El carácter sagrado del Cerro Rico de Potosí no se limita a la cultura qaraqara, que fue previa a los incas, sino que se remonta a los tiempos en los que se hablaba pukina, lo que tiende una línea con la tiwanakota.
Esa es una de las muchas revelaciones que hizo el historiador Pablo Quisbert al presentar ayer, en la Carrera de Historia de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), su tesis sobre “idolatría y extirpación de idolatrías en la Villa Imperial de Potosí (1545-1602)”.
Según dijo, el tema de la sacralidad secular del Cerro Rico de Potosí es recurrente y eso posibilitó que lo aborden diversos investigadores, entre ellos Thérèse Bouysse-Cassagne que fue la primera en plantear su origen pukina. Se llamaba pukina a la lengua que hablaron los tiwanakotas, y hoy ya se ha extinguido. Citando a Bouysse-Cassagne, Quisbert dijo que el cerro ya era adorado en aquellos tiempos como una deidad mayor, puesto que se decía que era hijo de Qhapaq Iki.
Los qaraqara, que poblaron gran parte de lo que hoy es el Departamento de Potosí, incluida la Villa Imperial, heredaron el culto al Cerro Rico, al que llamaron Waka P’utuxi. Tomando en cuenta que “waka” es un lugar muy sagrado, el nombre de cerro era waca Potosí.
