Siendo un tema que la ciencia eclesial y quizás teológica tendrían que resolver, se conoce que San Ignacio de Loyola (1491-Roma, 31 de julio de 1556), fue militar, sacerdote y teólogo español; fue el fundador de la Compañía de Jesús. Planteó una renovación espiritual, cuando la iglesia católica estaba en su peor crisis a principios del S.XVI, con la Contra-reforma. Recordemos que Martín Lutero fue quien propuso la reforma protestante de la iglesia, precisamente porque esta institución cometía muchos actos reñidos contra la moral de los hombres; entonces, producto de esto, la Iglesia católica había quedado muy debilitada y mal vista.
De varias fuentes, se conoce que este santo de nombre Iñigo y que luego se cambiaría a Ignacio, antes de ser sacerdote, de joven fue militar y paje en la corte de Fernando el Católico, esposo de la reina Isabel la católica, quienes financiaron a Colón para que llegue a América; participó también como militar en las tropas del rey en la represión de la revuelta de los comuneros, durante el reinado de Carlos V, entre 1520-1522, un levantamiento armado que rechazaban los impuestos y otras medidas que imponía al pueblo la corona española.
Por supuesto, hay mucho más por referir sobre la vida de este santo que tuvo como primera dedicación las armas, que solo después de una enfermedad se volvió sacerdote. Fue canonizado en 1622, en un acto con el que los romanos no estaban muy contentos por el hecho de que cuatro de los que iban a ser canonizados fueran españoles. Pero el tema central que se propone en esta oportunidad es lo relativo a ¿Qué tiene que ver San Ignacio de Loyola con la festividad de Ch’utillos? En nuestra modesta opinión ¡NADA! Jamás estuvo en suelo boliviano, menos potosino, ni tenía la más mínima idea de los hechos culturales que después se convirtieron en esta festividad.
Ch’utillos es una festividad típica de los pueblos andinos de la región altiplánica de Potosí. Nació al calor de sus saberes locales y necesidades propias de su memoria colectiva; una fiesta, como muchas, que se organizaban en conmemoración a sus deidades locales, en este caso al supay, que a diferencia del diablo católico, que era sinónimo de maldad y moraba en el infierno, era una deidad relacionada con el Ucku pacha, (el espacio interior), de donde brotaba la vida, en forma de energía, de agua y de savia que alimentaba a los seres vivos, por lo tanto, era sinónimos de todo lo bueno o positivo para el hombre.
Por lo dicho sobre Ignacio de Loyola, además de vivir toda su vida en Europa, nada tiene que ver con la festividad de Ch’utillos. A esta festividad, ya siglos atrás, le fue impuesto el nombre de otro santo: San Bartolomé, llamado el santo exorcista, porque se lo considera vencedor del el diablo. Desde su entronización en Potosí, en 1589, la población europea comenzó a adorarlo, pero tampoco nada tiene que ver con la festividad de los ch’utillos, porque en esta fiesta autóctona u originaria, celebrada para el supay (diablo andino) no necesitaba ser exorcizado, sencillamente, lo repetimos, porque a diferencia del diablo católico, no traía la maldad a los hombres, menos a la naturaleza, más bien, todo lo contrario: este falso histórico tiene que ser estudiado con el objetivo de recuperar la identidad cultural ancestral de nuestras culturas nativas. El nombre de la festividad es CH’UTILLOS, sin ningún otro nombre.
Resulta ahora que quiere darse o imponerse otro falso histórico, a la fiesta de los ch’utillos, al tratar de imponer una vez más, el nombre San Ignacio de Loyola. El único vínculo que se puede encontrar con este santo en estas tierras, es que su sobrino, Martín García Oñez de Loyola, (1548-1598), un militar español nacido en 1549, llegaría junto al quinto virrey del Perú, Francisco de Toledo, en 1568, quien era su tío, y quien le nombró como capitán de su guardia; desde este cargo, fue encomendado combatir en el Perú contra los nativos, en especial contra los cuatro soberanos incas refugiados en Vilcabamba, capturando con engaños y falsas promesas al último rey de los incas: Túpac Amaru I, para luego asesinarlo de la manera más cruenta en 1572, junto a toda su familia, su esposa, hijos y toda su corte; después de este hecho, en recompensa, fue nombrado Gobernador en Potosí y Chile, donde murió en combates contra los araucanos.
Los matrimonios concertados y por conveniencia que se daban en Europa se comenzaron a imponer y replicar en América; por haber capturado Óñez de Loyola al último rey de los Incas, según el cronista Juan de Betanzos, habría sido premiado por parte de Toledo y la iglesia católica, a manera de otra recompensa, con la autorización para casarse con una coya, la sobrina del propio Túpac Amaru I, bautizada como doña Beatriz Clara Coya, heredera del señorío de Urubamba, en el Cuzco; este matrimonio fue concertado por conveniencia con la hija de su hermano: el inca Sayri Tupac que, dicho sea de paso, fue asesinado brutalmente, de acuerdo al plan concebido de parte de la corona española, de acabar con cualquier resquicio de los soberanos incas.
Después de este recorrido histórico necesario, podemos ver claramente que no existe ningún vínculo entre la festividad de Ch’utillos y los santos mencionados que pertenecían a la iglesia católica. Este evento de carácter espiritual, mal llamado fiesta pagana, por el solo hecho de no estar en los moldes de la iglesia católica.
“Ni San Bartolomé ni San Ignacio de Loyola tienen rango de patronos de Potosí, porque nunca tuvieron ese reconocimiento oficial. No hay documentación que acredite su patronazgo sobre la Villa Imperial”: esto advirtió el vicepresidente de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí, Juan José Toro”. (El Potosí. 2022). Quiere decir que solo al calor de la fe, sin ningún vínculo directo de un hecho objetivo, en la lógica hermenéutica, se impuso los nombres de estos dos santos a la festividad más grande e importante que tiene la ciudad de Potosí.
Lo triste es que, con esto, quedan relegados y muy devaluados los saberes locales de las culturas nativas de nuestros pueblos. Es cierto que el hecho de vincular a cualquier actividad, festividad autóctona o hecho trascendental un nombre de la iglesia católica, ayuda en mucho a lograr ser declarado patrimonio mundial por parte de la UNESCO —basta ver que la mayoría de los sitios en el mundo, que tienen esta declaración universal son precisamente aquellos que tienen esa ligazón con esta iglesia—, pero el costo de perder nuestra identidad cultural tiene grandes consecuencias en la personalidad de nuestra sociedad.
Si bien el sincretismo religioso en muchos casos resulta ser beneficioso cuando es el resultado del contacto entre dos o más tradiciones religiosas distintas y asimétricas; en el caso de ocurrir algo parecido a una imposición, como el que abordamos en esta oportunidad, el resultado es trágico para una de las partes; no es justo y lógico pisotear la cultura de los más débiles; esto más bien se llama aculturación.
Si bien en Bolivia el cristianismo está muy arraigado, aspecto que se expresa en un calendario festivo cristiano, cuyos nombres de los santuarios, iglesias e incluso penetrando en folclor popular, responden a santos y santas en su celebración, es clara la influencia cristiana, que ha perdurado a través del tiempo. Lo que no está bien es que se siga imponiendo esta práctica que se ha instalado en todas partes de nuestro territorio, borrando y exterminando, en muchos casos a nombre de la fe cristiana, la fe nativa que, por donde se la vea y estudie, es holística, solidaria, sana e incluyente. La iglesia, en especial los jesuitas, después del escándalo ocurrido meses pasados, tienen que reflexionar, porque la sociedad actual ha recuperado su memoria y es diferente al de la colonia. Solo Ch’utillos, no San Bartolomé, menos San Ignacio de Loyola.
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