Joe Biden tomaba la mano de su esposa Jill a medida que caminaban hacia la Casa Blanca, una de las pocas situaciones que se vieron normales el día que asumió como presidente de Estados Unidos.
En lugar de ser recibido por una multitud de seguidores, Biden estuvo rodeado de barreras de metal, agentes de seguridad con mascarilla y un Washington de aspecto distópico, muy lejos del ambiente festivo que caracteriza normalmente el día de la toma de posesión.
Luego de jurar el cargo y rendir tributo al soldado desconocido en el cementerio de Arlington, Biden y su esposa bajaron de una limusina blindada en una esquina de su nueva calle, la Avenida Pennsylvania, y caminaron hacia la Casa Blanca.
“Se siente como que estoy yendo a casa”, dijo el mandatario a un periodista de la cadena NBC durante su caminata, mientras eran seguidos de cerca por su vicepresidenta Kamala Harris y su familia.
Los periodistas, las bandas militares y sus guardaespaldas eran los únicos espectadores en un día singular.
Camiones de basura rojos con la leyenda “God Bless America” en los laterales actuaban como barrera de seguridad en uno de los puntos más sensibles, la parte norte de la Casa Blanca.
Las fuertes medidas de seguridad hicieron que el contingente de unos 25.000 miembros de la Guardia Nacional desplegados superara, de lejos, a los asistentes al acto de investidura horas antes, a los que se pidió permanecer alejados, debido a la alta incidencia de la pandemia en Estados Unidos y a los temores de violencia.
“El ambiente es muy extraño, es muy poco estadounidense”, valoró de su lado Jason Sheffield, de 36 años, que consideró que la zona de seguridad y la fuerte presencia policial “no son éticas para la libertad” y “dan mucho miedo”.
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