Dos veces Potosí
Acerca de los momentos en “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” en los que se nombra a la Villa Imperial.
Juan José Toro Montoya
En los tiempos en los que Miguel de Cervantes escribió la novela más famosa en idioma español —fines del siglo XVI y principios del XVII—, Potosí era una ciudad tan conocida como Madrid y París y así es mencionada en dicha obra. El célebre Manco de Lepanto no solo menciona a la Villa Imperial una, sino dos veces.
Ambas ocasiones aparecen en la segunda parte, en cuyo argumento Don Quijote y Sancho Panza ya son personajes conocidos en España, como consecuencia de la publicación de la primera parte del libro cervantino. Eso dio lugar a que una pareja de duques organizara a la gente que tenía a su disposición para que actúen en la realidad paralela de don Alonso Quijano que, como se sabe, había extraviado la razón y creía ser un caballero andante llamado Don Quijote de la Mancha. No obstante, lejos de que eso ayude al extraviado manchego, en la realidad fingida de los vasallos de los duques, tanto el caballero de la triste figura como su rechoncho escudero se convierten en sus objetos de burla.
La primera mención, entonces, aparece en el capítulo 40 titulado “De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia” en la que las mujeres que vivían en las tierras de los duques aparecen todas con barbas postizas y la duquesa explica a Don Quijote que estaban barbadas por una maldición que había arrojado contra ellas el gigante Malambruno, que también tenía poderes de hechicería. Según ella, el encantamiento sería desecho solo si el caballero y su escudero cabalgaban en Clavileño, el mágico corcel del gigante que, en realidad era un caballo de madera que había sido rellenado con fuegos artificiales.
En la versión fantasiosa creada por la duquesa, la mágica criatura era obra de Merlín y estaba en poder de su amigo Pierres. “De allí le ha sacado Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí”, les dijo la mujer.
Y, como se sabe, Don Quijote y Sancho Panza montaron en el caballo con los ojos vendados y las sogas que ataron los pobladores al artefacto permitieron que se eleve unos centímetros para dar la sensación de que volaba y, finalmente, los fuegos artificiales estallan, tirando a caballero y escudero al piso.
VALE UN POTOSÍ
Contrariamente a la creencia popular, la famosa frase “Vale un Potosí” no figura tal cual en la novela de Cervantes. Su significado, que quiere decir “de valor muy grande, incalculable”, ha llegado hasta nuestros días y es el único elemento perceptible que queda en Madrid de su relación con Potosí. No con esas palabras, pero sí con ese sentido, aparece en el Quijote.
Está en el capítulo 71 de la segunda parte, titulada “De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea” y está vinculada con los dos amores de Don Quijote, Dulcinea del Toboso y la casquivana Altisidora.
La historia es parte de las situaciones irreales creadas por orden de los duques y, en esta otra, Altisidora aparece muerta, supuestamente de pena por el rechazo de Don Quijote. En la escena hay dos supuestos jueces infernales, Minos y Radamanto que informan que, para que la mujer resucite, es necesario que Sancho Panza reciba golpes, pellizcos y piquetes de alfileres. Luego de que el escudero es sometido a esas humillaciones, en medio de las risas de los participantes, Altisidora “vuelve a la vida” y le expresa su gratitud a Sancho, prometiéndole que le entregará seis camisas en reconocimiento, y luego otras seis, pero, por los sucesos posteriores, esa promesa no se cumple.
Cuando Sancho se queja por sus golpes, Don Quijote le recuerda que, según había dicho Merlín, la única manera de desencantar a Dulcinea, que en esa parte del relato aparece como “embrujada”, era que el escudero se flagele con 3.300 azotes. La respuesta de Sancho es que aceptaba darse los azotes a cambio de un pago:
"—Agora bien, señor, yo quiero disponerme a dar gusto a vuestra merced en lo que desea, con provecho mío; que el amor de mis hijos y de mi mujer me hace que me muestre interesado. Dígame vuestra merced: ¿cuánto me dará por cada azote que me diere?
"—Si yo te hubiera de pagar, Sancho —respondió don Quijote—, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote”.
Y, como también se sabe, Sancho comenzó a darse los azotes, pero los primeros le dolieron tanto, y le causaron tanto daño, que finalmente terminó por completar el resto azotando a un árbol.
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