciones. Por eso la confianza constituye uno de los activos más importantes de cualquier economía moderna.
Bolivia necesita recuperar precisamente esa credibilidad. Eso exige transparencia en las decisiones económicas, responsabilidad en el manejo de las finanzas públicas, incentivos para producir, atraer inversiones y ampliar las exportaciones. También requiere un clima político con menos tendencia a la confrontación. Ninguna economía puede recuperarse en medio de bloqueos, conflictos permanentes y mensajes contradictorios que alimentan la incertidumbre.
Sin importar el tipo de modelo económico que apliquen los gobiernos, el dólar seguirá siendo noticia durante algún tiempo así que el verdadero desafío consiste en reconstruir la confianza de los bolivianos en su economía y en sus instituciones. Si el país logra recuperar esa confianza, el mercado cambiario encontrará su propio equilibrio. Si no lo hace, cualquier medida será apenas un alivio pasajero. Porque, al final, el precio del dólar no es sino el reflejo del precio de nuestra confianza, y esa es una moneda que ningún banco central puede imprimir.
La solución, por tanto, no pasa únicamente por conseguir más dólares. Supone recuperar la capacidad del Estado para generar certidumbre, impulsar la producción y ofrecer señales claras de estabilidad. Las economías no prosperan por decreto, sino cuando los ciudadanos creen que vale la pena invertir, ahorrar y trabajar pensando en el futuro.
