Dos cuadras
Desde el Arco de Cobija hasta el de Mejillones hay largas dos cuadras que se llenan de comerciantes informales los días de los convites y las entradas.
El movimiento económico en torno a la fiesta generalmente es imperceptible, porque se traduce en contratos de todo tipo, pero se puede apreciar “a ojos vista” tanto en los convites como en las entradas. Y probablemente el mejor lugar para ello sea la calle Mejillones, desde su inicio hasta el arco que también tiene ese nombre.
Desde el Arco de Cobija hasta el de Mejillones hay largas dos cuadras que se llenan de comerciantes informales los días de los convites y las entradas. No son los comerciantes habituales, aunque no faltan los de comida, sino que la mayoría son mujeres que se dedican a vender accesorios para los bailarines o a maquillarles.
Aquí está todo para el bailarín olvidadizo o aquella que no encontró un salón de belleza. Desde un salón que está al bajar las gradas del primer arco, hasta la plaza donde se encuentra el santo, hay servicios de maquillaje, peinado, trenzado, colocado de uñas y pestañas.
La mayoría de las personas que ofrecen esos servicios son muchachas que se han instalado en carpas o tiendas improvisadas. Utilizan batas, guantes de hule y protectores de antebrazos. Desde luego que no tienen licencia ni matrícula pero no le hacen mal a nadie. Por el contrario, ayudan a quienes, por uno u otro motivo, llegan hasta el lugar sin maquillaje.
Sentadas y mirando sus relojes, las bailarinas se ponen en sus manos y la mayoría sale transformada de las carpas. Se las ve más bonitas y, por tanto, más confiadas en cumplir un buen papel en las entradas.
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