El reloj marcaba las 18:00. Caía una torrencial lluvia sobre la ciudad de El Alto y decenas de vehículos, tanto públicos como privados, hacían una fila enorme para avanzar, cerca de la avenida Costanera, a unos pasos del distribuidor Felipe Quispe. De repente, el ruido de los bocinazos fue interrumpido por un estruendo descomunal: un avión avanzaba a toda prisa, destruyó las mallas de seguridad y terminó fuera de la pista de aterrizaje contigua.
El reporte oficial: 22 fallecidos y varios heridos que se debaten entre la vida y la muerte.
La tragedia del avión Hércules de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB) dejó familias destruidas por la pérdida de sus seres queridos a quienes, entre llantos estremecedores, dieron su último adiós este domingo. En contrapartida, también dejó historias de sobrevivientes en lo que algunos consideran un milagro…
DESGARRADOR
Ataúdes alineados resumen una desdicha que duele mirar. La familia Pérez Lazo perdió a la madre, sus tres hijos, la abuelita y la nuera, además de otros familiares, tras el accidente aéreo. Eran oriundos de Tacacoma, comunidad a donde sus restos serán trasladados para recibir sepultura.
En medio de un silencio desgarrador está don Marcial. Con la voz quebrada y la mirada perdida, repite que lo perdió todo: a su esposa, a sus tres hijos, a su suegra y a su nuera.
“Así es, ¿qué se puede hacer? Toda la noche (del viernes) caminando hemos pasado. Es un triste dolor. En realidad, nadie debe pensar en esta situación. Para mí es como un sueño ahorita”, dice mientras intenta comprender una realidad que parece irreal.
La familia Loza Murga perdió a ocho integrantes. La hermana mayor, de fe cristiana, estaba muy delicada de salud. Por ello, la tarde del viernes salieron en su minibús hacia su iglesia, en la zona Río Seco, con el objetivo de realizar una ceremonia de oración colectiva en la que pedirían a Dios por su recuperación.
A las 18:15, los diez integrantes de la familia estaban de regreso, reconfortados por la ceremonia. De pronto, un impacto aplastó casi por completo el minibús; solo dos mujeres, las pasajeras sentadas en los asientos traseros, sobrevivieron. El resto, incluida Naomi, una niña de siete años, falleció al instante.
En el lugar del velorio, el padre de la niña –que por su trabajo ese día no acompañó a la familia– pide no dar declaraciones. Con los ojos rojos por el llanto y un nudo que le entrecortaba la voz, explicó que toda la familia estaba dolida.
“NO TIENE PIERNAS”
La tragedia también afectó a la familia de Marcial Pérez. “Por favor, que el Gobierno se toque el pecho: he perdido a mis dos hijos mayores; otro de mis hijos no tiene piernas, ni las manos, pero aún late el corazón de la wawa. Soy de provincia, he viajado toda la noche, he perdido a toda mi familia, desde la mamá hasta mis hijos”, ruega Marcial, que bajó hasta la plaza Murillo para hacer escuchar su reclamo.
Según explica Marcial, la familia había salido a comer por la zona Río Seco y retornaba a su hogar cuando el avión aplastó su vehículo. El hombre relata que los cuerpos de sus ocho familiares fallecidos quedaron irreconocibles.
