Como consecuencia de la emergencia sanitaria por la pandemia de coronavirus, Bolivia vive este año una Semana Santa diferente; los templos están cerrados y no habrá procesiones. Sin embargo, no es la primera vez que ocurre, por lo menos no en la historia de Potosí, porque el año 1709 ya hubo una conmemoración similar, con templos cerrados y sin procesiones.
El dato está en el tomo II de la "Historia de la Villa Imperial de Potosí...", de Bartolomé Arzans, quien escribió que "con este mal de las cabezas eclesiásticas, se suspendieron las procesiones de la Semana Santa, y en las que antes hubo no abrieron sus puertas los frailes (cosa lastimosa en una Villa tan católica y devota) y todos cargaban la culpa de estos y otros graves escándalos al reverendo padre Gonzalo Carvajo, prior de San Agustín, como a primer motor".
Eran los tiempos en los que las enfermedades podían causar gran número de muertos, sin siquiera ser consideradas epidemias, y Potosí era afectado en esos años por la peste de tabardillo, o tifus, y otras de gripe o sarampión. Pero el "mal de las cabezas eclesiásticas" era otro tipo de peste, una que había arrancado dos años antes, cuando el vicario de la iglesia mayor, José Faustino Esquivel, había excomulgado al comerciante Domingo Izquierdo y a otras tres personas a las que se acusaba de haber raptado a la señora Felipa de Estupiñan del convento de monjas de los Remedios.
A partir de ahí se desató una fiebre de excomuciones que llegó hasta uno de los alcaldes ordinarios, Antonio de Quirós, y al corregidor, Tomás Chacón. Los acerdotes llegaron al extremo de excomulgarse entre ellos:el vicario Echeguivel excomulgó al prefecto de la congregación de Belén, Andrés de la Cruz, y el prior de San Agustín, fray Gonzalo Carvajo, hizo lo propio con aquel.
Pero el enfrentamiento llegó a otros niveles. Los sacerdotes polemizaron por el uso de bonete para ingresar a los templos, particularmente al de San Agustín, y la situación no mejoró ni siquiera con la intervención de Diego Fernández de Gallardo, deán del Arzobispado de Charcas. Fue en medio de todo ese panorama que se decidió cerrar los templos para la Semana Santa y suspender las procesiones.
Aunque parece que pelear por el uso de bonete es ridículo, la verdad es que eso fue solo un pretexto pues el fondo del asunto era el dinero. Los religiosos de la iglesia matriz y San Agustín peleaban por el derecho de que las grandes fiestas, como era la de Semana Santa, se celebren en sus templos puesto que los que las encabezaban eran los principales, gente con gran poder económico que solía entregar grandes sumas por concepto de limosna. Una prueba más de la opulencia del Potosí colonial.
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