El sistema internacional atraviesa una transformación de proporciones históricas. Las certezas que articularon el orden global tras la Guerra Fría - la hegemonía estadounidense, el multilateralismo liberal y la primacía de las instituciones internacionales - han cedido ante una reconfiguración geopolítica que ningún analista serio puede ignorar. No se trata de ajustes coyunturales, sino de un desplazamiento estructural del poder que redefine las relaciones entre Estados, bloques regionales y ciudadanías.
En efecto, la señal más contundente de esta ruptura provino de la Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada en febrero de 2025. Saxer (2025) sostuvo que Estados Unidos parece haber decidido abandonar el 'orden mundial liberal basado en reglas' que una vez contribuyó a crear. Esta declaración, formulada desde la plataforma editorial de Nueva Sociedad, no constituye una hipérbole retórica, sino la constatación de una fractura sistémica que ha demorado décadas en madurar y que ahora se vuelve ostensible en la arena diplomática global.
Sin embargo, sería inexacto atribuir este quiebre únicamente a la política exterior de Washington. La erosión del orden liberal es un fenómeno multicausal que involucra el ascenso sostenido de potencias no occidentales. Barragán y Sribman (2024) señalaron que la vieja dialéctica, surgida tras la Segunda Guerra Mundial, entre los creadores de normas de Occidente y los que se asumían como acatadores de normas, está siendo sustituida por un nuevo espectro de generación y toma de reglas emergentes y, eventualmente, transformadores de las normas establecidas. Este reordenamiento normativo implica que las directrices internacionales ya no son patrimonio exclusivo de las potencias occidentales u otras.
A la par de ello, el Sur Global ha adquirido una voz y una presencia que los marcos analíticos tradicionales subestimaron persistentemente. Así pues, el equipo del centro de investigación en relaciones internacionales (CIDOB, 2024) advirtió que en 2025 se continuaría con un Sur Global geopolíticamente muy movilizado, en pleno refuerzo de una institucionalización alternativa que se amplía y gana voz y presencia global, aunque sin un consenso sobre un nuevo orden reformado o revisionista. Esta ambigüedad entre la movilización y la ausencia de consenso revela la complejidad de una transición que no reconoce un destino prefijado.
Por otra parte, el fenómeno no puede comprenderse al margen de sus dimensiones tecnológicas y económicas. Saxer (2025) precisó que detrás de las transformaciones institucionales en curso se esconde la visión de los oligarcas de integrar el tecnofeudalismo en el marco del Estado, con el objetivo de construir una tecnocracia hipereficiente, aislada de la supervisión democrática, dedicada únicamente a sostener la infraestructura fiscal y material del capitalismo digital. Esta postura enlaza la crisis del orden liberal con la concentración del poder tecnológico, introduciendo una variable que los enfoques puramente estatocéntricos no logran capturar.
Frente a este panorama, América Latina enfrenta desafíos de enorme envergadura. Serbin, Pastrana Buelvas y Reith (2024) advirtieron que los conflictos geopolíticos recientes han exacerbado las incertidumbres y han planteado nuevas interrogantes sobre el futuro de las relaciones internacionales y los equilibrios de poder, en un contexto de profunda reconfiguración del orden mundial. La región latinoamericana, históricamente objeto de las decisiones tomadas en otros hemisferios, dispone hoy de una ventana de oportunidad para articular posiciones propias dentro de un sistema en transición, aunque su capacidad de aprovecharla dependerá de la cohesión política interna y de la voluntad de construir agendas regionales compartidas.
Considerando lo indicado queda en evidencia que el orden mundial liberal no colapsa de manera abrupta, sino que se erosiona de forma gradual y desigual. Lo que emerge en su lugar no tiene todavía un nombre definitivo, pero sus contornos apuntan a un sistema multipolar, tecnológicamente condicionado y normativamente disputado. Comprender esta transición no es un ejercicio académico de interés restringido: es, ante todo, una exigencia ética e intelectual para quienes aspiran a incidir en el presente desde una perspectiva comprometida con la justicia global.
Finalmente, y, en palabras de ex Secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger (2104), para alcanzar un genuino orden mundial, sus componentes - manteniendo sus propios valores - necesitan adquirir una segunda cultura que sea mundial, estructural y jurídica.
