El poder ya no pasa por ser solo una potencia mundial: hay que sentar presencia en el espacio y China lo tiene claro. Aunque despegó en la carrera espacial con retraso, en relación con soviéticos y estadounidenses, en las últimas décadas ha logrado codearse con ellos y pronto puede convertirse en el puntero de la industria.
Entre sus planes más ambiciosos, y sin embargo más factibles, está la construcción de una estación espacial permanente, mandar una sonda no tripulada a Marte y sembrar papas en el lado oscuro de la luna.
Es cierto que Pekín juega con la ventaja tecnológica del siglo XXI pero eso no le quita mérito. Los dos grandes proyectos de su programa cósmico, Shenzhou y Chang’e, han logrado en poco tiempo lo que a sus competidores les ha tomado décadas.
El objetivo del plan Shenzhou, iniciado en 1992, es establecer una estación espacial. Para ello fabricaron módulos espaciales que llevan el mismo nombre (en mandarín significa ‘barco divino’) en los que viajaron nueve hombres y siete mujeres de China, completando así el podio de las tres naciones en poner en órbita a sus hombres.
