De alguna manera vivimos en una suerte de irrealidad, en un espacio donde todas las cosas pueden estar revestidas de fantasía o donde no queda más que añadirle fantasía a las cosas para hacerlas tolerables.
En ese mundo, un maniquí es más que una figura congelada y solitaria, protagonista de vitrina o arrumbado cadáver plástico envuelto por el olvido de los desvanes. Es una imagen cotidiana y, como tal, un algo o un alguien con el que compartimos la vida.
Tal vez por eso, José Jorge Saavedra (La Paz, hace algunos años) eligió convertirse en una suerte de hechicero de los escaparates. No sólo captó las imágenes de innumerables maniquíes dispersos en la geografía de su vida, sino que descubrió en ellos la posibilidad de reinventar la realidad, de transgredirla. Y entonces, como un juego que se fue transformando en oficio, apostó por la recreación de ese mundo silencioso y aparentemente ajeno.
