Las cosmovisiones acuáticas constituyen uno de los ejes fundacionales sobre los cuales numerosas culturas han erigido su comprensión del cosmos, del tiempo y del origen de la vida. En efecto, mientras algunas tradiciones concibieron el agua como matriz primordial de la que emergió toda forma existente, otras la interpretaron como fuerza destructora capaz de aniquilar y refundar el mundo conocido. Esta ambivalencia constitutiva creadora y destructora a la vez explica la centralidad del elemento líquido en los relatos cosmogónicos de prácticamente todas las civilizaciones humanas.
Mircea Eliade (1949), postuló que las aguas primordiales representan el estado preformal de toda manifestación, es decir, el sustrato indiferenciado a partir del cual surge el cosmos ordenado. Bajo esta lógica, la creación del mundo no es sino un proceso de separación de las aguas, tal como atestiguan tanto el relato bíblico del Génesis como los mitos mesopotámicos del Enuma Elish. Ahora bien, esta estructura no se limita al Cercano Oriente antiguo, sino que reaparece con notable persistencia en las cosmogonías mesoamericanas.
En este sentido, Miguel León-Portilla (1956), evidenció cómo la tradición mexica atribuía a Tláloc, deidad de la lluvia, un papel decisivo en la organización del calendario ritual y agrícola. León-Portilla sustentó que el agua constituía para los nahuas el principio mismo de la fertilidad cósmica, lo cual explica la centralidad de los sacrificios y ofrendas dirigidos a asegurar las lluvias estacionales. De igual manera, esta lógica cosmológica revela que el mito acuático no operaba como simple relato explicativo, sino como fundamento de las prácticas rituales y productivas de la sociedad.
Por otra parte, Claude Lévi-Strauss (1964), analizó sistemáticamente los mitos amerindios sobre el origen del agua dulce y su distribución entre los hombres, evidenciando que estos relatos organizan oposiciones estructurales fundamentales (seco y húmedo, cielo y tierra, cultura y naturaleza). El antropólogo francés advirtió que los mitos del agua traducen contradicciones lógicas irresolubles en el plano de la experiencia. Esta perspectiva estructuralista permite comprender que la diversidad aparente de las cosmogonías acuáticas esconde, en realidad, patrones profundos compartidos por sociedades geográfica y culturalmente distantes entre sí.
A su vez, Johannes Wilbert (1970), antropólogo especializado en los pueblos indígenas de la cuenca del Orinoco, documentó en sus estudios sobre los warao cómo estas comunidades ribereñas conciben su territorio como un continuo acuático que estructura tanto la organización social como la mitología del origen. Wilbert afirmó que el río constituye el eje ontológico alrededor del cual gira toda la existencia warao, lo que confirma que la cosmovisión acuática no es meramente narrativa, sino profundamente territorial y existencial.
Finalmente, Gaston Bachelard (1942), desde una perspectiva más filosófica que etnográfica, permite cerrar este recorrido al proponer en su obra El agua y los sueños que toda cosmogonía profunda comienza necesariamente por las aguas. Esta afirmación, lejos de ser meramente poética, sintetiza el hallazgo compartido por historiadores de las religiones, antropólogos estructuralistas y etnógrafos contemporáneos: el agua constituye un lenguaje simbólico universal a través del cual las sociedades humanas han elaborado sus preguntas más radicales sobre el origen, el orden y el destino del mundo.
Cabe añadir, sin embargo, que estas cosmovisiones no permanecen confinadas al pasado remoto, sino que continúan operando activamente en las prácticas rituales de numerosos pueblos originarios contemporáneos, quienes resignifican sus mitos acuáticos frente a fenómenos actuales como la deforestación, la construcción de represas y la alteración de los regímenes pluviales. De esta manera, el mito no funciona como reliquia inerte, sino como marco interpretativo vivo que orienta la respuesta cultural frente a las transformaciones ambientales contemporáneas.
En suma, el examen comparado de estas cinco perspectivas revela que los mitos originarios sobre el agua no constituyen meras curiosidades folclóricas, sino auténticos sistemas de pensamiento que organizan la relación entre el ser humano, la naturaleza y lo sagrado. Comprender estas cosmovisiones acuáticas resulta, por tanto, indispensable no solo para la historia de las religiones, sino también para repensar críticamente el vínculo contemporáneo entre las sociedades y sus fuentes de agua, hoy amenazado por la lógica extractivista y el cambio climático global. Así pues, restituir la voz de estas cosmogonías al debate ambiental contemporáneo no constituye un gesto meramente simbólico, sino una condición necesaria para imaginar formas alternativas de habitar el mundo en armonía con sus aguas.
