En las últimas décadas se han realizado varias investigaciones arqueológicas que confirman que los indígenas que habitaban en las cercanías de Potosí antes de 1540, en los asentamientos del Kari Kari, Cantumarca y Cuesta Cansada, conocían la consistencia mineralógica del Gran Sumaj Orcko (Cerro hermoso) cuya riqueza la destinaron para ornamentación de sus templos, por ello es que cuando los conquistadores llegaron por este lugar los desviaron hacia Porco.
En 1544 de acuerdo a una leyenda se produjo el hallazgo de plata, y posteriormente el 1º de abril de 1545 la posesión del Cerro Rico por los españoles a nombre de la Santísima Trinidad y de Su Majestad el Emperador de Alemania, de España y de los Reinos del Perú, Carlos V. Los habitantes de Porco, Chuquisaca y alrededores fueron los primeros habitantes del naciente Asiento Minero de Potosí.
Las increíbles cantidades de plata que se extraían de la montaña ocasionaron que sin una planificación previa, el poblado comenzara a crecer rápidamente y a erigirse una ciudad, sin existir un Acta de Fundación como era habitual en aquellos tiempos.
Es que la riqueza argentífera del Cerro Rico todo lo podía, conquistaba a propios y extraños. Todos aceptaban todo a cambio del metal precioso. El extraordinario monte de acuerdo a las primeras descripciones tenía 5.183 metros de altura sobre el nivel del mar y su circunferencia era de una legua. Su cúspide semejaba un cono perfecto.
En 1572, en Potosí, Francisco de Toledo, V Virrey del Perú, planificó el trazo urbano, se sentaron las bases para el desarrollo económico, disponiendo también la construcción de las lagunas artificiales en las montañas del Kari Kari, de donde nacían una serie de canales que formaban en el perímetro inferior del Cerro Rico un río artificial denominado La Ribera, que cruzaba la ciudad de este a oeste en cuyas orillas se construyeron una centena de ingenios que funcionaban con la fuerza hidráulica. Dispuso que los indígenas trabajen en las minas bajo la modalidad de la mita –trabajo por turnos-. Además, ordenó la construcción de la Casa de Moneda y otras construcciones.
La producción argentífera fue de tal magnitud que tuvo repercusión mundial, la ciudad creció y a inicios del siglo XVII se convirtió en una de las más ricas y pobladas de este Continente, por ello, muchos cronistas, historiadores, escritores, poetas, economistas y otros, le dedicaron su tiempo y análisis, de los cuales rememoramos algunos.
El Padre Joseph de Acosta, en su “Historia Natural y Moral de las Indias” (1590) refiere: “En el modo en que está dicho se descubrió Potosí, ordenando la Divina Providencia para felicidad de España, que la mayor riqueza que se sabe haya habido en el mundo, estuviese oculta y se manifestase en tiempos en que el Emperador Carlos V, de glorioso nombre, tenía el imperio y los de España y los señoríos de Indias”.
Buenaventura Salinas y Córdova, en su “Memorial de las Historias del Nuevo Mundo” (Lima, 1630), enfatiza: “Potosí vive para cumplir tan peregrinos deseos, como tiene España; vive para apagar las ansias de todas las naciones extranjeras, que llegan para agotar sus dilatados senos; vive para rebenque del turco, para envidia del Moro, para temblor de Flandes y terror de Inglaterra; vive, vive columna y obelisco de la fe”.
Fray Antonio de la Calancha, de la orden de San Agustín, en su “Crónica Moralizadora” (1638-1653) opina que el cerro “es único en la opulencia, primero en la majestad, último fin de la codicia”.
Antonio de León Pinelo, autor de “El Paraíso en el Nuevo Mundo” (1650), en base a las cifras ofrecidas por Luís Capoche, manifiesta que con la plata ya extraída del Cerro podría haberse construido un puente de 2.000 leguas de largo, 14 varas de ancho y 4 dedos de espesor hasta España. Asimismo menciona: “El Cerro por sí solo se descubre tan Señor de todos los que en su contorno le acompañan, que parece que le rinden vasallaje y lo reconocen por primogénito de la Tierra. Mayorazgo de su riqueza y muestra abreviada de su poderosa mano del Creador, que cifró la mayor grandeza en un montón de pizarrales estériles y secos. Su color es rojo oscuro, Su forma hermosa y proporcionada desde la falda a la cumbre, y particularmente mirándole desde la Plaza Mayor de la Villa, que es donde mejor se descubre y más nivelado parece”.
El cronista Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela, en su “Historia de la Villa Imperial de Potosí”, escrita de 1700 a 1736, editada en México en 1965, describe al Cerro de Potosí de la siguiente manera: “El famoso, siempre máximo, riquísimo e inacabable Cerro de Potosí; singular obra del poder de Dios; único milagro de la naturaleza; perfecta y permanente maravilla del mundo; alegría de los mortales, emperador de los montes, rey de los cerros, príncipe de todos los minerales; señor de 5.000 indios (que le sacan las entrañas); clarín que resuena en todo el orbe; ejército pagado contra los enemigos de la fe; muralla que impide sus designios; castillo y formidable pieza cuyas preciosas balas los destruye; atractivo de los hombres; imán de sus voluntades; base de todos los tesoros; adorno de los sagrados templos; moneda con que se compra el cielo; monstruo de riqueza; cuerpo de tierra y alma de plata (que con más de 1.500 bocas que tiene llama a los humanos para darles sus tesoros, siendo otros tantos ojos para ver sus necesidades, y tanta su liberalidad que les da el corazón por esos ojos); a quien las cuatro partes del mundo conocen por la experiencia de sus efectos, sus católicos reyes envidian, las naciones todas lo engrandecen, aclaman poderoso, aprueban excelente, ensalzan portentoso, aclaman sin igual, celebran admirable y elogian perfectísimo; a quien procuran fogosos su acendrada plata, cortan el viento por adquirirla, surcan el mar por hallarla, cortan el viento por adquirirla, por tenerla”.
