Enfermo y cansado, fray Diego de Ocaña llegó al convento de Santo Domingo de Potosí la noche del 18 de julio de 1600. En su relación de viaje, él dice que era sábado, aunque el calendario de ese año, ubicable en línea, señala que fue martes. Si fue un error del fraile, tendría que entenderse ya que, según él mismo apuntó, el frío había hecho estragos en su cuerpo y, por lo menos 20 antes, la fiebre no le había dado tregua.
“Apéeme en la portería del convento de Santo Domingo donde me dieron una celda y aquellos padres me hicieron mucha caridad por verme enfermo”, dice en la página 146 del manuscrito que se conserva en el Repositorio institucional de la Universidad de Oviedo.
El sacerdote había partido del monasterio de Guadalupe —ubicado en la hoy provincia española de Cáceres, Extremadura— el 3 de enero de 1599 con una misión: colectar limosna para su orden, lo que hoy se entendería mejor bajo la figura de “recaudar fondos”.
En aquellos tiempos, el concepto de limosna no era el de hoy, que se refiere a sumas exiguas, sino que se traducía en sumas de dinero que los fieles entregaban generalmente a cambio de indulgencias. El monasterio de Guadalupe, construido a partir de la aparición de una imagen de la Virgen María, que la leyenda atribuye a San Lucas, se había convertido en un enorme complejo que no solo abarcaba el templo y sus dependencias sino también ganado, viñas, molinos, dehesas, el Palacio de Nuño Mateos y más de medio centenar de casas. Atender todo eso, además del asilo y hospital, demandaba dinero y los aportes, o limosnas, de los fieles extremeños ya no abastecían. Por eso fue que los jerónimos, que fueron los primeros en administrar Guadalupe, fijaron la vista en Potosí que, en aquellos años, era el centro económico del mundo.
El periplo de fray Diego de Ocaña fue largo y agotador. Se embarcó en San Lúcar de Barrameda y siguió hasta Puerto Rico de donde pasó a Portobelo, Panamá y, finalmente, Perú. Antes de llegar a Potosí pasó por Chile.
Permaneció más de 15 meses en la Villa Imperial y, durante ese tiempo, alentó la fe en la Virgen de Guadalupe. Para ello, pintó la imagen de María en una tabla y escribió una obra de teatro que fue representada como parte de las fiestas que se hicieron para la entronización de la imagen.
Fue el inicio de la devoción a la Virgen de Guadalupe en lo que hoy es Bolivia. La imagen pertenece al templo de San Juan, en la zona alta de la ciudad, pero, por razones de refacción, está temporalmente en San Martín.
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