Cultura

HISTORIA

El general Pedro Blanco Heredia

A continuación le presentamos la versión íntegra de la dúplica enviada por Hernando Armaza Pérez del Castillo respecto a los artículos sobre Pedro Blanco.

El general Mariano Armaza.

La publicación en el suplemento dominical ECOS de un artículo del señor Álvaro Moscoso Blanco, nos lleva a hacer las siguientes rectificaciones y precisiones:

Previamente cabe señalar que la mayor parte de los historiadores condenó a Blanco como traidor, sin distingo de épocas; y los poquísimos que le absolvieron lo hicieron igualmente, tanto por haber desertado de las filas del ejército nacional a las tropas peruanas como por su entrega a Gamarra a fines de 1828 (también negada por algunos). Nosotros, en un esfuerzo de objetividad, distinguimos y separamos al coronel Blanco de antes del Tratado de Piquiza del general Blanco posterior a éste. Al primero no lo absolvemos, pero tampoco podemos fijar cual sea su pena; el segundo no se puede redimir ante la historia. Y hacemos esto, a costa de no merecer la indulgencia “post mortem” del ilustre Gabriel René Moreno, solamente concedida a los hijos de Blanco.

  Pensamos que a Pedro Blanco hay que investigarlo y juzgarlo separando su conducta antes del Tratado de Piquiza, de su actuación al servicio de la política “gamarrana” posterior al ajuste en cuestión. Si en la primera etapa puede encontrar un “atenuante” (aunque no su absolución), en el sentimiento nacionalista o bolivianista de rechazo a las tropas de Colombia, es decir el anti extranjerismo (uno de cuyos ingredientes era la resistencia a las ideas monárquicas contenidas en el régimen vitalicio creado por la Constitución bolivariana); en la segunda fase sólo tiene “cargos en contra” y es condenado, irremediablemente, ante la historia, como traidor a su patria. Si hasta la firma del Tratado de Piquiza, estaba de por medio la presencia de los colombianos en Bolivia, posteriormente cualquier connivencia con Gamarra, poniendo en peligro la existencia misma de la República de Bolivia, no encuentra excusa ante la posteridad.

  He ahí la abismal y substancial diferencia entre Armaza y Blanco. Este último, cegado por su ambición, no alcanzó a distinguir qué si antes de Piquiza se podía argüir que Gamarra utilizó los sentimientos nacionales en contra de los colombianos para los objetivos de su política de dominación a Bolivia, los bolivianos se valieron, a su vez, de las tropas peruanas para librarse, de una vez por todas, de las de Colombia; empero, después del mencionado acuerdo, remarcamos, toda connivencia con Gamarra era a todas luces una traición a la patria.

  El articulista Moscoso Blanco, a nuestro juicio, no aporta nada nuevo (como no ser la aclaración del segundo apellido del general), se limita a repetir los argumentos que, durante muchos años, utilizaron los hijos del general Blanco, Federico y Cleómedes, en la dilatada polémica con el historiador Gabriel René Moreno. Vale decir la argumentación que es eventualmente favorable a su actuación antes de Piquiza,  omitiendo la siguiente. De esta segunda etapa es pertinente consignar, así sea someramente (transcribiendo algunos párrafos de mis libros, donde se pueden ver las fuentes), su ascenso al grado de general, como una imposición subrepticia de Agustín Gamarra, la viciada elección como presidente de la República, echando por la borda el orden jurídico y político establecido y los compromisos contraídos con Gamarra, en contra de los más sagrados derechos y más elementales intereses de Bolivia.

   En efecto, que la carta oculta en la manga de Gamarra era Blanco ya se perfilaba en el Pacto Secreto de Piquiza, como lo demuestran sus artículos segundo y tercero:

  “Art. Segundo.- Lo más pronto posible se expedirán por el actual Gobierno los despachos de General de Brigada a favor del coronel Pedro Blanco, atendiendo a sus méritos recomendables” [recomendación y “méritos” puestos de relieve por la contraparte peruana del Tratado].“Art. Tercero.- El Ejército peruano garantiza que el coronel Pedro Blanco, se someterá con su división a la Convención Nacional y al Gobierno que ella establezca” [desconfianza de la parte boliviana].

  Aunque es evidente que blanco pasó una carta a Gamarra, fechada el 14 de julio de 1828, declinándolo, terminó por aceptarlo ante la insistencia del general peruano.

  Además, en su comunicación de despedida, Gamarra expresaba: “El virtuoso general Blanco, puesto hoy a su cabeza, ofrece, a las esperanzas bolivianas [entiéndase a las peruanas], corresponder con su infatigable trabajo, i contener los amagos de desorden por lo común consiguientes al cambiamiento de las formas gobernativas […]

 Pasemos a la elección como presidente.  La primigenia y capital prueba del “vicio de nulidad” de la elección de Pedro  Blanco, es su elección misma: “La Asamblea Convencional, por la ley de su creación, sólo estaba autorizada para revisar la Constitución, y nombrar Gobierno permanente antes, o después de la revisión. El provisorio fue nombrado por el Constituyente en sus sesiones extraordinarias. El presidente deseado por los pueblos aún no había pisado nuestras playas. Actualmente surca los mares por no despreciar la tierna voz que lo llama. No había un clamor, una queja contra el vicepresidente, que con el mayor desprendimiento entregó la República. No se encontraba el más ridículo pretexto para variar la administración. Nada, nada por lo mismo demandaba un nombramiento que solo ofrecía inconvenientes. Atacar el constitutivo de la Asamblea, quebrantar la ley que le dio ser, ponerse en pugna con la voluntad nacional, demasiado pronunciada por el general Santa Cruz: no era otra cosa que degradar la Nación y sus representantes: descubrir la facción que abrigaba su seno: crear al fin sin necesidad, y con torpeza provisorio de provisorio”, como señalaron en un manifiesto varios diputados, verdaderamente honorables.

  Ciertamente, el Artículo primero de la ley que designa a Pedro Blanco Presidente señala: “El general de brigada Pedro Blanco es nombrado presidente provisorio de  a República hasta qué sancionada la constitución, se nombre el presidente constitucional”. “No era lógico [amén de ser lo que legítimamente acordó el Congreso Constituyente  y negoció con Gamarra], habiendo ya un presidente provisorio nominado y encamino a Bolivia [Santa Cruz], sancionar primero la constitución y proceder luego a la designación  del presidente Constitucional. Esta anomalía creaba una situación tan grave como funesta que se traduce en que ni siquiera estaban fijados las atribuciones y límites del Gobierno. De ahí que este artículo, tercero, reza: “Los límites y facultades del poder ejecutivo encargado al presidente i vicepresidente, se designarán provisionalmente por una ley particular”.  El día 9 los Honorables Convencionales se abocaron a considerar un dictamen de la comisión de constitución sobre tres puntos propuestos por el Ejecutivo accidental, a saber: “La elección de un presidente que debe hacer en propiedad; la disolución de la Asamblea Convencional; y la formación de una convocatoria para un nuevo Congreso” (Redactor de la Asamblea Constituyente…).

Sobre la primera proposición juzga: “Que la idea del nombramiento de un presidente de la República en propiedad, es contraria al orden universal, y aún al sentido común; porque debiendo ser este Mandatario Constitucional, es claro que la Constitución, debe preceder a su mando, el cual debe determinarse, por las leyes fundamentales del Estado. Si el gobernante precede a la Constitución, es fuera de duda que ella sería lo que el Gobernante quiera […]” (Redactor de la Asamblea Constituyente…).

¿Qué significa ello?, en resumen. En otros términos, equivale a establecer que, en vez de elegir otro presidente provisorio en la persona de Pedro Blanco

(provisorio de provisorio) la Asamblea Convencional debió llenar su cometido de dotar al país de una Constitución (vale decir revisar, modificar o dejar

subsistente la Constitución). Al no hacerlo así se produjo la ruptura del orden político-jurídico.

Detengámonos ahora en los documentos más infamantes para el general Blanco. En primer lugar, están dos cartas, que bien se cuidaron en omitir o soslayar los defensores de Blanco, así como

la respuesta de éste. Las cuales constituyen la prueba irrefutable de la maniobra que, entre bastidores, planeó Gamarra a fin de dejar un elemento propicio para sus nefandos proyectos sobre Bolivia, y de la traición de Pedro Blanco, coartando

la asunción al mando de la nación del mariscal Santa Cruz.

He aquí la parte central de la primera misiva dirigida por Gamarra a Blanco, desde Chuquisaca el 2 de septiembre de 1828:  “Aunque los negocios marchan ahora con alguna regularidad con todo tengo mucho cuidado que al repasar el Desaguadero haya una desorganización, para evitar esto, sólo fío en el patriota honrado, en el amante de su patria, en el digno general Blanco. Si V. cuenta con su obediencia y moralidad, será para mí una satisfacción. Entonces

marcharé al Norte, cuya Guerra es inevitable, con el placer de que he pedido que el comandante Ballivián sea separado de la cabeza de su batallón, dígame V. si se considera capaz de sostener la marcha

liberal de Bolivia contra los partidos, y en una palabra, si V. se halla capaz de conservar el orden, y aun de auxiliarme con dos mil hombres en caso necesario. Así contaremos con los felices resultados, si no es necesario decidirse a una variación para sacar fuera del país a

los sospechosos. En este caso V. debe ponerse a la cabeza del Gobierno, reteniendo el mando militar, porque V. debe entonces diseminar las tropas en los Departamentos, y quedarse con un buen trozo de confianza en la capital […] U dígame pues con claridad si estamos en el caso de asegurarlo todo por una transformación […]. Este Velasco es un Ente, él obra por lo que le dicen […]. Si V. repito creé que hay peligro y se me une a obrar en una transformación, cuyo resultado debe poner a V. a la cabeza del Gobierno, dígamelo V. separado de delicadezas personales, por qué aquí no se trata, sino del bien general, para que empecemos a ganar tiempo antes de que nos apuren por el Norte. En este caso V. debe volver volando  á Cochabamba, para separar a López, y Aguirre para sacarlos al Perú […]. Espero pues la contestación de V, en mi marcha, para que unidos obremos la felicidad de su patria”.

          Álvaro Pérez del Castillo, en su libro “Bolivia, Colombia, Chile y el Perú (Diplomacia y Política, 1825-1904)”, dice sobre el particular: “Había pues Gamarra, escogido la carta que jugaría en su propósito de absorber el Alto Perú y esa carta era Blanco y no Santa Cruz, como afirmaría posteriormente. Tratándose de la búsqueda de un instrumento dócil no es difícil darle la razón al General peruano. Había mucha distancia en el valer de Santa Cruz y Blanco; comprensible por tanto el que Gamarra olvidara su pregonada amistad con Santa Cruz y buscará alguien más adaptado a sus propios objetivos”.

Veamos ahora la segunda misiva de Gamarra, fechada en La Paz, el 24 del mismo mes: “Esta consideración y otras muchas a que me induce la poca confianza que tengo en el general Velasco; la intriga infame, y violenta de que se balen los vitalicios, el orgullo y esperanza que manifiestan, y más que todo el ver en V. la única columna que sostiene a su patria, me pone en la necesidad de mostrarle la urgencia con que V. debe situarse en este Departamento con todo el Ejército de su mando, para atender á la seguridad interior y exterior que de otro modo serán amenazadas”.

“Si la amistad y deferencia que al parecer le une con aquel general, le facilitan este movimiento debe V. ponerse en marcha a la mayor brevedad a situarse en estos puntos,

para no perderle de vista e investigar cuales sean sus segundas, u ocultas intenciones; más si V. hallase alguna oposición de parte de él, para emprender esta marcha, no por eso dejará de  verificarla, y en tal caso por medio de una revolución que V. conseguirá con la mayor

facilidad por el camino que le es bien conocido, debe despojarle de la Presidencia, mudar toda clase de empleados, y destinar a los de su mayor confianza y adhesión […]”.

Sobre esta artera invitación de Gamarra a Blanco para que dé “un día de gloria” al Perú, expresa correctamente Luis Alberto D’Avis: “El golpe no llegó a producirse, porque no se contó con la seguridad de que Blanco sería elegido Presidente”.

“El general peruano, anota Joaquín Gantier, salió de Chuquisaca en los primeros días de septiembre, dirigiéndose a Cochabamba, donde estuvo con Blanco y donde prepararon un plan de acción que les permitiera apoderarse del gobierno y deshacerse de Velasco y de su mentor Casimiro Olañeta”.

Pérez del Castillo añade: “Blanco por su parte se hallaba uncido alegre y voluntariamente al carro de Gamarra, como demuestra el tenor de la carta que le dirigió el 30 de septiembre de 1828”.

Empero, leamos qué contiene la respuesta de Blanco a Gamarra, recibida por su destinatario en La Paz: “Apreciado compañero y amigo: El 28 a las nueve de la noche, he recibido comunicación que condujo Escudero; y he tenido la mayor satisfacción, al ver en ella que estamos de acuerdo en todos sus particulares, y en la necesidad de tomar las medidas y precauciones que V. me indica”.

“La marcha que sigue el vicepresidente, si no me ha parecido enteramente criminal, al menos hace tiempo la tengo por sospechosa. Su apatía natural, los pocos compromisos que

lo ligan a nuestra causa, o su escasez de conocimientos, pueden quizá presentárnosle como un enemigo, sin que por esto lo sea en realidad; pero la indiferencia con que mira mis insinua[HA1] ciones, la suerte del ejército y la deferencia y amistad con que honra a nuestros más execrables contrarios, no hallo expresiones con que disculparlo. Daré el paso que V. me indica en su apreciable, y a no tenerle en consideración,

pondré en ejecución el remedio que me propone (José Ballivián en nota de pie de página dice sobre este “remedio”: “Marchar con todo el ejército al Departamento de La

Paz, y si el Gobierno no se lo permitía, hacer una revolución para colocarse en él, y practicar de todos modos aquel movimiento sobre La Paz”) […]. De este modo y con mayor vigilancia conservaré y aumentaré el ejército, y su disciplina y moral, y me pondré expedito para emprender el movimiento, que tan sabiamente me indica Vd.”.

     “Los empleados de los demás ramos padecerán la misma variación a su vez, y pienso se les ponga por ahora a medio, o medios sueldos, ínterin nos desahogamos un poco, y arreglo mis tropas […]. Sea V. feliz por el N. tanto como lo desea su apasionado é invariable amigo, y reciba los afectos de mi corazón de su apasionado Q.S.M.B.”.

“Creo [comenta Ballivián] qué con las dos cartas anteriores, que se han dado al público, y esta, quedarán todos mis compatriotas bien enterados y satisfechos de los planes

que formaban los dos amos de Bolivia, qué con la capa de libertad, pretendían gobernarnos como a carneros, y sepultarnos en la más degradante y ominosa esclavitud […]”.49

En torno a ambos documentos Agustín Iturricha puntualiza: “Esas piezas históricas son reveladoras del más grande crimen que se fraguó contra la vida de Bolivia”.

     Basadre anota, a propósito, sobre Gamarra: “A pesar de sus enfáticas declaraciones de abstencionismo y generosidad hizo aún más: dio alas a la ambición del general Blanco”.

Huelgan mayores comentarios; sin embargo, copiemos nuevamente la opinión de don Joaquín Gantier: “Graves los términos de esta comunicación por la que se ve, que fuera de estar de acuerdo con Gamarra, obedecía a un plan adoptado e iba a poner en práctica los medios que le sugería el enemigo de su patria”.

Menos de un mes antes de que asuma la Presidencia de la República de Bolivia el mariscal Santa Cruz, y cuando ésta era ya “voxpopuli”, Gamarra remitió desde Piura, con fecha 24 de abril de 1829, una carta (¡con cuanto acíbar y rabia debió

haberla escrito!) a Mariano Armaza, reconociendo la autoría de las cartas a Blanco, pero tratando de desnaturalizar el fondo de su contenido falseando las verdaderas intenciones que le animaban contra Santa Cruz, hasta convertirlo en un “Ángel  tutelar”. Los argumentos fútiles de la misiva, aunque no exentos de astucia y repletos de hipocresía, tenían el objeto evidente de congraciarse con el inminente nuevo mandatario de Bolivia, una vez comprobada la derrota de sus solapados empeños por impedir este acontecimiento: “[…] y cuando escribí al desgraciado Blanco las cartas que ha publicado el infame Ballivián [Armaza dice sobre este bajo insulto: “El pueblo Boliviano que conoce al coronel Ballivián desde la cuna, su educación,  su honradez, y su intachable conducta pública y privada, decidirá si le corresponde

este título”], no fue otro mi ánimo que el de consultar la estabilidad del nuevo Gobierno de ese Estado, y una marcha decisiva a que no se resolvía Velasco. V. es un testigo de qué obraba a medias, y sin aquella energía tan necesaria en las circunstancias. Esta conducta

me hacía recelar que su debilidad e ineptitud habría muy pronto abierto la puerta a la anarquía. Consideraba en este caso, que Blanco por sus particulares compromisos [claro, los “compromisos” con Gamarra],y por su propia seguridad, era el que debía hacer uso de la fuerza que se le había encargado para sostener las nuevas instituciones ,mientras llegaba el Ángel tutelar, el general Santa Cruz, por quien manifestaba tanta decisión. Si posteriormente se corrompió [así pagó en ese momento Gamarra a Blanco su traición a Bolivia, públicamente ya que en su fuero interno le tuvo tanta gratitud como odio a Armaza. Con el tiempo esos sentimientos por uno y otro afloraron públicamente. Moreno dice a propósito de esas palabras: “Este último rasgo es muy propio de Gamarra”], y faltando a los deberes de la amistad y de la justicia quiso desabrochar sus ocultas aspiraciones a un destino al que no era llamado por ningún principio, es preciso confesar que su temeridad lo llevó al sepulcro, de lo que deben felicitarse allí por haberse

libertado del que temía yo fuese el Artigas de Bolivia. Según su igualmente estimable de 27 de Febrero, se halla ese República en toda tranquilidad y sus hijos respirando un aire puro y nada corrompido, créame por nuestra amistad que son cumplidos mis votos, y que puedo asegurar la felicidad de ese país con el arribo de su nuevo Presidente, de cuya marcha a esa me da U, aviso […]”.

Gabriel René Moreno, a tiempo de señalar, que la confesión de Gamarra, en la carta a Armaza, sobre su autoría de las misivas a Blanco, “ha venido a dar luz plena sobre este negocio”, menciona otra pieza tipográfica rarísima que viene

igualmente a corroborar la autenticidad de esa correspondencia epistolar.

Esta es una carta de Blanco a Urdininea, fechada en Cotagaita el 25 de mayo de 1828. “La publicó “El telégrafo de Lima”, número 381, del sábado 19 de julio de 1828. Fue, junto con otras, tomada por el coronel Althaus en el encuentro con la escolta de Urdininea en Sorasora. La prensa de Lima [refiere Moreno] al leerla llamaba a su autor ‘El virtuoso Blanco’ su fecha hace ver que está escrita un mes cabal después de aquellas protestas de fidelidad hasta la muerte que Blanco había hecho a Sucre al saber el atentado del 18 de abril, ‘Es verdad’ [dice a Urdininea

acerca de Gamarra], ‘que aquel jefe me ha escrito tal cual carta de amistad, haciéndome  una u otra leve insinuación, dirigida a desvanecer los temores de dominación que “El Cóndor” ha procurado difundir entre todos los hombres que no están a los alcances de los planes de Bolívar y sus viles esclavos”.

“Quiere Blanco que Sucre se vaya cuanto antes sin aguardar constitucionalmente la reunión del Congreso [acota Moreno al proseguir la transcripción]‘¿Y habrá quien quiera llamar Congreso a esa gavilla de esclavos hambrientos? “Que

nos deje el señor Sucre en el momento, sin apelar al triste efugio de fórmulas perjudiciales y peligrosas. Por fin, mi general, abra los ojos, y vea que los instantes son muy preciosos,

y quizá también fugitivos’. “Es Blanco mismo quien tarja estas últimas palabras, al tratar de seducir a Urdininea para que se defeccione con todo su ejército”,

concluye Moreno.

Diez Canseco copia, por su parte, la misiva de Gamarra a Santa Cruz, fechada en Lampa el 2 de abril de 1831. En ella, además de aceptar, nuevamente, ser el autor de la correspondencia a Blanco, pretende arrogarse también ser el artífice de la presidencia del Mariscal de Zepita. Empero, el primer desmentido sobre el particular está consignado, inadvertidamente, en la misma carta.

Gamarra escribía: “Si mis deseos hubieran sido otros, ¿Serías nombrado Presidente de Bolivia? Me arrostras que a Blanco le di instrucciones reservadas. Es cierto que se las di porque Velasco aparecía como un vitalicio y no inspiraba confianza […] pregunta a Armaza que órdenes tuvo cuando lo dejé: Velar por la conducta de Velasco y marchar de acuerdo con Blanco […]”.

En consuno con Blanco, ciertamente, para despojar de la jefatura del gobierno a Velasco, frustrar la presidencia de Andrés Santa Cruz Calaumana y borrar a Bolivia de la nómina de las naciones incorporándola al Perú. Ordenes infames que patrióticamente contrarió el general Mariano Armaza.

Existe un punto que nos abstenemos de refutar al señor Álvaro  Moscoso Blanco.  Nos impresionó esta relación contenida en uno de sus libros (que ya fue publicada por Federico y Cleómedes Blanco) en la que no reparamos antes  (aunque tiene como fuente el periódico peruano: “La Patria”, que pone dudas sobre su veracidad, tiene como contrapeso la solvencia moral del historiador peruano Jorge Basadre y el dato correcto de que el cadáver fue trasladado de inmediato a la capilla del convento. Donde fue encontrado, hace algún tiempo, como nos reveló el sacerdote que lo halló y consignamo en nuestro primer libro), no descartamos, compulsadas todas las versiones e hipótesis, sea lo que sucedió realmente, sin llegar a la certidumbre que devele el misterio sobre las circunstancias en que murió el general Pedro Blanco Heredia. ¡Subsiste la incertidumbre y el misterio!:

  “El señor Basadre pone en boca de un oficial retirado, Manuel Bravo, esta relación: Serían las 11 de la noche, cuando el mayor Herrera se me presentó y me dio los avisos y órdenes siguientes, pues, yo, Bravo, tenía a Blanco preso y con centinela de vista en un cuarto pequeño de La Recoleta. Herrera me dijo que los coroneles Ballivián y Armaza acababan de estar en el cuartel, y le habían avisado que el pueblo de Chuquisaca trataba esa noche de atacar La Recoleta y poner en libertad a Blanco; que tuviese redoblada vigilancia y que, si realmente éramos atacados, en el acto fusilara a Blanco. “Sería la medianoche, cuando oímos varios tiros en los alrededores de La Recoleta; se me presentó Herrera y me ordenó ejecutase a Blanco. Este se hallaba en un cuarto pequeño sentado sobre una silla alta, de las que entonces se hacían en Cochabamba, por delante tenía una mesa grande y sobre la mesa había un candelabro con vela; la puerta estaba junta, hice tomar las armas a los seis soldados que tenía conmigo, y di un puntapié a la puerta, la que se abrió, y di la voz de fuego. Blanco se hallaba sentado frente a la puerta con la cabeza apoyada sobre su mano derecha; me parece que en este momento lo tengo presente. “Al abrirse la puerta trató de incorporarse; la tropa le hizo fuego y cayó debajo de la mesa. Los soldados lo atravesaron a bayonetazos; se nos había hecho creer que Blanco era un insigne traidor. Acababa de ser muerto Blanco, cuando se presentaron los corones Ballivián, Armaza y Vera encapados y dieron orden de conducir el cadáver de Blanco a la capilla de La Recoleta. Los horrores de esa noche y el haber sabido después que los mismos coroneles fueron los que hicieron dar los tiros aislados fuera de La Recoleta, me hicieron tomar la resolución de abandonar el ejército”.

   En todo caso, lo que cuenta se resume en esta expresión de Armaza a Velasco: “A eso de las seis de la mañana del día siguiente, Armaza se dirigió á la ciudad con objeto de dar parte á Velasco, de los sucesos ocurridos en la noche. ‘Señor,’ dijo, ‘unos cuantos demagogos, han pretendido anoche perturbar el orden, pero han sido escarmentados. No tenemos más desgracia que deplorar, que la muerte del general Blanco’.

La respuesta de Armaza fue repetir la última pregunta:

-‘¿Quién lo ha muerto?’ Añadiendo inmediatamente ‘¡Ha muerto un Traidor.

   Eso sí la aseveración del articulista en sentido que el general Armaza traicionó al presidente Santa Cruz, es francamente absurda. Evidentemente, por emulación, celos y una 

   Eso sí la aseveración del articulista en sentido que el general Armaza traicionó al presidente Santa Cruz, es francamente absurda. Evidentemente, por emulación, celos y una desconfianza innata Santa Cruz destituyó a Armaza del cargo que ocupaba como Prefecto y comandante militar en el Departamento de Potosí (luego de haber sido ministro de Guerra y Marina), le hizo instaurar un proceso y lo desterró a Chile. El proceso no concluyó por falta de pruebas y Santa Cruz lo rehabilitó enviándolo como representante diplomático ante el Imperio del Brasil; luego lo nominó en el mismo carácter a la Argentina, gobernada por el dictador Rosas. A su conclusión viajó a Lima, donde estaba Santa Cruz, como Protector de la Confederación Perú  – Boliviana. Allí fue incorporado con todos los honores al ejército confederado. El último número de “El Eco del Protectorado” (19 de enero de 1839), registra el boletín militar emitido por el ministro de Guerra y Marina de la Confederación, general Anselmo Quiroz, dando cuenta: ”La caballería  emprendió de Lima su movimiento el 20, y el 21 la artillería. S.E. salió el 24 con su escolta en alcance del ejército, cuyas divisiones ya se hallaban maniobrando cerca del enemigo, y se reunió el 30 en Chiquián. La División Armaza se reunió el 1 de enero, habiendo atravesado la Cordillera de los Andes a marchas forzadas...”. En la funesta batalla de Yungay, hace 183 años, combatió al mando de la Segunda Brigada (batallones 2 y 4 de la División Herrera). De la investigación del gran historiador Alberto Crespo se evidencia que Santa Cruz, en el exilio ecuatoriano, tuvo un gesto postrero de hidalguía y generosidad en homenaje a la memoria del general Armaza y a la amistad de su esposa con doña Justa:“[…]piensa en la situación económica de la viuda e instruye a un corresponsal en Lima hacerle entrega de 18 onzas de oro”.(mayo de 1839.)

Para cerrar, esta apretada síntesis resaltamos, en ese marco histórico, con cuánta propiedad el consagrado historiador Jorge Basadre penetra y resume el pasaje de la elección, presidencia y caída de Blanco: “En realidad, eliminados Sucre y las tropas colombianas de Bolivia, Gamarra y las tropas peruanas pretendieron reemplazarlos en su función tutelar. No quisieron actuar, sin embargo, de modo directo y franco, sino por medio de asambleas legislativas y de gobiernos sumisos…El Congreso boliviano de 1828 se instaló pues, bajo los auspicios peruanos, pero no colmó plenamente con sus resoluciones los deseos de los vencedores. Eligió como presidente al Mariscal Santa Cruz, y como vicepresidente, al General José Miguel de Velasco”.

“Gamarra, en contraste con sus sonoras proclamas, no estaba contento aún. Quería un Gobierno más propicio, más suyo. Acaso ya tenía recelos contra Santa Cruz. Al general Pedro Blanco le instó a sublevarse […] una Asamblea Convencional fue convocada…eligió este Congreso como Presidente Provisional al general Pedro Blanco, y vicepresidente, al general Loayza, entonces sí que Bolivia se puso bajo el signo peruano”.

..........

Señor Lector, este es solo un reporte. La información completa está en la edición impresa de El Potosí.



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