En el hospital Severo Ochoa de Leganés en las afueras de Madrid, uno de los más golpeados durante la primera ola de la epidemia de covid-19, la unidad de cuidados intensivos está totalmente llena y su personal teme revivir el mismo "horror".
"Estamos saturados", dice a la AFP el jefe de la unidad, el doctor Ricardo Díaz Abad, frente a doce camas ocupadas por pacientes gravemente enfermos por el virus.
Equipado con traje completo de plástico blanco, anteojos de protección, una o dos mascarillas, dos guantes morados en cada mano y cobertor de calzado azul, a modo de armadura anticovid, el personal se turna para entrar en la unidad.
En el interior, el silencio es interrumpido periódicamente por las máquinas de ventilación mecánica que ayudan a pacientes desnudos e iluminados por un mosaico de pantallas.
La víspera, "por desgracia se murieron dos" pacientes, cuenta Díaz Abad, mientras observa por una ventanilla como los enfermeros asean a hombres y mujeres, todos con edades por encima de los 50 años.
Al contrario de lo ocurrido en la primera ola, cuando el hospital vivió el "horror" de no tener camas suficientes para pacientes covid, ahora "hemos hecho un hueco" para ellos, dice el médico.
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