No es lo mismo oír que escuchar. Todo depende de nuestra voluntad. Oímos, sin que lo notemos, cómo la bocina del micro se acerca a la calle por donde pasamos.
En cambio, escuchamos cuando le «prestamos atención» a un discurso o a alguien que se dirige a nosotros.
Sin embargo, en los espacios radiales de este país y de Iberoamérica, en general, se emplea el término oyente para designar a quien sigue determinado programa. Pero debería llamársele escuchante.
«Muy buenos días, amigos oyentes. Bienvenidos a su programa de las mañanas», suelen decir los locutores de radio. Sería novedoso, llamativo y extraño que nos saludaran así: «¡muy buenos días, amigos escuchantes! Bienvenidos a su programa de las mañanas».
No es común, desde luego, porque el uso de la lengua ha establecido, y casi consagrado, que los oyentes pertenecen a la radio.
La palabra oír (del latín audire) guarda estrecha relación con las sensaciones, con aquello que sentimos. Escuchar nos remite al acto de auscultar, porque mantenemos el oído inclinado hacia determinado sitio con el objetivo de enterarnos qué ocurre. Esta es la diferencia sustancial entre ambos términos.
Ahora, si reparamos con cuidado, lo que hacemos todos los días cuando prestamos atención a aquello que nos interesa, significa escuchar; no oír. La novedad de esta aclaración estriba en que la vigesimotercera edición del Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española ha recuperado la palabra escuchante.
En castellano antiguo primero se dijo: scuitare; luego, scuita; después, en la segunda mitad del siglo X, se escribió ascuchar; y por último, escuchar. Esta voz fue excluida del diccionario desde la edición de 1992, cuando los académicos ya no tomaron en cuenta los participios presentes de los verbos.
Pero ello no significa (por su escaso uso) que la palabra escuchante sea incorrecta o no debamos utilizarla. De hecho, el Diccionario panhispánico de dudas, publicado en 2005, lo reconoce: «oír tiene un significado más general que escuchar, casi siempre puede usarse en lugar de este, algo que ocurría ya en el español clásico y sigue ocurriendo hoy».
Recordemos que muchas palabras, pese a no estar en el diccionario de la RAE, son válidas y correctas. “Cabreante”, por ejemplo. La tradición literaria registra esta palabra en escritores como Tirso de Molina y Miguel de Cervantes, entre otros.
En el capítulo 33, del segundo tomo de la novela Don Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha dice: «—Y ¡cómo que no mienten! —dijo a esta sazón doña Rodríguez la dueña, que era una de las escuchantes (...)».
El programa radial español No es un día cualquiera, dirigido por la periodista María José Fernández Vallés, mejor conocida como Pepa Fernández, ha sorprendido a su audiencia con esta palabra y sus locutores la emplean con mucha soltura. Es un encomiable ejemplo a seguir.
La voz escuchante no es una pose, una fina diferencia o un matiz léxico; sus raíces etimológicas nos piden que deberíamos emplearla de manera correcta. Tampoco significa desterrar a la voz oyente, sino que todos (y los periodistas, en particular) deberíamos vestir a estas dos palabras con los trajes que les corresponden.
