Una celebración religiosa y cultural que ha unido a Potosí y Sucre desde sus orígenes terminó convertida, esta vez, en motivo de confrontación. La decisión del alcalde de Potosí, Williams Cervantes, de impulsar una entrada propia en honor a la Virgen de Guadalupe, como respuesta a la ausencia del Tinkuy Tolckas Huachacalla de la festividad sucrense, puede entenderse como solidaridad con la fraternidad potosina. Lo difícil de justificar es que una diferencia folclórica haya adquirido dimensiones de disputa regional.
La controversia comenzó cuando la Asociación de Conjuntos Folclóricos de Chuquisaca sancionó al Tinkuy Huachacalla por observaciones sobre el supuesto consumo de bebidas alcohólicas, sin haber resuelto previamente sus observaciones con los dirigentes de la agrupación potosina. La fraternidad denunció amenazas y decidió no participar. El alcalde exigió disculpas y llegó a advertir que la falta de una reparación podría afectar proyectos de integración entre ambos Departamentos.
La respuesta fue una entrada paralela en Potosí que plantea una pregunta: ¿era necesario trasladar un conflicto entre una fraternidad y una organización folclórica al terreno de las relaciones entre dos ciudades?
La ironía es evidente. La Virgen de Guadalupe es uno de los mejores ejemplos de los vínculos históricos entre Potosí y Sucre. La devoción que hoy se identifica con la capital chuquisaqueña tiene una historia que pasa primero por Potosí. Fray Diego de Ocaña llegó a esta ciudad en 1600, talló y pintó la imagen que fue entronizada en San Francisco y promovió su culto. Al año siguiente, por iniciativa del obispo de Charcas Alonso Ramírez de Vergara, se trasladó a La Plata, donde realizó otra imagen que dio origen a la tradición guadalupana sucrense. No hay, por tanto, una historia de Guadalupe que pueda contarse separando a Potosí de Sucre.
Tampoco corresponde establecer una competencia sobre quién tiene “más derecho” a la Virgen. Potosí conserva una imagen histórica y una devoción propia, con una celebración anual en San Juan. Sucre, por su parte, ha construido alrededor de la advocación una de las mayores manifestaciones religiosas y folclóricas del país, ahora inscrita en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. Una tradición no necesita negar a la otra.
Hay, además, una diferencia que convendría preservar: la fe no pertenece a ninguna autoridad política. Una Alcaldía puede apoyar una expresión cultural o promover el patrimonio de su ciudad, pero no debería convertir una celebración religiosa en motivo de disputa regional.
Tampoco es prudente vincular una controversia folclórica con proyectos como el tren turístico o la integración vial. Las obras públicas y las relaciones institucionales no deberían depender de una sanción o de la participación de una fraternidad en una entrada. Mezclar esos asuntos solo profundiza un conflicto que debería resolverse mediante diálogo.
La organización sucrense tiene responsabilidades. Las sanciones deben estar sustentadas en reglas conocidas, aplicarse con criterios uniformes y comunicarse sin descalificaciones. Si hubo excesos, corresponde investigarlos. La defensa de la disciplina no puede convertirse en humillación, así como la defensa de una fraternidad no puede transformarse en una especie de declaración de guerra entre ciudades.
No hay razón para que Potosí y Sucre se disputen a Guadalupe. Comparten una historia en la que la devoción circuló por caminos de Charcas y adquirió expresiones distintas en cada ciudad. Esa historia común vale más que cualquier entrada o sanción.
La Virgen puede celebrarse en San Juan y Sucre sin competencia. Si Guadalupe nació como un vínculo, no debería ser usada como frontera.
