Una muchacha, una colegiala, casi una niña, es introducida violentamente a un cuarto cerrado con las paredes forradas de periódicos. En el ambiente están varias mujeres, una está vestida con ropa deportiva, otras no tanto. En medio de ellas está una mujer amarrada espalda con espalda a un hombre.
El cuadro, obviamente, es el de secuestros. Mujeres son raptadas para diferentes fines, todos ilegales, todos criminales, todos pecaminosos. ¿La recreación exagera? No. Las estadísticas del Defensor del Pueblo, que pueden verse al final, antes de los créditos, demuestran que la trata y tráfico de personas es un delito que no ha sido frenado en Bolivia, ni siquiera adecuadamente castigado porque no se conoce un solo caso de detención de un secuestrador, de un "pez gordo", de alguien que encabece esas redes que secuestran mujeres para prostituirlas. Pero no se trata solo de eso. Los tratantes también son traficantes de órganos así que secuestran a varones o niños, sin distinción, para matarlos y venderlos por pedazos. Eso explica la presencia de un varón en el lúgubre cuarto en el que están guardadas las víctimas.
Esa es una de las historias de "El pecado". La otra, que va en paralelo, en bien tratados planos superpuestos, es la de una joven mujer que pierde a su hijo. Llora y lo busca pero no lo encuentra. ¿A cuántas les ha pasado en Bolivia? La Defensoría del Pueblo dice que en Bolivia desaparecen ocho personas por día y solo se recupera a dos. La muchacha de nuestra historia jamás encontrará a su niño. Lo buscará por años, madurando en el proceso, y un día se topará con un muchacho, como de unos veinte años. Lo verá y su corazón latirá como aquel día del extravío. ¿Quién es él? Lo crió otra mujer, otra madre, pero esta no fue la que le dio a luz. ¿Será este muchacho su hijo?
