Integrarse con los países vecinos es una necesidad. Bolivia no puede vivir de espaldas a quienes comparten sus fronteras, y mucho menos a Perú, con el que tenemos una historia, una geografía y vínculos humanos que vienen de mucho antes de la existencia de nuestras actuales repúblicas.
Por eso es positivo que los cancilleres de Bolivia y Perú hayan acordado en Desaguadero avanzar hacia el fortalecimiento de mecanismos de cooperación. Se habló también de realizar este año un nuevo encuentro presidencial y un gabinete ministerial binacional.
Pero la integración no puede construirse solamente sobre asuntos comerciales, migratorios o administrativos. También tiene una dimensión cultural y, en este campo, Bolivia y Perú tienen un asunto pendiente que no debería seguir siendo ignorado.
Desde hace años, numerosos artistas, investigadores, gestores culturales y organizaciones bolivianas denuncian la utilización y, en algunos casos, la presentación como propias de expresiones culturales cuya procedencia boliviana defienden. La controversia abarca danzas, música, gastronomía y otros elementos de nuestra cultura. Es un asunto que ha generado malestar y que no puede despacharse simplemente como una disputa entre países.
Lo preocupante es que, mientras la discusión crece entre los actores culturales, los gobiernos han preferido mantener una prudente distancia pública. No se trata de exigir que una controversia cultural se convierta en un conflicto diplomático. Se trata de preguntarnos si es razonable avanzar hacia una integración cada vez más estrecha mientras se deja sin respuesta una preocupación que afecta directamente a quienes investigan, preservan y difunden el patrimonio cultural boliviano.
La cultura no debería convertirse en una frontera más entre Bolivia y Perú. Precisamente por eso necesita mecanismos de diálogo. Ambos países podrían establecer una instancia bilateral permanente para documentar el origen de las expresiones culturales que son objeto de controversia, intercambiar investigaciones y encontrar mecanismos de reconocimiento mutuo. No para repartir culturas ni para establecer vencedores y vencidos, sino para respetar la historia y evitar que la integración termine confundida con la apropiación.
La tarea tampoco corresponde exclusivamente a los gobiernos. Bolivia necesita fortalecer sus propias instituciones culturales, investigar y documentar su patrimonio y respaldar a quienes vienen haciendo ese trabajo desde hace años. No se puede reclamar reconocimiento internacional de aquello que no se ha investigado, registrado y protegido adecuadamente dentro del país.
Por eso, la declaración de Desaguadero merece ser recibida con esperanza, pero también con una observación. El canciller Héctor Huanca dijo que no habían ido solamente a hablar de integración, sino a avanzar en ella. La afirmación es correcta. Pero avanzar en la integración también significa tener la capacidad de hablar de los asuntos incómodos.
Bolivia no tiene que escoger entre integrarse con Perú y defender su patrimonio cultural. Puede y debe hacer ambas cosas.
Una integración verdadera no consiste en esconder las diferencias para facilitar los acuerdos. Consiste en reconocerlas, discutirlas y resolverlas con respeto y buena fe.
Porque podemos facilitar el tránsito de personas y mercancías, eliminar trámites y fortalecer nuestras relaciones comerciales, pero si dejamos de lado aquello que millones de bolivianos consideran parte esencial de su identidad, habremos construido una integración económica que todavía tendrá una deuda con la cultura.
