Nancy Vacaflor G.
Karina P. B. luchó por salvar a su esposo, pero Rafael Tapia perdió la batalla contra el Covid-19. Tania Imaña sigue en su lucha para que su papá venza al virus. En paralelo vivieron las mismas angustias, peregrinaron con sus seres amados buscando hospitales para internarlos, medicamentos que no encontraban, mientras la oxigenación se desplomaba dañando gravemente sus pulmones.
Deambular en pleno frío nocturno en busca de hospitales, de salas de terapia intensiva, de medicamentos que no hay en el mercado, contar con al menos 100.000 bolivianos para cubrir facturas de hasta 10.000 bolivianos cada día, y garantías de Bs 30.000, es un suplicio que solo entienden quienes tienen a un familiar que padece la crueldad del virus.
Bolivia tiene un acumulado de 178.818 casos positivos de Covid-19 y 9.493 muertos, de acuerdo al informe del Ministerio de Salud de este miércoles 13 de enero. La primera víctima del virus fue una mujer de 78 años que falleció de coronavirus el 29 de marzo de 2020.
El sistema de salud colapsó el año pasado en especial durante los picos más altos de contagios, las farmacias ocultaron y elevaron los costos de los medicamentos, mientras que las clínicas privadas dispararon sus costos de atención. El país ahora vive una segunda ola del virus y la situación no ha cambiado mucho.
Año Nuevo: Tania y su papá pasaron sentados en una acera golpeados por el frío
El Año Nuevo de Tania fue un martirio. El 31 de diciembre, la saturación de oxígeno de su papá, Ramiro Imaña, había bajado a 77, intentó sin suerte colocarle oxígeno. Con la desesperación optó por buscar un hospital para internarlo, pero su experiencia fue dolorosa. Recorrió al menos seis clínicas privadas y hospitales públicos. Ninguno quiso recibirlo.
Fue a la Clínica Los Andes donde se estrelló con la “insensibilidad” total de un médico que los hecho del recinto; fueron al Hospital Metodista, a la Clínica del Sur, al Hospital de Cotahuma, a la Clínica Rengel. Nadie se dignaba en atenderlos -por lo menos- por humanidad.
Llegaron a la Clínica La Merced donde una doctora viendo el estado nervioso de Tania revisó a su padre y advirtió que necesitaba ser internado, su saturación de oxigeno había bajado a 73. Cada minuto y hora eran determinantes para los pulmones de Ramiro. Solo con una orden de transferencia de urgencia pudieron volver a Cotahuma.
Se encendieron los juegos pirotécnicos en señal de celebración y de recibimiento del nuevo año, 2021. Para Tania y seguro para muchas otras familias con enfermos con el virus fue una noche de sentimientos confusos, entre incertidumbre, impotencia, tristeza, esperanza y amor.
Tania y su papá soportaron el implacable frío de esa noche y madrugada de Año Nuevo, sentados en la acera del Hospital Cotahuma desde las 23.00 hasta la 1.30 am. No era un paciente cualquiera, era un paciente de covid-19 con los pulmones dañados y dificultades para respirar, una enfermedad que no da pausa al cuerpo.
Cuando recuerda se quiebra, rompe en llanto más de una vez, se siente que flaquea a 12 días desde que empezó el martirio cuando la salud de su progenitor se empezó a deteriorar. Este miércoles fue de buenas noticias, su mamá que también estaba internada fue dada de alta, y su hermano aislado con el virus se recupera.
A dos horas y media de espera salió el personal del hospital y recién le permitieron entrar al recinto, su papá lo hizo a pie, ni siquiera en una silla de ruedas a pesar de su estado crítico, adolorido y sin fuerzas.
“Ha sido una noche horrible. Desde la 1.30 hasta las 5.30 me quedé en el hospital congelándome. He debido ver al menos nueve personas venir desesperadas pidiendo atención y les decían no tenemos, no tenemos”, cuenta Tania a la ANF.
El 1 de enero, le pidieron análisis que solo podían hacerle fuera de Cotahuma; siente que perdió un día, era feriado, no habían laboratorios y tuvieron que esperar hasta el sábado. Su papá volvió a salir caminando para ir a los análisis. “Mi papá sufría” se lamenta. Los resultados no fueron auspiciosos necesitaba ser internado en UTI que no hay en ese nosocomio.
La búsqueda empezó nuevamente, ahora por una UTI, recuerda que acudió a todas partes. Encontró espacio en el Cossmil, la noche costaba 30.000 bolivianos, pero no cumplía el requisito de ser militar para ser internado, en el Hospital Metodista era de 18.000 bolivianos.
Entre los tantos contactos encontró a un médico de la Clínica CMAIO en Obrajes, suplicó tanto que autorizaron la internación de su papá, con una garantía de 32.000 bolivianos, aunque el consuelo es el buen trato de los médicos y las enfermeras lo que penosamente no se encuentra en otros hospitales, en especial públicos.
El dinero no alcanza, los pagos son por miles y miles
Así como Tania, la experiencia de Karina es similar, cuando llegaron al Hospital de La Portada, Rafael tenía dificultades para respirar, su oxigenación era de 63, su cuerpo se desvanecía, pero ni siquiera en esas condiciones recibió auxilio.
Luego se trasladaron al Hospital de Cotahuma, donde le pidieron una placa, era domingo, y difícil de encontrar laboratorios, solo consiguieron uno privado; los resultados revelaron daño en los pulmones y debía ser internado en una UTI.
Sin seguro de salud la situación se hace más difícil, en esos momentos desesperados cualquier alternativa es válida, incluso las clínicas privadas que no solo son costosas sino poco sensibles al momento de condicionar la internación al pago de una garantía.
Con un gran esfuerzo de la familia, Rafael fue internado en el Hospital Agramont, era el único donde podían recibirlo, la primera condición era cancelar 30.000 bolivianos de garantía. La plata se va en pagos y más pagos que son en miles y miles de bolivianos.
Karina hasta ahora no se explica cómo -junto a su familia- conseguía la plata para pagar cada factura de no menos de 1.500 bolivianos hasta 10.000 bolivianos en un solo día.
“Hasta ahora no nos explicamos de dónde hemos sacado el dinero ese rato, se conseguía de dónde no hay”, cuenta con una voz pausada, como reposando de los días tormentosos que le tocó vivir para intentar salvar a su compañero de vida.
Rafael fue internado a las 21.00 y a las 23.00 lo ingresaron a la UTI, fue la última vez que lo vio. “No verlo era muy difícil, ha sido muy duro. Por lo menos para ver si lo atendían bien”, señala.
El covid-19 es una enfermedad despiadada que ha robado el derecho de estar cerca a los familiares o amigos enfermos, acompañarlos en su dolor, atenderlos, abrazarlos, despedirlos cuando el cuerpo ya no puede dar más batalla.
El primer día, lunes, en Agramont les dieron dos facturas para cancelar, una de 6 mil bolivianos y otra de 4.000, para cubrir los medicamentos y otros equipos como guantes, trajes de bioseguridad, pañales, entre otros.
El martes, la factura fue de 4.500 bolivianos, el que incluía el remdesivir que les costaba 2.035 bolivianos; el miércoles cubrieron una factura de 7.000 bolivianos y luego una de 1.800 bolivianos, debido a que le hicieron una pleunostomía que significa una intubación directa al pulmón. Y el costo por día de internación en UTI ascendía a 5.000 bolivianos
“Solo te dan la factura y debes pasar por caja para pagar, no tienes el chance de buscar más barato”; pero no es solo eso –precisa- además de la angustia y el dolor, los familiares tienen que enfrentar el mal trato, la falta de empatía, en casi todos los hospitales.
La cuenta de tres días en el Hospital Agramont fue de al menos 70.000 bolivianos, es decir, 10.000 dólares. Es una preocupación que afecta el estado anímico de los familiares que tienen que hacer “magia” para conseguir cada centavo.
Karina tuvo que gestionar la inscripción de Rafael en el Sistema Único de Salud (SUS), porque las cuentas cada vez eran insostenibles. De ese modo lo transfirieron al Hospital del Norte, su traslado fue otra odisea.
Los familiares tienen que ingeniárselas para superar todos los escollos, contratar desde una ambulancia privada, encontrar los medicamentos que en algunos casos no se encuentran fácilmente y que son urgentes, porque de ellos depende la salud del pariente.
“Si no tienes el dinero estás jodido, porque las facturas son arriba de 1.500 o 2.000 bolivianos, y en las situaciones más críticas es hasta 8.000 o 10.000 bolivianos”, solo para medicamentos, relata Karina.
“Yo sé que estoy jodida” comenta Tania, que aún no ha hecho cuentas de las deudas, porque los ahorros se terminan y la única salida son los préstamos, tiene fe que todo va a estar bien, y que lo más importante es salvar a su papá.
Frente a situaciones adversas, también nace la solidaridad. La solidaridad de las familias, de los amigos que se lanzan con rifas o contribuciones directas, aportes que solo buscan aliviar los momentos críticos que a cualquiera puede tocarle vivir.
Una rifa de solidaridad virtual se armó en las redes sociales para apoyar a Tania. Rafael Tapia era periodista, sus colegas también organizaron una rifa para colaborar, al igual que los amigos de infancia de Karina.
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