Cada época produce sus propias formas de despedida. Sin embargo, la partida de una generación entera —aquella que vivió el siglo XX en su totalidad y que cargó con sus promesas y sus ruinas— constituye un fenómeno que excede el duelo individual para convertirse en un acontecimiento civilizatorio. Se trata de la generación que conoció la guerra, la pobreza como horizonte cotidiano, la solidaridad como norma tácita y la austeridad como virtud moral. Su salida no es solo biológica: es también la disolución de un modo de habitar el mundo y como indicó Gullette (2017) El envejecimiento no es simplemente un proceso biológico; es una construcción social que refleja los valores y las prioridades de una cultura determinada
En efecto, la demografía del siglo XXI ha configurado un escenario inédito. Las sociedades occidentales —y, en particular, las latinoamericanas— atraviesan una transición epidemiológica en la que la longevidad ha dejado de ser una excepción para convertirse en una expectativa estadística. No obstante, vivir más tiempo no ha implicado, necesariamente, envejecer con dignidad. Baars (2012) sostuvo que el tiempo cronológico con que las instituciones modernas miden la vejez reduce la complejidad de la experiencia vivida a una cifra, despojando al sujeto de su historia y de su singularidad. La generación que hoy se va fue la primera en enfrentar este paradójico destino: sobrevivir al siglo y ser invisibilizada por él, lo que en palabras de Baars (2012) implica que La cronologización de la vida ha producido una visión empobrecida del envejecimiento, incapaz de capturar la riqueza de la experiencia humana.
A su vez, la memoria que esta generación porta consigo es irreproducible. No se trata únicamente de recuerdos personales, sino de una memoria colectiva que actuó, durante décadas, como tejido conectivo de comunidades enteras. Connerton (2009) argumentó que las sociedades modernas producen un olvido sistemático como efecto del consumo y de la aceleración tecnológica, lo que vuelve particularmente frágil la transmisión intergeneracional. Cuando los portadores de esa memoria desaparecen, no solo mueren individuos: muere también una forma de narrar el mundo que ningún archivo digital podrá restituir plenamente, lo que en el pensar de Hampaté Bâ, citado en Jansen & Maier (2004) se expresa en que "Cuando muere un anciano, una biblioteca arde"
Por otro lado, el vínculo entre esta generación y el territorio que habitó merece una reflexión particular. Para quienes nacieron en la primera mitad del siglo XX, el barrio, la calle o la parcela no eran meros espacios geográficos: eran condensaciones de sentido, marcos de pertenencia y dispositivos de identidad. Harvey (2013) señaló que el capital ha transformado el espacio urbano en mercancía, disolviendo las formas tradicionales de arraigo que organizaban la vida comunitaria. La generación que se va fue testigo privilegiado - y, con frecuencia, víctima - de esa transformación, que les arrebató los lugares donde habían construido su existencia, condición que para Harvey (2013) se explicita en cuanto a que El derecho a la ciudad es mucho más que la libertad individual de acceder a los recursos urbanos: es el derecho a cambiarnos a nosotros mismos cambiando la ciudad.
Cabe preguntarse, entonces, qué hereda el presente de esta generación que parte. La respuesta no es sencilla, porque la herencia no siempre adopta la forma de bienes materiales o de instituciones visibles. Con frecuencia, se transmite en la forma de disposiciones éticas, de saberes prácticos y de actitudes ante la adversidad que solo pueden aprenderse en presencia del otro. Kleinman (2019) reflexionó acerca del cuidado como práctica moral fundamental, subrayando que las sociedades contemporáneas han mercantilizado el cuidado hasta vaciarlo de su contenido relacional. En ese sentido, la generación que se va legó, sobre todo, una forma de cuidar que difícilmente pueda ser codificada ni transferida por vía tecnológica y, para esos efectos, Kleinman (2019) dijo que Cuidar a otro es la forma más básica de práctica moral y, al mismo tiempo, la más olvidada por las instituciones modernas.
Definitivamente, la partida de esta generación interpela a las sociedades sobre su capacidad para honrar lo que va quedando atrás. Butler (2009) planteó que el duelo colectivo es un acto político: determinar qué vidas son lloradas y cuáles no revela los contornos de una comunidad moral.
Si la vejez extrema es percibida como una carga o como una estadística, y no como la presencia de un sujeto con historia, entonces la sociedad que sobrevive ha perdido algo más que sus mayores: ha perdido también la capacidad de reconocer la propia finitud como condición compartida.
La generación que hoy se va merecía - y merece - un duelo a la altura de lo que entregó.
En síntesis y de acuerdo con Butler (2009) La pregunta de quién cuenta como humano, qué vidas cuentan como vidas y qué hace que una vida valga la pena de ser llorada, es una pregunta política de primer orden.
