Potosí y Sucre poseen un privilegio que pocas ciudades del continente pueden exhibir: ambas conservan centros históricos y áreas que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) ha inscrito en la lista del Patrimonio Mundial. Paradójicamente, esos espacios concebidos hace siglos para peatones, caballos y carretas hoy están dominados por automóviles, motocicletas y minibuses que deterioran el patrimonio, contaminan el ambiente y reducen el atractivo turístico de dos ciudades cuya mayor riqueza es, precisamente, su historia.
La experiencia piloto desarrollada el viernes en el centro histórico de Potosí merece una valoración positiva. Es cierto que la actividad se realizó de noche y en plena época de frío, circunstancias que limitaron la participación ciudadana, pero el horario no debe desviar la atención de lo verdaderamente importante: por primera vez se abrió un debate sobre la recuperación del espacio público para las personas. Ese debate debe continuar y mirar mucho más lejos que un cierre ocasional de calles.
Las ciudades patrimoniales más exitosas del mundo ya recorrieron ese camino. Santiago de Compostela, Toledo, Salamanca, Córdoba, Cáceres y Segovia, en España; Venecia y Siena, en Italia; Cracovia, en Polonia, y Liubliana, en Eslovenia, restringieron o eliminaron el tránsito vehicular en sus cascos históricos. Ninguna de ellas sacrificó su economía. Por el contrario, incrementaron el turismo, fortalecieron el comercio, dinamizaron la gastronomía, impulsaron la hotelería y convirtieron sus plazas y calles en escenarios permanentes de actividad cultural.
La razón es sencilla. Un automóvil atraviesa una calle; un peatón la disfruta. Quien camina observa la arquitectura, visita museos e iglesias, ingresa a restaurantes y cafeterías, compra artesanías y prolonga su permanencia en la ciudad. Ese tiempo adicional se traduce en ingresos para hoteles, comercios y servicios. El turismo patrimonial depende de esa experiencia y no de la velocidad con la que un vehículo cruza una plaza colonial.
Potosí y Sucre no necesitan copiar modelos extranjeros, sino adaptar los mejores ejemplos. Santiago de Compostela demuestra que un centro histórico puede convertirse en el principal motor turístico cuando el peatón ocupa el primer lugar. Toledo enseña que la protección patrimonial puede convivir con el acceso controlado de residentes, emergencias y servicios esenciales. Cáceres confirma que conservar el patrimonio también fortalece la economía local. Son referencias particularmente útiles para dos ciudades cuya trama urbana colonial permanece prácticamente intacta.
Peatonalizar no significa cerrar una ciudad, sino organizarla mejor. Los residentes deben conservar acceso a sus viviendas; las ambulancias, bomberos y policías deben ingresar sin restricciones; la carga y descarga puede realizarse en horarios definidos, mientras los estacionamientos se trasladan al perímetro del casco histórico. Así funcionan las ciudades patrimoniales que hoy reciben millones de visitantes.
Sucre ya dio un primer paso con su peatonalización cultural. Potosí acaba de iniciar el debate. Ahora corresponde pensar en una política permanente, gradual y técnicamente planificada, orientada no solo a proteger edificios centenarios, sino a convertir el patrimonio en el principal motor del turismo y del desarrollo económico.
Las grandes ciudades históricas comprendieron hace mucho que el patrimonio no se contempla desde la ventanilla de un automóvil. Se descubre caminando. Potosí y Sucre tienen todas las condiciones para hacer de esa sencilla idea una verdadera política de futuro.
