Muchos presidentes de Bolivia fueron dictadores, pero se proclamaron demócratas. Cuando asumió la presidencia, luego de conspiraciones constantes, José María Rufino de Linares entendió que la situación del país era tan caótica que solo podría gobernarlo mediante la dictadura así que instauró una. La gran diferencia con sus similares es que él se proclamó dictador de manera pública y solemne.
“Yo fui dictador anunciándolo abierta y solemnemente y, como tal, preparaba al país para que entrase a las vías de la verdadera constitucionalidad”, dijo en su mensaje de despedida a la nación.
Linares nació en la hacienda Ticala, de propiedad de su familia, en la jurisdicción eclesiástica de la doctrina de San Juan Bautista de Miculpaya, en territorio que hoy es la provincia que lleva su nombre. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento y en su partida consta que sus padres fueron don José de Linares, administrador y tesorero de la Real Aduana de Potosí y doña Josefa Romuealda de Lizarazu. Perteneció a la familia del Conde de Casa de Moneda y uno de los testigos de su bautismo fue nada menos que el gobernador de Potosí, Francisco de Paula Sanz.
De inteligencia notable, fue presentado ante los libertadores cuando estos estaban en Potosí y Bolívar le obsequió una medalla. Al concluir sus estudios, invirtió casi toda su fortuna en sus intentos de llegar a la presidencia y, cuando finalmente la alcanzó, se desilusionó al ver que la corrupción era la característica de la política boliviana. Fue depuesto por un golpe de Estado fraguado por sus propios ministros.
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