En cuestión de semanas, el cementerio general de Potosí ha retrocedido a los tiempos en los que los cadáveres eran incinerados manualmente, al aire libre y sin más medidas de seguridad que los taparostros que utiliza el personal encargado de esa labor.
La Alcaldía compró un horno crematorio móvil, que inició la tarea de quemar los cuerpos, pero las denuncias de sobreprecio, y de que fue construido con material usado, ameritaron que la Fiscalía inicie una investigación. En ese marco, se precintó el equipo, así que dejó de usarse.
Con el horno crematorio móvil precintado y bajo la lupa de una investigación, la Alcaldía apresura obras para terminar la infraestructura en la que serán emplazados, por una parte, un segundo horno, adquirido por la Gobernación, y, por otra, el equipo industrial que debe ser adquirido con un costo superior a 1,2 millones de Bolivianos. El problema es que este último todavía no ha sido adjudicado.
Mientras se atiende los problemas legales y administrativos, no hay en qué ni dónde cremar los cadávares, tanto de los fallecidos por covid-19 como de aquellos que ya cumplieron su tiempo de permanencia en el camposanto. Los funcionarios, por tanto, volvieron a al antigua y peligrosa costumbre que incinerarlos a mano.
Alertado por las denuncias de vecinos, este diario fue esta mañana al cementerio y encontró restos humanos en una fosa con claros indicios de haber sido quemados. Cerca del hoy había latas con tamaño aproximado al de una persona de estatura promedio que, según las versiones de vecinos, son usados para poner allí los cuerpos y prenderles fuego.
La cremación se realiza al aire libre, pero prácticamente en privado, pues solo están presentes los trabajadores del cementerio encargados de tal labor. Los deudos que alcanzan a participar en las incineraciones afirman que no existe ningún respeto para los muertos pues, en ocasiones, incluso son despedazados para quemarse más rápido. Afirman que les manejan "como leña".
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